Historias de la España vaciada: el éxodo (I)

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Guadalajara se empezó a vaciar durante la Guerra Civil y la dinámica ha sido imparable a lo largo de la segunda mitad del s.XX. Foto: Cadena SER.

 

“Así transcurrió la vida en La Huerce durante muchos, muchos años. De hecho, la diferencia entre como se vivía en el pueblo a comienzos de la Edad Moderna y como se vivió hasta mediado el s.XX no era mucha. La rutina del campo y el ganado dejaba poco margen para las excepciones. Si acaso la llegada de la luz eléctrica (…) Llegó un momento en que la producción de la tierra ya no valía para sacar adelante a las familias. La labor de cada casa se iba dividiendo en tantos pedazos como hijos se iban teniendo y lo que le correspondía a cada cual ya no era suficiente para sobrevivir dignamente”. Pedro Aguilar (*)

 

Por Gloria Magro. 

La España vaciada tomó el pasado domingo las calles de Madrid. Miles de personas procedentes de Soria, Teruel, Cuenca, Huesca y así hasta 24 provincias del interior, se manifestaron para pedir un pacto de Estado que acabe con la despoblación y el abandono. Muchos guadalajareños se unieron a la marcha, en la creencia de que menos población no significa menos derechos ni menos servicios. Con una provincia en claro retroceso demográfico y una población rural envejecida y decreciente, la pregunta que cabe hacerse es cuando empezó esta dinámica: ¿Se le puede poner fecha al éxodo, a la diáspora del campo a las ciudades en los pueblos de Guadalajara? 

Es difícil marcar una fecha exacta aunque está claro que el abandono rural es una tendencia que se arrastra desde de la segunda mitad del s.XX. Anteriormente, podría decirse que puntualmente hubo localidades de Guadalajara que sí registraron aumentos importantes de población, como Hiendelaencina en la segunda mitad del s.XIX con el auge de la industria minera de la plata, aunque agotado el filón toda la comarca volvió a la situación anterior en un breve lapso de tiempo. Brihuega también es otro ejemplo de  población estable y en diversas etapas creciente debido a la actividad de su Fábrica de Paños. Ambas localidades son anomalías en una provincia que sin un desarrollo industrial que atrajese a la población hacia un núcleo urbano grande, porque Guadalajara capital no lo ha sido hasta época muy reciente, se mantuvo durante siglos ajena a los vaivenes demográficos. Teniendo en cuenta además los usos culturales imperantes y el modo de vida autárquico, por no hablar de la orografía de la provincia y la falta de unas mínimas infraestructuras viarias que facilitaran las migraciones, habría que remontarse a la Guerra Civil y a la posguerra como inicio claro del declinar en la población de nuestros pueblos.

“Debido al bando abominable que ordenaba la evacuación de Jadraque, bajo pena de muerte, a todos los comprendidos en la edad de 18 a 50 años, el aspecto que presentaba el pueblo era verdaderamente desolador. Más de setencientas personas habían abandonado sus viviendas y seguían de buen grado unas y a la fuerza otras, la marcha impuesta por los milicianos”. Valentín García Gonzalo.  Marzo de 1937 (**).

La misma escena anterior se repetía a lo largo de esos años en muchas pequeñas localidades. La Torre del Burgo es un ejemplo documentado. “En noviembre de 1937 el pueblo fue evacuado por los milicianos que estaban asentados en Heras de Ayuso, encaminando a los vecinos hacia la carretera de Humanes, donde fueron amontonados en unos autocares y trasladados a Villamayor de Santiago. Cuando al terminar la guerra volvieron a su pueblo, se encontraron las casas saqueadas, incluso algunos vieron sus propiedades en viviendas de vecinos de localidades próximas”. Jesús Carrasco (***).

