¿Dónde estabas hace 15 años?

Estación de tren el 11 de marzo de 2019. // Foto: Getty

Estación de tren el 11 de marzo de 2019. // Foto: Getty

Por Patricia Biosca

Existe un fenómeno que algunos investigadores han descrito como parte de la memoria colectiva de una sociedad: los recuerdos de una catástrofe, ya sean directos o indirectos, suman hacia una identidad común en un momento de sufrimiento humano máximo. Esta teoría apunta a que somos capaces de recordar qué estabamos haciendo el día en el que los aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas porque nos sentimos parte del suceso, aunque estuviéramos a miles de kilómetros en un continente distinto y no conociéramos personalmente a nadie de las miles de personas que perecieron en aquel 11 de septiembre del ahora lejano 2001. Y como si se tratase de una huella marcada a fuego, la señal es más profunda cuanto más de cerca nos toca. Por eso pocos son los que no saben qué hacían exactamente la mañana del 11 de marzo de 2004, cuando la rutina de Cercanías se volvió el infierno.

El profesor de Economía llegaba tarde a la clase de Bachillerato a segunda hora que tenía aquel jueves 11 de marzo, a tres días de las Elecciones Generales de 2004. “Algunos ya sabréis que ha habido unas explosiones en algunos trenes que iban a Madrid. Se suspenden las clases. Podéis llamar a quien necesitéis e iros a casa y estar con vuestras familias”. Los rumores se habían extendido porque alguien había escuchado en el autobús de camino al instituto que había sido un atentado. Las teorías volaban tan rápido que se encontraban en encarnizados debates en los pasillos. No era la era de los “smartphones”, así que las noticias llegaban con cuentagotas. La confirmación del profesor y su recomendación de que volviéramos a casa fue lo que nos hizo darnos cuenta de la gravedad de la situación.

En ese momento, algunos empezamos a pensar en toda la gente que conocíamos y que cada mañana cogía el tren desde aquella estación. La que habíamos pisado mil veces. La que deberíamos pisar mil más. Desde donde el horror de las bombas condenó a muerte a 193 personas y a insoportables daños físicos a otras 2.000. Incontables los malheridos psicológicos. Caras de alivio tras una llamada como la mía a mis padres; caras de preocupación cuando el móvil no daba la respuesta esperada. “Seguro que está bien, no te preocupes”, se oía decir. Nadie sabía nada.

Ya en casa, todos pegados al televisor. Entornando los ojos ante unas imágenes dantescas que no hacían más que repetirse una y otra vez. Una y otra vez en las distintas cadenas. Y otra más aunque cambiases de canal de nuevo. De banda sonora la voz de supuestos “expertos” que lanzaban sus conjeturas al aire, señalando a unos y otros sin tener ni idea, como nosotros, de lo que estaba pasando. Nadie lo sabía. Por eso seguramente vino después aquel espectáculo bochornoso en el que se habló de conspiración, con cadáveres aún calientes y sin identificar. Poco más tarde llegó la carroña y sus fascículos semanales de cómo, en su opinión sin argumentos, ocurrió todo. De la misma forma en la que se venden las colecciones de dedales o abanicos, con un pequeño libro encuadernado a color con una breve historia. “Os contaremos la verdad”, decían. Pero para saberla había que pagar un euro veinte y esperar siete días más.

De forma paralela a los grandes titulares apuntando en una y otra dirección, nuestra vida siguió. Vimos fusiles por las calles. Vimos miedo en el tren. Vimos alarmas por doquier. Y aprobamos bachillerato y empezamos la universidad, a la que íbamos en el Cercanías. Luego comenzamos a trabajar en la vecina Madrid, haciendo el mismo recorrido que aquellos que cogieron el tren el 11 de marzo de 2004. Hoy, 15 años después, aún recuerdo las palabras de mi profesor. Y tiene pinta de que se quedarán en mi memoria mucho más. Todo sin tener conocidos cercanos en aquellos trenes en los que murieron once vecinos. No puedo llegar a imaginar lo vívido de los recuerdos que aún perdurarán en las mentes de esas once familias o de aquellos que vieron el horror con sus propios ojos. Espero al menos que la memoria colectiva nos sirva para dar sentido a una mañana que nunca la tuvo. Una mañana que parecía otra cualquiera en la que iba a dar una clase de Economía.  

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