Siete historias de mujeres y miedo en Guadalajara

Entrada del parque de San Francisco, conocido como Parque Sandra. // Foto: Nueva Alcarria

Entrada del parque de San Francisco, conocido como Parque Sandra. // Foto: Nueva Alcarria

Por Patricia Biosca

Menudo mal rollo lo de la chavala que han matado cuando salió a correr. Es como si fuéramos nosotras…”. Mi amiga Loreto, esa que no se amedrenta por nada ni nadie, quien es una alocada de reflexiones más efímeras de lo que debieran ser, con quien comparto algunas de las anécdotas más surrealistas de mi vida -y en las que nos encontrábamos inconsciente y despreocupadamente solas-, me escribe este mensaje en el que noto miedo, una palabra que jamás diría que la define. Lo reconozco porque yo también lo tengo. Y pensé exactamente lo mismo que ella cuando las noticias contaron que habían encontrado el cuerpo sin vida de Laura Luelmo, quien decidió salir de su casa sola una tarde, como hemos hecho nosotras millones de veces. Como seguramente también había hecho millones de veces (1) la mujer que agredieron sexualmente en el parque Sandra el pasado fin de semana. Y entre un millón, un día te toca la china. La china de la violación que se reparte cada cinco horas -los casos denunciados-, según datos del Ministerio del Interior. La del asesinato, cada dos días, según la media del año a 21 de enero.

(2) La misma amiga también me contó que mientras corría por Cabanillas, un hombre ataviado con ropa que no era precisamente de deporte se le acercó y se puso a su altura. Ella se sintió amenazada, apretó el paso y le dejó detrás. Pocos días después, apareció el cadáver de Laura. Y se planteó si podría haber sido ella. “Ten cuidado, anda”, le dijo otro hombre semanas después mientras pasaba por la misma calle. Cuando me lo contó, lo anunció con un “no estamos locas”. Y lo hizo porque antes ya habíamos comentado cómo habíamos notado las miradas de pena de algunos, como si salir a correr fuese una danza que llamaba irremediablemente a la agresión y hacer deporte sellara nuestro destino de una forma fatal. También nos planteamos cosas tan absurdas como llevar armas, y nos preguntamos si se declararía como defensa propia en el caso de que un hombre -porque siempre pensamos en clave masculina, sea por la razón que sea las mujeres nos resultan menos amenazantes- se abalanzase sobre nosotras e hiciéramos uso de nuestro pequeño alijo armamentístico secreto.

(3) Mi amiga Elena, quien también destaca por ser una de las personas más independientes y fuertes que conozco, me contó cómo, después de un concierto en Guadalajara, de camino a casa escuchó unos pasos tras ella. Por el rabillo del ojo pudo ver a un hombre. Sintió que la perseguía. Y no fue la única, pues una pareja que pasaba por allí se percató de la escena, se cambió de acera e hizo como que la conocía, acompañándola amablemente hasta su destino. Los tres, sin conocerse, estuvieron de acuerdo en que la forma de actuar de ese hombre fue amenazante. Aunque pudiese ser un malentendido, cada vez que lo recuerda se le ponen los pelos de punta.

(4) Mi hermana llamó alarmada a casa. Estaba esperando el autobús, a las 8.30 de la mañana, cuando vio a un hombre en la acera de enfrente. Se percató de que hacía movimientos raros y se asustó, así que cogió el teléfono y llamó a casa. El hombre parecía estar masturbándose en plena calle. Yo la tildé de “drama queen”, pero a ella no le hizo tanta gracia. Unos días después, en las noticias locales, salió la información de un hombre que, con los genitales al aire, (5) tocó a una mujer que andaba por la misma zona donde mi hermana había vivido la situación anteriormente descrita. Con dudas, mi hermana se dirigió a la Comisaría de Policía para contar lo que le había sucedido, por si podía servir a la investigación y ser el mismo hombre. Contrario a lo que pueda parecer, la despacharon sin más y le hicieron sentir como si estuviera loca. Nos lo contó entre la indignación y la rabia. Después supimos que ese mismo hombre era el autor de una violación acontecida en la Fuente de la Niña once años atrás a (6) una pequeña que en ese momento tenía 9 años. A ella le tocó la china.

Desde pequeña, mi madre me ha enseñado a ser valiente, a no tener miedo. “Eres igual que yo: no nos pisa nadie”, dice. Y puedo ver el orgullo en sus ojos. Nunca me ha dicho lo que puedo o no puedo llevar de ropa; que me junte o no me junte con estos o aquellos; que entre o salga a la hora que quiera; que no puedo hacer algo por tener vagina. Pero el otro día, la mujer más brava que jamás conoceré, y que sé que me reconoce como a una igual, soltó un “deberías salir a correr con alguien”. Y sentí tristeza, porque noté su  miedo. (7) Comentando el tema, me habló de que también vivió una situación parecida que, hasta hace unos días, nunca había compartido conmigo. Un hombre se tocó delante de ella cuando era joven. Respondió a la carrera. No me lo contó riéndose. 

Y estas son solo algunas de las historias, las que se pueden contar, en las que las mujeres de mi alrededor se han sentido amenazadas. Solo son un puñado y lo que me pilla más de cerca. Reflexionen ustedes (da igual si son hombres o mujeres) cuántos relatos parecidos conocen. Seguramente sus familiares estén al tanto de más (¿8? ¿9? ¿10?), y sus amigos otros tantos (¿11? ¿12…?) . Sin contar con las situaciones que son aceptadas socialmente, como los piropos en plena calle en los que se espetan barbaridades o adulaciones que no quieren ser escuchadas; los roces “sin querer” en las discotecas que hacen las delicias de una panda de amigotes; o los insultos cuando hemos dicho un simple pero tajante «no». En la mayoría de los casos se han quedado en anécdotas. Pero algunas llegan a terroríficos capítulos enteros que provocan que, irremediablemente, pensemos en el “¿y si…”. ¿Hubo algún momento de inflexión en el que nos salvamos de la china por una décima de segundo? ¿Acaso estamos locas y tenemos la piel demasiado fina? ¿Criminalizamos solo por el sexo? ¿Exageramos? ¿Son los medios de comunicación los que han puesto “de moda” esto de sentirse amenazada? Para mí, lo único que queda claro es el nexo que une todas estas historias: el miedo real que sintieron todas ellas -que yo misma he sentido- por el mero hecho de ser mujeres. La gran tragedia es que, de todas las que somos, para algunas el capítulo se convirtió en toda una novela de terror que marcó su vida, ya fuera para siempre o para terminarla.

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