La plaza y el foro

Por Borja Montero

Las redes sociales son una forma tremendamente directa para que el ciudadano pueda ponerse en contacto con la entidad, administración o empresa que necesite y plantear aquello que quiera exponer. Cierto es que, para cuestiones de cierta importancia, es indispensable seguir los cauces oficiales, vamos, que uno no puede pedir una licencia de obras o la rectificación de la factura telefónica con un comentario de Facebook. Y es que, si bien en estos nuevos contenedores de información multidireccional cabe todo, de felicitaciones a quejas, de sesudas disquisiciones a bromas en forma de gif o meme, su utilidad como cauce oficial, siquiera oficioso, de comunicación para con las entidades de todo tipo no está para nada garantizada y las interacciones en estos foros no dejan de ser episodios anecdóticos sin huella tangible en la vida real.

Tomemos con ejemplo la extraordinaria reacción, al menos en lo numérico, que a finales de la pasada semana tuvo la publicación del Ayuntamiento de Guadalajara en sus redes sociales del nuevo aspecto de la Plazuela de San Pedro, espacio junto al Mercado de Abastos que ha sido remodelado en los últimos meses con una inversión de 250.000 euros. Probablemente nunca esta plaza vaya a estar tan concurrida como en las horas y días posteriores a ese post, si bien la mayor parte de los mensajes no dejaban muy bien parado el nuevo diseño de este espacio. Cierto es que, como ha sido tónica general en todas las obras llevadas a cabo en el centro, el anodino gris se ha hecho dueño y señor de la plaza y que la exigua vegetación allí plantada, todavía en su más tierna infancia, no ayuda a generar en el ciudadano ganas de estar, de permanecer, y no solamente de pasar. Que tampoco estaba tan mal como estaba y vaya como la han dejado, piensan muchos según se desprende de la repercusión que tuvo la foto en cuestión en Facebook.

Más allá del debate estético y arquitectónico acerca del resultado de las obras, la participación generada por esta publicación, no masiva pero sí importante,  demuestra que la gente es capaz de perder unos minutos de su vida para opinar acerca de las cosas que suceden en su ciudad y lo pueden hacer gracias a las facilidades que la tecnología y las comunicaciones ponen a su alcance. En una sociedad tan desmovilizada y con un tejido asociativo menguante, en la que el individualismo ha ganado totalmente la batalla al sentimiento de comunidad, si hay algo que pudiera ayudar a vertebrar ese sentimiento ciudadano, habría que intentar favorecerlo. Así, se puede intentar consultar a la vecindad acerca de determinadas cuestiones y hacer la política local más participativa contando precisamente con estas herramientas que, si bien no aseguran una representatividad social exacta, sí pueden servir para dar noción a los gestores públicos de las necesidades más acuciantes o de la funcionalidad más precisa de cara a obras, inversiones y otras decisiones de Gobierno.

Se trata de un proceso con sus dificultades, dado el uso cómico, irónico, interesado o torticero que algunos pueden hacer de sus perfiles sociales, pero se trata de un camino que merece la pena explorar en un escenario en el que las plazas se han vaciado y los nuevos lugares de encuentro no son tangibles sino virtuales.

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