Colillatón: la última cruzada contra las colillas

Colilla en el suelo. // Foto: EFE

Colilla en el suelo. // Foto: EFE

Por Patricia Biosca

Quien se haya acercado hasta aquí cebado por el título buscando una polémica entre sexos o sexo en sí mismo le recomiendo que pare, porque no encontrará nada de eso. Como mucho la evocación de aquel “fumando espero” de la eterna Sara Montiel, que a algunos les hizo sentir calores internos. Pero será de refilón. Nada de esto hallará en las próximas líneas. Tampoco una cruzada contra el tabaco, porque para mí la libertad es sagrada y yo no soy madre para imponer a nadie. Ni siquiera soy un regular ejemplo, ya que no he pasado penurias para cortar mi estrecha relación con los pitillos después de un intenso romance de diez años. Y, sobre todas las cosas, porque no quiero parecerme al patético “exfumador” de Pantomima Full, aunque por la última frase parezca lo contrario. Solo voy a escribir del “Colillatón”, la iniciativa con el mejor nombre que jamás he podido leer. ¡Alabada sea la cabeza de la que salió!

El “Colillatón” es una idea que surgió para concienciar sobre las colillas -no vuelvan a pensar mal- de tabaco que tiramos todos los días al suelo. Si son o han sido fumadores conocerán esa incómoda situación en la que no saben dónde arrojar los restos del cigarro rechupeteado que con deleite (o no) se acaban de merendar. La consigna general es: si hay más alrededor, es que alguien ha abierto la veda, así que está permitido. Una ola de tranquilidad sacude el cuerpo del fumador, que apachurra contra el suelo el producto alquitranado. A veces estar en una zona verde le puede dar un poco de reparo; pero es ver una colilla hermana y sentirse como en casa. Y así uno tras otro, con mayor tranquilidad cuantos más cadáveres de pitillo hay en el suelo. A pesar de todo, en el fondo de nuestras conciencias aplacadas por el humo y la nicotina, sabemos que eso está mal. Y que aunque la escondamos en un agujero en la arena o la tiremos por una alcantarilla, el peso negro de aquella figura de apenas unos centímetros de largo estará soltando veneno. Concretamente de 8 a 12 años. Una década para eliminar lo que tardamos unos minutos en degustar. Y solo hablamos de uno. Solo en mi haber hay miles. Según la OMS, 4,5 billones de colillas por toda la Tierra.

Para concienciar sobre esta práctica -que muchos vemos como rutinaria y, me reconocerán, nos da mucho más reparo llevar a cabo en países civilizados en los que las calles están impolutas y no se produce el efecto “llamada pitillo en el suelo”- nació “Colillatón”. Mitad “colilla” y mitad “maratón”. Como el “ligre”, el “cebrallo” o el “viejoven”, pero con mucha más enjundia y significado. La llamada es cosa de Ecologistas en Acción y el movimiento ‘No Más Colillas en el Suelo’ de Alcalá de Henares, quienes organizaron una quedada formada por una horda de voluntarios ataviados con unos guantes y bolsas dispuestos a peinar una zona concreta y liberarla de los cilindros del mal. Esta iniciativa llegaba el pasado miércoles a Guadalajara y se barría el kilómetro y medio que separa la Escuela de Magisterio con la estación de tren de la capital. Con ella no se pretendía criminalizar a aquellos que sin miramiento alguno nos hemos desprendido de la parte sobeteada del pitillo, sino mover conciencias de que el pavimento no es su cementerio adecuado. “Lo verdaderamente importante es que los fumadores se den cuenta y se sensibilicen para que dejen de tirar las colillas al suelo, algo que muchas veces se hace de forma mecánica pero que es un grave problema de limpieza y también desde el punto de vista medioambiental”, declaraba al respecto Augusto Barcenilla, presidente de Ecologistas en Acción.

Y utilizando aquella frase de cuñado que dice que “la libertad de uno termina donde empieza la del otro”, los fumadores no debemos olvidar que no solo es el humo el que molesta al prójimo. Y lo dice alguien cuyos conocidos pensaron que tenía una fábrica de colillas en el coche o que las coleccionaba en un álbum secreto en forma de alfombrilla como los cromos Panini. Pero a mí no me tengan en cuenta, que me pongo muy turras con el tema.

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