Exmo. Sr. D. Carlos Santiesteban. In memoriam (1927-2015)

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El artista con su vecina y amiga Victoria Santander  en el Casino de Madrid en 1996, invitados por el entonces alcalde José María Álvarez del Manzano.

 

El pintor Carlos Santiesteban falleció en su casa familiar de la calle Teniente Figueroa de Guadalajara el 25 de marzo de 2015.

 

Por Victoria Santander (*).

Por la fachada de su casa, desde el balcón –de frente, a la derecha- hacia el suelo, destrepaba por las rejas, un tipo con cazadora y vaquero oscuros, portando un equipo de música y, quizá, algún otro objeto más, a plena luz del día de una mañana de enero del año 1996. Sin prisas pero ágilmente, sin más. Un rato largo después llegaba don Carlos. Le comuniqué lo que había presenciado y, al mismo tiempo, dado aviso a la policía, que se personó más tarde. Detuvieron al presunto y preguntado aquél si deseaba denunciarle o reclamar los efectos sustraídos, se negó.

Por la ventana de abajo, junto a su puerta –o por el balcón anterior- se asomaba cuando llamaban al timbre, bien para encargarle un cuadro, recogerlo, visitarle o, simplemente, y cada vez más, dar una ayuda (ahora no se dice limosna) a quien se la pedía -muchos, muchísimos casi siempre los mismos, ciertamente-. Siempre atendía, fuere quien fuese. Y nadie se marchaba sin esa pequeña contribución, aunque él sabía que podía ser para cualquier cosa menos para alimentación. Lo daba con respeto, y era generoso dentro de su economía, teniendo en cuenta “la procesión” diaria de pedigüeños de todo tipo. Nunca le vi malhumorado por esas interminables y constantes interrupciones, a cualquier hora, aunque le impidieran su descanso de mediodía, dentro de casa o en el jardín, de su trabajo, o clases. Recordaba siempre a su madre y a su tía en sus enseñanzas para con el prójimo, con las personas más humildes.

Era igualmente feliz cuando le encargaban un cuadro, exposición, o sus admiradores más sencillos –sobre todo, mujeres- le pedían un cartel de sus exposiciones porque no podían comprarle. Una señora, en una ocasión, le visitó para solicitarle un pequeño cuadrito con ahorros acumulados en mucho tiempo según podía y pensando que sería poco dinero… quizá lo fuese, nunca me lo dijo, pero la belleza que él podía transmitir en sus cuadros no la medía por el precio, y aún se entregaba más con esas personas, admiradoras de su arte, y posiblemente, el único que tenían más accesible por conocido pero les iluminaba parte de su vida.

Tampoco se negaba a aquellas instituciones, privadas o públicas, que le pretendían alguna obra para impulsar alguna actividad como diseñar figurines para Carnaval o recaudar fondos, siendo sus cuadros el reclamo para asistir y adquirir papeletas para el sorteo. No eran una, ni dos, ni ocasional… se creó esa servidumbre a su cargo. O por voluntad propia, donaba regalos a otras como a las vírgenes de alguna Cofradía –no sólo de esta ciudad, sino de fuera-, pintaba alguna ermita… Tampoco escatimaba en formato, material, voluntad ni tiempo (muchas noches, después de cenar, regresaba al estudio, podía verse la luz u oírse la música clásica que normalmente le acompañaba en su trabajo). Tuvo el privilegio de disfrutar de una buena visión y la empleaba enteramente para su arte. Si no secaban a tiempo de la fecha de entrega –en el buen tiempo solía sacar los cuadros a ese balcón-, y si tenía otro encargo ya hecho, salvo que fuese un tema específico, donaba éste para cumplir con su compromiso.

Su casa siempre estaba cuidada en cualquier temporada. Por dentro y por fuera. El jardín, era una joya intemporal. Cada año renovaba las plantas de temporada, incluso pintaba los maceteros, y las ubicaba por toda la vivienda sin descuidar la fachada, que de cuando en cuando, encargaba también pintar, rejas y cenefas incluidas. Alumbrada de noche, por un farol interior y otro exterior, de cochero éste.

