La historia en el suelo

Panteón de la familia Cuesta con escultura de Manuel Garnelo. //Imagen: P. B.

Panteón de la familia Cuesta con escultura de Manuel Garnelo, en el cementerio de Guadalajara. //Imagen: P. B.

Por Patricia Biosca

El cementerio de Guadalajara es un paseo nostálgico. Romántico a veces, crudo otras muchas más, es un fiel reflejo de la historia de una ciudad pequeña y orgullosa, que guarda con recelo sus más insignes tesoros. Pocos conocen la grandiosidad de sus patios más antiguos construidos en el siglo XIX, salpicados por imponentes mausoleos, estatuas y tumbas borradas por el paso de los siglos. Seguramente menos aún se hayan parado a mirar nombres y fechas de personas que, como tú y yo, tuvieron familia, amigos, risas, llantos. Personas que estuvieron mucho tiempo, personas que se fueron pronto. Personas que ahora reposan en una tierra que también utilizaron judíos y musulmanes para enterrar a sus muertos mucho antes que todos ellos. Por encima, huesos de los que fueron obreros, políticos, cerrajeros, amas de casa, militares, secretarias, médicos, historiadores, enfermeras, espías. Porque la historia viva de Guadalajara transcurre paralela a la de sus muertos, los que yacen en el cementerio.

Hace un día agradable y el sol calienta pese al aire frío del invierno. Los pájaros cantan ajenos a los esqueletos, como lo llevan haciendo desde hace siglos desde que aquellas tierras sellaron su destino con la muerte. Hebreos y musulmanes eligieron ese campo para sus entierros. Pasaría mucho tiempo hasta que otra religión utilizase esos dominios. En 1814 el Ayuntamiento de Guadalajara compró apenas 70 metros cuadrados en los terrenos llamados “Osario” y “Castil de los judíos” -como cuenta el historiador Pedro José Pradillo– para ubicar el nuevo cementerio. Es el año del fin de la Guerra de la Independencia, y la ciudad se resiente del conflicto: se produce un parón en su demografía y sobrevive en parte a la vida que le insufla la Academia de Ingenieros Militares, que se estableció en 1833. De hecho, no es hasta un lustro después (1838) cuando comienzan las obras del campo santo de mano del arquitecto José María Guallart.

Los años pasan y a partir de finales del XIX se proyectan las primeras ampliaciones que darán lugar a los mausoleos de los adinerados que buscan la ostentación incluso después de la muerte. Aún en pie, con la maleza acechante en los recovecos, el caminante se puede deleitar con el panteón de los marqueses de Villamejor -padres del Conde de Romanones y donde también está enterrada Aline Griffith, la espía con pistola de nácar-, la mayor estructura dentro del cementerio ideada por Manuel Medrano, en un edificio de estilo neoclásico en cuya cúpula se pueden ver gárgolas, relojes y aves, señalando aquello de que “el tiempo vuela”. Otra de las más impresionantes, aunque difuminada entre los mausoleos de alrededor, es la del panteón de los Cuesta, en el que se puede ver una impactante escultura de piedra -obra de Manuel Garnelo- en el que la muerte invita a pasar a toda una familia a sus dominios -y que se puede observar en la fotografía que acompaña este texto-. En estos patios están enterrados el ilustre Miguel Mayoral Medina, médico nacido en Guadalajara y muerto en el Balneario de Arnedillo, del que era director médico durante la temporada de baños; Francisco Fernández Iparraguirre, farmacéutico, botánico y lingüista (impulsó el idioma universal volapük, del que escribió Gramática y Diccionario); o Eduardo Guitián, comandante de Infantería y fiscal militar permanente de Guadalajara quien dejó en su testamento el 25% de sus inmuebles para ayuda de los “pobres enfermos, hospitalidad domiciliaria y asilados del Asilo de Nuestra Señora de la Merced”. Épocas de esplendor que también se reflejaron en el campo santo alcarreño.

Pero el nuevo siglo trajo consigo los horrores de la Guerra Civil, representados de forma silenciosa y silenciada una vez más en el cementerio. Sus paredes fueron testigos de asesinatos y de cuerpos masacrados, que hoy descansan sin orden ni concierto en muchos casos, solo coronados por placas que cuentan apenas un detalle de la vida de aquellos que la dieron por un ideal, fuera el que fuera. O, al menos, de eso les acusaron sus verdugos, porque hoy por hoy, los ladrillos rojos no hablan a pesar de haber visto barbaridades. Algunas rosas rojas, mensajes de familias que tuvieron que buscar por su cuenta a su sangre allí enterrada, una placa encima del terruño con muchos nombres. Los pájaros cantan sobre tumbas solo tapadas por tierra.

Y al continuar bajando, se aprecian mármoles más nuevos, incluso fotografías tipo carnet de la gente que yace en su interior, lo que humaniza y acerca los dos mundos: el de los vivos y el de los muertos. Es la zona nueva y el visitante ajeno a la ciudad se siente otra vez en su era; por el contrario, es la zona más dolorosa para el paseante de la ciudad, quien tiene recuerdos cercanos de sus seres queridos tocando la tierra y despedidas que no tuvieron lugar hace mucho.

Las obras continúan más abajo, excavando nichos que ocuparemos tarde o temprano, formando parte de la otra historia de la ciudad de Guadalajara, la que ya para siempre reside en el suelo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .