Yo confieso

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Justin Bieber en posición de rezo. // Foto: Acontecercristiano.net

Por Patricia Biosca

Quiero confesarme, madre, porque he pecado. Necesito contar que tengo muchos placeres culpables: cuando estoy sola delante de un espejo, me pongo a posar en plan modelo, no lo puedo evitar. El último disco de Justin Bieber me encantó  y me lo pongo algunas noches para echarme unos bailes que nunca me atrevería a mostrar en público o para cantarlo a grito pelado cuando voy en el coche. También disfruto durante horas tragándome videoclips de canciones del verano protagonizados por artistas de la talla de Chenoa, Sonia y Selena, la poco reconocida Loona y su himno “Baila mi ritmo”, entre otros. Y esos días en los que procrastino por las redes sociales, me es imposible no leerme decenas (llegaría incluso a atreverme a decir cientos) de comentarios en las noticias acaecidas en nuestra provincia. Las de índole nacional no me atraen tanto como un buen “salseo” local. Me gusta tanto que pagaría un Netflix que me pusiera un comentario detrás de otro a modo de video, permitiéndome no poner un dedo en el teclado y degustar kilos de palomitas en el proceso. Perdóneme, madre -que es quien me lee-.

La última vez que cometí el delito fue hace unos días, cuando vi en el medio online Guadaqué una entrevista a Julio Morales, un mítico “skater” (patinador, para los que huyan de anglicismos) de Guadalajara, quien era preguntado acerca de su opinión sobre la anunciada inversión del Ayuntamiento de la capital de 100.000 euros para construir un parque para patinar (“skatepark”, como dicen los que aman vocablos con raíz inglesa). En ella comentaba desde cómo surgió en el mundo entero la locura por la tabla hasta como vivió él mismo sus principios en nuestra provincia. Por supuesto, también se tocaba el tema de cómo ha sentado en la comunidad de los “monopatinadores” la promesa del equipo de Gobierno local. “Para empezar no me lo creo. Lo anunciaron en enero, dijeron que estaría listo en primavera y no han hecho nada. Son tantos años con falsas promesas sobre esto y jugando con las ilusiones de los que patinamos aquí que ya no queda confianza”, afirma Morales. En la misma pregunta critica lo que cree que es una actitud burlesca de los responsables políticos que dieron una rueda de prensa anunciando las obras que se van a acometer: “No sabemos siquiera qué empresa lo va a hacer y cuando lo presentaron nos sorprendió la actitud de un concejal que se reía, mientras el alcalde detallaba con dificultad los módulos que van a construir. Nos dio la sensación de que se lo tomaban a mofa”, señala el entrevistado.

En definitiva, unas declaraciones bastante jugosas que me hicieron recaer en el vicio del “vouyerismo” una vez más. Como si estuviera abriendo una página porno, tecleé la dirección de Facebook y busqué la noticia en la página corporativa del medio. Y ahí estaban: 15 comentarios como 15 soles. Me tomé mi tiempo, imaginando durante unos microsegundos que versarían sobre esas risas y torpeza de la presentación; o sobre la cantidad montante de la inversión, bastante importante; quizá alguien llamando “jóvenes vándalos” a aquellos que van sobre una tabla de madera y cuatro ruedas; un acalorado debate sobre si merece la pena; ¿insultos, quizá? Encontré todo eso y más, como era de esperar -y como ya me lo marcaba mi experiencia en noticias similares-. Mi favorito, el lapidario “sí, que lo hagan ya y dejen de destrozar el mobiliario urbano”, como si hordas de skaters rayasen el hormigón de los bancos o sus costillas irrompibles doblasen los decorativos y artísticos bolardos de nuestras calles.

Como dato: la noticia en la web, para la que hay que gastar unos microsegundos en el registro para comentar, tiene cero opiniones de los lectores al final del último párrafo. Porque, ¿para qué registrarnos una vez más si ya le hemos vendido el alma a Facebook y nos permite poner barbaridades con nombres falsos?

En la misma línea, y después de años de experiencia, también me he percatado de la importancia que los usuarios dan a los comentarios en las redes sociales: como si de un medio institucional se tratara, y le saltara un aviso al alcalde, al consejero o al entrevistado de que le están mencionando en su smartphone última generación, siempre desde la superioridad moral que otorgan el anonimato de las redes sociales. Y estar procrastinando mucho -me deben faltar aficiones- también me ha otorgado recordar en mi memoria nombres de muchos de estos comentaristas oficiales que alimentan mi placer culpable noticia tras noticia, incluso aunque no tengan nada que aportar. Y sí, se repiten. Mucho. Pero oye, cada uno tiene su afición y una persona que posa delante de un espejo poniendo morritos no es nadie para juzgar. Al contrario, quiero hacerles saber que no están solos, que mis ojos siguen buscando ávida lectura, cuanto más surrealista, mejor. Sirva este artículo como sincero reconocimiento a todos esos comentaristas empedernidos y altruistas sin cuya labor mis momentos de aburrimiento serían eternos. Gracias.

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