De día y de noche, esa fachada ha sido una tarjeta de presentación de nuestro querido vecino: “aquí vive un artista”, sin pretenderlo porque era una expresión de sí mismo, una manifestación de cómo vivía su vida: percibir, gozar y transmitir la BELLEZA de cuanto le rodeaba en la vida ( la música, la naturaleza “a la caída de la tarde”, frente al mar, en el Generalife…).

Esa fachada generaba un inconsciente pero obligado frenazo en el paseo de vecinos, viandantes y foráneos, de admiración y de toma de fotografías: “¿Es de algún artista?”, éstas y parecidas preguntas se han oído. Incluso después de fallecido.

Pero poco a poco se ha ido apagando ese rumor de admiración. Sólo luce un foco, enfrente de la casa, a modo de protección para evitar entradas o daños vandálicos, supongo.

Salvo las palomas, cada vez más abundantes, y los cipreses centenarios que siguen creciendo, una vez vaciado el jardín de plantas –que se estuvieron regando por los servicios municipales durante el año de su fallecimiento-, la casa se sostiene pero la fachada, como el rostro de una persona de edad, a la que falta el alimento, se encuentra descolorida y descascarillada en algunos puntos de las rejas, sobre todo por donde él asomaba.

Los dueños de los perros no impiden que éstos meen a lo largo de ella –nadie les va a decir nada-, dejando unos regueros de suciedad acumulados y de olor que jamás hubiera consentido Carlos, con la mayor educación y comprensión, pues siempre le acompañó un perro a lo largo de su vida, cuidándoles y paseándoles.

El cuidaba esa casa y la adornaba con lo mejor; la vestía a tono en las festividades principales; recibía y atendía exquisitamente como anfitrión; custodiaba la memoria de sus familiares y quiso dejarla a la ciudad para que algún día siguiera siendo un farol de su vida como artista, con orgullo y gratitud como Hijo Predilecto de Guadalajara. Así lo hizo.

Sin embargo, a casi cuatro años de su fallecimiento en ella, no se ha procurado, visiblemente al menos, que se haya cumplido esa voluntad y compromiso. Motivos económicos, arquitectónicos, burocráticos… quién sabe.

Pero ahora, salvo los vivos “de Guadalajara de toda la vida”, y con algo de memoria, ignoran que allí vivió un artista pues ni siquiera una placa lo atestigua.

 

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«Esa fachada generaba un inconsciente pero obligado frenazo en el paseo de vecinos, viandantes y foráneos, de admiración y de toma de fotografías: “¿Es de algún artista?”

 

thumbnail (7)(*)Victoria Santander es abogado y ejerce en Guadalajara. Se define así misma como «admiradora, vecina, alumna y amiga de Carlos Santiesteban».

«Le conocía “de oídas y de vista, de toda la vida” pero le traté por primera vez cuando me trasladé al edificio de enfrente de su casa. Fue el día de la mudanza cuando hablé con él por primera vez, por el incidente del robo. Vino a darme las gracias por la tarde, al despacho, recién instalada.

En agradable conversación le hice saber que sus flores habían paliado innumerables y desagradables ratos en el dentista desde que tenía 10 años… y en ese momento, me atreví a encargarle un cuadro de esas flores para seguir acompañando las horas de trabajo y de malos ratos, en algunas personas, que pueden experimentar en ciertos problemas que han de solucionarse legalmente.

A muchas de esas personas se les iluminaba la cara cuando veían ese cuadro: “¡Es de Santiesteban!” Les aliviaba automáticamente parte de su carga emocional. Le estoy eternamente agradecida y nunca le olvidaré.» A partir de ahí, empecé a conocer a la persona y al artista en pequeños y grandes detalles, de experiencias vividas no todas agradables; era un excelente –y divertido- narrador, hablaba como pensaba, sin artificio; me enseñó a apreciar la Belleza y a buscarla en todo cuanto nos rodea.

Ha sido un privilegio haber coincidido con él en una parte del camino. Le estoy eternamente agradecida y nunca le olvidaré». 

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