Los largos años de frente estancado, los movimientos de tropas, los efectos de la guerra en definitiva, marcaron seguramente el primer gran éxodo del campo a la ciudad en una época reciente. Con la contienda, otros pueblos, sencillamente desaparecieron.  Como Valdeancheta. “Según me contó un vecino del pueblo que hoy reside en Madrid”, relata Jesús Carrasco, “la pretensión del citado organismo -Organismo de Regiones Devastadas- era quedarse con los terrenos e indemnizar a los propietarios, quienes según el censo general de 1940 ascendían a 60 personas de derechos, que no de hecho, porque ninguna habitaba ya la localidad”. Al no llegar a un acuerdo, el organismo se limitó a echar al suelo lo poco que ya quedaba en pie. Donde sí actuó Regiones Devastadas fue en Hita y Montarrón. Jesús Carrasco (***). Y ambos pueblos fueron reconstruidos. Sin embargo, muchos de los que se fueron ya no regresarían y de esas familias se perdió el rastro.

Pasada la posguerra y con el inicio de la modernización ya imparable del campo, la llegada de nueva maquinaria dio lugar a un excedente de mano de obra agrícola. Una vez que el país se fue desarrollando, se hizo inviable la vida de subsistencia de muchas familias en los pequeños y remotos pueblos de Guadalajara. “Te cuento la historia de mi abuelo.” -cuenta Teresa Campos“Vivían en Romancos. Eran una familia humilde que apenas tenía tierras y vivían de trabajar las de otros. Se les murió la mula que necesitaban para trabajar y dado que tenía muchas bocas que alimentar -siete hijos- tomaron la decisión de vender lo poco que tenían en irse a la capital, donde había más posibilidades de encontrar trabajo que en el pueblo. Aprendieron un oficio, fueron albañiles, zapateros, etc. y pudieron salir adelante. Pon que somos la familia De la Fuente. Mi abuelo ya murió pero así mis tíos se sienten identificados”. 

El siguiente gran hito en el devenir del vaciamiento interior de Guadalajara, podríamos decir que llegó a partir de los años 1960, con la instalación de las primeras industrias en la capital y en el incipiente corredor del Henares y la necesidad de atraer abundante mano de obra. Esa sería también mi historia familiar, compartida por la de muchos guadalajareños.  A principios de los años 1950 mi abuelo, Mateo Magro, metió sus escasas pertenencias y las herramientas de la fragua en un carro tirado por una mula, montó en él a su mujer y a sus dos hijos de corta edad -mi padre y mi tía- y dejaron atrás Cendejas de la Torre para instalarse en el cercano Jadraque. En aquellos años los herreros eran indispensables en los pueblos. Tiempo después, a finales de la década de 1960, con el oficio aprendido, mi padre pasó las pruebas que hacían los reclutadores de VICASA, que iban de pueblo en pueblo buscando obreros con alguna cualificación para la fábrica de vidrio. Pero su entonces novia, mi madre, se opuso a vivir en Azuqueca de Henares: ella no se casaba para salir de un pueblo y acabar en otro, por grande que fuera, así que compraron vivienda en Guadalajara y con aquel piso en General Vives Camino llegó la modernidad a la familia, el futuro y en definitiva, el progreso en forma de calefacción, agua corriente caliente y fría y también un cuarto de baño con bañera.

Hace algunas semanas compartía esta historia con los asistentes a una charla de la eurodiputada Elena Valenciano en el Casino Principal. El delegado de la Junta de Comunidades, Alberto Rojo, allí presente, asentía. De pequeños fuimos vecinos, su familia también vino a Guadalajara desde Hita buscando un futuro mejor y se asentó en los pisos de la cooperativa de El Balconcillo, como otros muchos desplazados de los pueblos que trabajaban en las fábricas de Azuqueca.

VICASA, Tudor, Colgate, Bresel, Paulino Moreno… cuanta gente acudió a trabajar a esas empresas desde los años 1960. Y los pueblos se fueron quedando vacíos. Hace años me contaba una persona muy allegada que su padre era el guardes de un monasterio cercano a Guadalajara. Su modo de vida en una época tan reciente aún como es mediados del siglo pasado aparece retratada en libros como “Los santos inocentes” de Miguel Delibes. Ella no había leído el libro pero se identificaba plenamente con lo allí narrado y no soportaba ver la película en televisión: le recordaba demasiado a aquellos años de penurias y estrecheces. Y contaba mil anécdotas, como cuando llegaba la marquesa y los niños de la finca se ponían en fila para que la señora de la casa les diera un aguinaldo. Con el tiempo su familia se instaló en Guadalajara, en un barrio de nueva creación, alejado de la ciudad pero nuevo y reluciente: Los Manantiales. Allí compraban casa quienes iban llegando desde los pueblos, así que el nuevo desarrollo urbano se llenó de personas humildes provenientes de todos los puntos de la provincia. Las fábricas del polígono industrial de El Balconcillo les quedaban a un paso y nuestra amiga encontró trabajo en una de ellas, como tantas otras jóvenes que buscaban un porvenir en la ciudad.

En el caso de las mujeres, el servicio doméstico en la capital, sobre todo Madrid, era el destino más habitual, al menos hasta la boda. Hasta hace no muchos años, me he ido encontrando con compañeras de trabajo procedentes de familias acomodadas de Madrid en cuyas casas había habido tradicionalmente servicio -internas que no eran de origen sudamericano como ahora- y que contaban con desparpajo que sus asistentas provenían de pueblos del interior de Guadalajara, de Soria… y se lamentaban de que las chicas de provincia ya no quisiéramos servir. Tan increíble como cierto, en pleno siglo XXI.

El éxodo rural en muchos casos tenía nombre de mujer. A día de hoy es posible encontrar ingenieros, inversores, personas de éxito o gente anónima con vidas normales y corrientes cuyas madres tuvieron que salir un día de cualquier pueblo de Guadalajara obligadas por las circunstancias, por la precariedad que había, para entrar al servicio de familias pudientes, de ministros de Franco, de grandes industriales. Alguna incluso se ha visto reflejada en una exitosa serie de televisión basada en una novela de no menos repercusión: la doncella de la guapa y elegante marquesa infiel aún vive para ver como una actriz de renombre la interpreta en la tele. Pero esa es otra historia y habrá que contarla algún día. Cuantas vidas como esa quedan aún por contar. Así, aún a día de hoy hay quien ante cualquier pleito aún puede recurrir a la poderosa familia de abogados para la que su madre trabajó en su día; quien obtuvo trabajo en una renombrada cadena de confección porque su madre era la portera de la finca en la que vivían los entonces propietarios, en la antigua calle Lista, hoy Ortega y Gasset. Y también quien recuerda aún hoy el disgusto de la adinerada familia para la que trabajaba desde niña en el servicio de la casa, cuando el prometedor e inteligentísimo vástago de los señores aceptó una cartera en el gobierno de Felipe González. Historias de pobreza pero también de superación y futuro.

Historias de reinvención. El campeón de arada con mula de Guadalajara en 195…, quien se acuerda ya, se llamaba Hermenegildo Serrano. En la casa familiar aún hay fotos suyas con boina y sin embargo, reconvertido en Figueras en los años 1970 en un afamado restaurador, se codeaba con Dalí y Gala, demostrando sus dotes como políglota en inglés, francés y alemán aunque en realidad en el pueblo apenas fue a la escuela y seguramente mal escribía en castellano. En la Costa Brava se le conocía como Hèrmes, lucía pañuelo de seda al cuello, olía maravillosamente y era un perfecto caballero. Al tío Mere, como le conocían en su casa, cuando venía a visitar a la familia, por lo general una vez al año, le encantaba contar historias de toda la gente famosa que había conocido. Qué lejano le quedaba ya entonces el pueblo. Y también el trabajo en el campo y el rebaño de ovejas, habría que añadir.

Y pese a todo, los pueblos tiran. O serán las raíces. Mucha de la gente que se marchó en su día tiene la suerte de conservar una casa, un pedazo de memoria: de poder regresar a sus pueblos. Unos eligen retirarse en ellos, otros pasan las vacaciones en sus lugares de origen y otros deciden a día de hoy volver a un modo de vida rural por elección propia pese a la falta de infraestructuras y las evidentes carencias de todo tipo. Las próximas semanas más historias de nuestros pueblos y sus gentes. Más historias del éxodo y también de retornos.

 

(*) La Huerce. Historia de un pueblo solidario. Intermedio Ediciones. 2017

(**) Cruel odisea. Valentín García. 1939.

(***) La villa de Taragudo: evolución histórica de una aldea de Hita, Jesús Carrasco. Universidad de Alcalá de Henares. 2016

(****) Testimonios de una batalla. Guadalajara 1937. Diputación Provincial y Nueva Alcarria. Varios autores. 2007

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