Recuerdos de una niña de pueblo

Cabanillas del Campo // Foto: José Luis Muñoz - Ayuntamiento

Cabanillas del Campo // Foto: José Luis Muñoz – Ayuntamiento

Por Patricia Biosca

Tengo la suerte de conservar muchos viejos recuerdos. Puedo ver claramente el grandioso día de primavera en el que inauguraron la piscina municipal y mis amigos y yo, aún con chaquetas, estuvimos dando volteretas por el césped recién puesto al son de la orquesta. También puedo evocar fácilmente mi primera bicicleta, marca BH y de color rosa, que me servía con apenas ocho años de medio de transporte (y con la que rayé el flamante coche nuevo de mi padre). Me viene a la mente la forma en la que el pavimento de mi calle cambiaba de textura y color cuando terminaba la casa de mi tío Sebastián. Cuando atravesaba una explanada cada mañana para ir a casa de “la Julia”, a que me peinase una coleta bien tirante y me regañase por salirme del margen de los dibujos. Las fiestas de San Blas, el patrón de Cabanillas, dentro de la discoteca los Kony’s, a la que los niños solo podíamos acceder en estas ocasiones especiales. A mi tío Julito, el alguacil, abriendo la comitiva el día de San Isidro. Clases con tan pocos niños que tenían que juntarnos a chavales de años diferentes. Todos son recuerdos de una niña de pueblo.

En el día en el que la España vaciada sale a la calle a gritar alto que se aferra a la vida -y aquí lo contó magistralmente mi compañera Marta Perruca– pese a que le niegan unos cuidados que otros lados sí que tienen, me pongo a pensar en si yo estoy dentro de esas reivindicaciones, totalmente justas y con las que, vaya esto por delante, estoy plenamente de acuerdo. Cabanillas del Campo es uno de esos pueblos que creció como la espuma gracias al ladrillo y a la logística. Yo me enteré porque al llegar un mes de septiembre a cuarto de Primaria, de repente, había como doce niños más en clase (los “antiguos” ni siquiera llegábamos a la veintena). Recuerdo (otro más) cómo los primeros días había un chaval que no se conseguía integrar, y la directora Concha (la señorita Conchi para nosotros) nos dio una charla sobre cómo teníamos que dar la bienvenida a la avalancha de “forasteros”. “Siempre habéis sido una clase que ha sabido integrar a los nuevos, este año no quiero que sea diferente”, nos dijo.

Pero sí que lo era. Porque la mayoría de ellos vivían al otro lado de la carretera, en “los vascos” (llamada así porque el promotor de la urbanización era el Banco Bilbao Vizcaya), iban en autobús escolar cuando nosotros llevábamos bicicletas o sus padres trabajaban en Madrid y la mayoría de los nuestros en negocios locales. No es que se creara un clasismo entre la chavalada (otra cosa fue en edades mayores, pero esa es otra historia), pero sí vislumbramos que el pueblo ya no sería jamás como hasta el anterior verano a esa vuelta al colegio, en el que solo había una piscina municipal y un frontón. Y no fue algo necesariamente malo: a mayor número de gente, mayor cantidad de servicios y mayor cantidad de posibilidades. Aunque seguíamos siendo un pueblo de Guadalajara.

A pesar de que mi abuela Aurora era una orgullosa usanera (un abrazo para mis “primos” de Usanos, los que me acogen cuando me como una más del pueblo cuando habiéndolo pisado dos veces en mi vida. Esto también lo achaco al carácter de pueblo) y yo no he conocido a mi hilarante tío Jesús viviendo en un lugar distinto a Toledo capital, el grueso de mi familia es de Cabanillas. Y tengo la suerte de contar con una bastante grande. Tan grande que suelo bromear con mi amiga Elena sobre que la mitad de los CTV (Cabanillas de Toda la Vida) son sus primos y la otra mitad, míos. Así que mi pueblo era Cabanillas, tanto en invierno como en verano. Y siempre sentí cierta envidia de aquellos que cambiaban de residencia cuando venía el calor, disfrutaban de verbenas al aire libre en otros lugares, veían a los amigos estivales con los que no volverían a encontrarse hasta el año siguiente. No había muchos, y normalmente sus otros pueblos estaban bastante cerca (Alovera, Marchamalo, Horche para el más “exótico”).

Esta situación cambió radicalmente cuando llegaron los nuevos: venían de vivir en Madrid (ciudad que yo pisaba como una especie de Meca gracias a que mi enrollada y malhablada al volante tía Pili nos llevaba religiosamente cada Navidad para ver Cortilandia) y habían viajado por toda España. Los veranos iban religiosamente a la playa o sus padres les mandaban a increíbles campamentos estivales a hacer tiro con arco o a escalar. Y se iban dos semanas a otras regiones, no solo un día a Entrepeñas, como solíamos hacer nosotros con el colegio. Y ellos no imaginaban que la bicicleta se podía utilizar también con frío y lloviendo (algunos incluso no habían aprendido a manejar ese vehículo primario en los pueblos), que podías hacer cabañas en medio de la nada con cuatro tablas o que los melones de huerta estaban tan ricos. Todos nos enriquecimos con aquello, aunque cambiara nuestro pueblo para siempre.  

Me siento orgullosa de ser de pueblo, por lo que guardo con recelo (y ahora los escribo, para que no se me olviden nunca) aquellas memorias por las que se explica quién soy hoy. Y mi pueblo crece y crece, y ya no nos saludamos todos por la calle o nos preguntamos “¿pero tú quién eres, la chica del Pico?” por la calle. La provincia nos espeta que “ya no somos pueblo” porque somos demasiado grandes, y en Madrid nos miran con desdén pensando que somos demasiado pequeños y que las ovejas pastan libremente por nuestras calles. Es innegable que tenemos muchas más facilidades que otras zonas por suerte geográfica, por interés político o por el motivo que sea. Pero que a nadie se le olvide que seguimos siendo pueblos. Y, para mí, a mucha honra.  

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