176 momentos

Por Borja Montero

Quince años han pasado ya de un momento que todos recordaremos indeleblemente el resto de nuestra vida, de un jueves violento y urgente que nos sacó de nuestra rutina sin necesidad de modificar un ápice nuestros horarios y quehaceres, de un momento que, como recordaba hace un par de días mi compañera Patricia Biosca, siempre formará parte de nuestro acervo vital porque siempre recordaremos donde estábamos el 11 de marzo de 2004. Las turbulentas horas que sucedieron a las distintas explosiones en los trenes de Cercanías se nos han quedado grabadas a todos, pero cada cual las revisita de una forma distinta. En mi caso, sucede el curioso caso de que cada año he ido recuperando exactamente once nuevos momentos al imaginario más vívido de aquel día, de los que le siguieron y, en algunos casos, de los que le precedieron.

Evidentemente, la cantidad de imágenes registradas en la memoria de aquel día es incontable: las caras y los gestos de la gente por la calle, las noticias en televisión, las listas de heridos, las llamadas telefónicas, la presencia policial en las calles… Pero esta colección que se incrementa en once cada año conforma un resumen más personal y sentido, también menos objetivo y absolutamente mediatizado por el recuerdo, las vivencias posteriores o la melancolía.

Por supuesto, está la llamada telefónica de mi abuela, que me despertó, sin yo saber aún nada. O el SMS de mi compañera de estudios Giulia, que eligió aquel fatídico año para venir de Erasmus a Madrid, con un escueto “Borja, estas bien?”, ya presente en mi viejo móvil a aquella temprana hora. Los libros de algunas de las nuevas asignaturas del segundo cuatrimestre de aquel curso esperaban en la mesa su turno en un día que, por huelga de estudiantes, iba a estar dedicado a toda clase de menesteres pendientes. Sin embargo, todo tuvo que esperar. Recuerdo el silencio solamente roto por la radio en la otra veces bulliciosa redacción del Diario de Alcalá, así como los comentarios de incredulidad masticados en voz baja por mi compañera Desirée durante toda la jornada o la cara envuelta en lágrimas de un fotógrafo aún no sé de qué medio de comunicación tras la toma de cada una de las imágenes encargadas de dar testimonio de lo ocurrido en una de las zonas afectadas.

El primer año fue el de los voluntarios y trabajadores de servicios de urgencia, a lo que había conocido posteriormente, pero que mi mente situaba en plena acción en alguna de las escenas del crimen, imágenes algunas estancas y otras en movimiento. Y también fue el del recuerdo de Angélica, una estudiante con la que habitualmente compartía vagón de tren y en una ocasión nuestras miradas se cruzaron por estar leyendo ambos un libro del mismo autor argentino. O quizás no, simplemente yo leía el periódico gratuito y ella repasaba su agenda, y fue reconocer su foto en el periódico lo que hizo que mi mente decidiera recrear un momento compartido y convertirla para siempre en el rostro de la injusticia que comenten los terroristas para con la vida de cientos de personas cuando traman sus letales fechorías.

En los años posteriores, los recuerdos del imaginario se han ido completando con otras caras conocidas y otras cuestiones tangenciales, como el SMS de “Pásalo” para ir a manifestarse ante la sede del PP dos días después de la masacre, las declaraciones de un Arnaldo Otegui asegurando que esos “no son los fines ni el modus operandi” de la banda ETA o la cara de cemento armado de Ángel Acebes asegurando que los únicos responsables que se vislumbraban en aquel momento eran los terroristas vascos. Sin embargo, de lo que no aparece ninguna imagen en este creciente acervo documental y sensorial del 11M es de la noche electoral de apenas tres días después, que evidentemente tuvo que estar fuertemente influida por estos acontecimientos.

Con el paso de los años, las nuevas imágenes están tremendamente mediatizadas por el recuerdo y por los hechos posteriores, lo que me hace recordar vívidamente al hijo de Pilar Manjón, al que nunca tuve el gusto de conocer y con el que solamente compartía la edad y la estación de Metro de llegada a nuestros centros de estudio, e incluso juraría haber compartido escenario con él, ambos empuñando sendas guitarras, o poner triste música de violoncelo a muchas de las secuencias de aquel día. Sin embargo, también se van incluyendo cada año en este resumen imágenes que son solamente mías, como la Biblia agarrada con fuerza por una mujer de mediana edad y origen latinoamericano en el autobús la misma tarde de los atentados o un corpulento hombre rubio saliendo a la carrera del tren con lágrimas en los ojos apenas un par de días después. O encender con mi propio mechero un par de velas que se habían apagado en la puerta de la estación de Alcalá.

Este año, el aniversario del 11M me ha pillado viajando en avión desde Estados Unidos, lo que me ha hecho vincular algunos de los recuerdos de este creciente banco de imágenes a algunos momentos de similar carga emotiva de otro día 11 que también sacudió nuestras vidas, un martes de dos años y medio antes que, aunque en la distancia, dejó muchísimas historias que conectan inexorablemente y para siempre a los ciudadanos de Manhattan y de Vallecas.

Así, cuando se cumplen quince años de la masacre más cruenta y cercana que jamás hemos vivido , mi cartera de recuerdos tiene ya 176 momentos indisolublemente asociados al 11M, cuya carga simbólica y emocional no se reduce a pesar del paso del tiempo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .