En Guadalajara no vamos a por el pan en tractor

Escena de la película

Escena de la película “Señales”. //

Por Patricia Biosca

¿Recuerdas esa escena de “Señales” en la que el personaje interpretado por Mel Gibson entra por la puerta y se encuentra a sus dos hijos pequeños y a su hermano con gorros de papel de aluminio en la cabeza? Es exactamente la misma cara que se le queda a la gente de tu trabajo en Madrid cuando les cuentas que vives en Guadalajara. Que vas y vuelves todos los días y que no tienes pensado cambiar tu lugar de residencia por múltiples motivos, incluido el de que no te da la real gana. Ellos lo flipan de forma muy fuerte y lo comentan con otros compañeros. Enhorabuena, eres un extraterrestre guadalajareño.

En esa misma escena de la película de ciencia ficción, después del shock inicial con los gorritos (que, para aquellos que no recuerden esa magnífica ida de olla de M. Night Shyamalan, servían para evitar que los alienígenas leyeran sus mentes), todos votan si guarecerse cerca del lago -porque se supone que la civilización que ataca a la Tierra le da repelús el agua- o construir un fuerte en su propia casa. A pesar de que Mel Gibson está convencido de montarse una cabaña al lado de una masa de agua es lo mejor, los de los gorritos hacen frente común y la familia se queda donde está.

Bien, aquí hay otro paralelismo con la población de de Guadalajara: piensen en cuántos GTV’s (de Guadalajara de Toda la Vida) conocen que trabajen o estudien en Madrid. A mí me sale aproximadamente un 40% de mis allegados. De ellos, apenas un 5% han decidido mudarse a vivir a Madrid. La mayoría son jóvenes estudiantes con ganas de salir de una pequeña ciudad en busca de nuevas y excitantes aventuras -animalicos- respaldados por unos padres que se pueden permitir costear una residencia o un alquiler en aquella “lejana” galaxia a 50 kilómetros de nuestros dominios. Aún así, con esas cifras me queda un porcentaje bastante amplio de abnegados alienígenas alcarreños que hacen el camino de ida y vuelta casi todos los días a nuestra vecina capital del Reino -yo incluida-. Y puede ser por el sentimiento de pertenencia o las ganas de tener una tribu, pero cuando nos montamos en el autobús, subimos al tren o incluso nos encontramos en un trabajo no nos parece habernos encontrado a un marciano en ese momento glorioso en el que te dicen “yo también vivo allí”.

Al contrario del estupor que crea en la comunidad humana madrileña decir que pernoctas en otra provincia distinta. Hay quien se ríe. Hay quien siente una pena inmensa por quien tiene enfrente y te suelta un “pobre…”. Hay incluso quien alucina tanto que parece que ha visto una aparición mariana y solo falta que te toque el brazo para comprobar que eres real. “¿En serio? ¿Y cuánto tardas?”. Si pudiésemos monetizar esa pregunta cada vez que decimos que somos de Guadalajara, creo que podríamos pagarnos la gasolina holgadamente. Después toca saborear con cierto gusto cómo destrozamos sus expectativas de que empleamos el mismo tiempo en llegar a trabajar que a la playa en verano. Paladear la frase “media hora larga” o “menos de una hora al centro” es algo que no se puede pagar con dinero. Porque, señores y señoras que viven en Madrid, el transporte también ha llegado a los páramos alcarreños y tenemos autobús que, en un día de poco tráfico, tarda menos de 40 minutos a su destino -cuando no van llenos, que entonces se crea el caos-; o un Cercanías que se planta como un reloj -cuando llega, claro está- en Atocha en una hora. No son maravillosos y tienen sus momentos de bajón, pero también os pasa a vosotros con el metro y sus interminables 8 minutos de espera cuando en mis tiempos mozos eran 3.  

También, queridos madrileños, nuestra querida Nacional 2 nos conecta en muy poco tiempo con vuestros dominios. Al contrario de lo que pensáis, la tecnología se ha expandido incluso hasta Guadalajara. Y no, las cabras y las ovejas no pastan por medio de nuestras ciudades y pueblos (al menos no de las grandes), ni vamos en tractor a por el pan y ni todas nuestras carreteras son caminos de piedras por las que circulan carromatos. Y por seguir aclarando: tenemos universidad -eso sí, depende de Alcalá de Henares-, museos, bibliotecas, cines, tiendas, un Corte Inglés, varios Mercadonas -incluido en los pueblos del Corredor- y no, no se apalabran matrimonios por conveniencia por “cuestión de tradición” o se regala ganado como dote en una boda (juro que he tenido que responder a todas estas preguntas al menos una vez en mi vida).

A veces me debato entre la rabia que me produce la ignorancia y el alivio que resulta de saber que muchos prefieren vivir ahogados en el bombín de roña aérea que los alcarreños vemos de camino al trabajo. “¿De verdad no has pensado en venirte a Madrid?”, es la pregunta obligada después de exponerles tu situación y decirles que las ventajas de vivir en tu hogar son mayores que los inconvenientes (y no las desvelaré aquí con ejemplos concretos, no sea que a alguien le haga gracia lo de los gorritos y se propaguen como la pólvora las bondades de mi tierra). No han entendido nada. Como Mel Gibson. Ya vendrán las naves.

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