Extemporáneo

Por Borja Montero

Uno suele recordar con añoranza el pasado, ya que, salvo en periodos de inusual tristeza o por una personalidad tendente al pesimismo, nuestro repertorio de recuerdos tiende a ir tamizando nuestras vivencias para quedarse con aquellas más valiosas que, por lo general, suelen ser las positivas, aunque no necesariamente las más felices. Ese mantra de “cualquier tiempo pasado fue mejor” que tanta gente se aplica y que puede resultar peligroso en algunos ámbitos sin duda está en la cabeza de todos y cada uno de los componentes del Equipo de Gobierno municipal desde mayo de 2015, cuando el PP vio que se rompía su tendencia a la mayoría absoluta (absolutísima en ocasiones) en el Ayuntamiento de Guadalajara. El concejal de Economía y Hacienda, Alfonso Esteban, es uno de los que más se está acordando de los días azules de 2007 a 2015.

Y es que Esteban siempre fue un edil de lo más cumplidor, al que las fechas pocas veces se le echaron encima. Dependiendo de como vinieras las fechas, los guadalajareños sabían que a la altura del mes de noviembre, a veces porque se discutían en el Pleno de finales de octubre, a veces porque venían con algo de retraso y se aprobaban en el onceno mes del año, sabrían cual sería la presión fiscal municipal para el siguiente año en tributos tales como el IBI, el ‘numerito’ del coche, las tasas de basura o, en otros tiempos, la tarifa del agua. Unos días después, y con la planificación de ingresos derivada de esas flamantes ordenanzas fiscales, Esteban volvía a salir a la palestra a presentar sus presupuestos para el siguiente año, siempre “equilibrados, realistas y austeros”, que se votaban indefectiblemente dentro del año en curso, lo que permitía alcanzar el 1 de enero con las cuentas listas para entrar en vigor.

Esa planificación, que algún año se retrasó incluso con mayoría absoluta, siempre debido a cuestiones externas como nuevas restricciones de gasto o cambios en los ingresos no dependientes del propio Consistorio, se ha ido relajando en este mandato, en el que el PP tiene que cuadrar algunas concesiones a terceros para que sus cuentas puedan ser aprobadas. Así, aunque uno se haga la misma agenda que cuando todo era más fácil, las nuevas circunstancias obligan a conversaciones y negociaciones, unas discretas, otras públicas, con el fin de conseguir un compromiso de aprobación antes de que pasen por el Pleno.

Sin embargo, este año nada de eso se ha cumplido. Y nos encontramos con que el Equipo de Gobierno presenta los presupuestos a la altura del 27 de febrero para que se voten en el Pleno de marzo, alrededor del 20 del mes, y sin el compromiso explícito por parte de Ciudadanos, su muleta para la aprobación de las cuentas de los ejercicios anteriores, para su ratificación.

Si bien es bastante probable que los dos concejales naranjas terminen votando a favor de los presupuestos, siempre mediando el paripé de la aprobación de alguna enmienda y propuesta de la que luego Cs pueda colgarse la medalla, las cuentas tendrían que pasar un periodo de exposición publica y ser nuevamente ratificadas en el Pleno, lo que, en un año electoral como el que nos encontramos, supone que va a ser el siguiente alcalde el que tenga que cargar con ellas.

Decía el actual primer edil, Antonio Román, en la presentación del proyecto de Presupuestos que estas cuentas “no son para el lucimiento del alcalde”, una afirmación cierta habida cuenta del hecho reseñado con anterioridad, que apenas tendrá unas semanas en el cargo desde que entre en vigor, si bien Román la utilizaba para intentar ganarse el apoyo de algún otro grupo de la oposición. Cierto es que el presupuesto incluye algunas mejoras que familias y trabajadores están esperando, lo que podría justificar el argumento del interés general, pero también lleva aparejadas otras decisiones ciertamente ideologizadas o que responden a un modelo de ciudad concreto.

En breve, aunque más tarde de lo deseable, tendremos una respuesta. Y poco después sabremos también si a quien toca finalmente ejecutar estos presupuestos no tiene que tragarse algún que otro sapo.

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