Historias de la España vaciada: el éxodo (II)

«Un desierto de piedras, en tiempo fueron hogares, tuvieron vida y esperanza. Ganaderos, más bien pastores que mantenían sus familias. Sin agua corriente pero sí la más pura de los manantiales y arroyos, sin electricidad, tenían el sol, el resplandor de las llamas de sus chimeneas, el calor de los animales que compartían una parte de la casa. El atender a hijos y mayores, los quehaceres diarios, los días de cosecha y matanza, preparar las conservas para afrontar el largo invierno. Todo al traste por un puesto de trabajo en una cadena de montaje, o.. sentado durante horas en un camión… en talleres, fábricas…». Emilia Fátima Taberné.

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La Guadalajara vaciada. Ruinas del pueblo de La Romerosa. Foto: José Parra.

 

En una conferencia pronunciada a principios del año 1962 en la Casa de Guadalajara en Madrid por el entonces gobernador civil, José Manuel Pardo Gayoso, este dijo entre otras cosas:Nadie piense que estos 35.000 paisanos nuestros -el número de guadalajareños que en el decenio 1950-1960 emigró de la provincia de Guadalajara- han huido de su tierra atraídos solamente por la luces de la ciudad. Se marchan de su provincia nativa porque en ella hay un déficit de 11.355 puestos de trabajo y porque a nadie le agrada la idea de pasarse la vida arañando una tierra estéril que no compensa el esfuerzo que se le dedica». Nueva Alcarria, 1962. (*)

 

Por Gloria Magro.

Guadalajara se vacía inexorablemente. La historia de muchas familias se puede rastrear en un par de generaciones atrás hasta la alcarria, la campiña o la serranía. En algunos casos hasta lugares que hoy solo existen en el recuerdo y que son poco más que ruinas de paso inesperado para cazadores y excursionistas ocasionales. El mapa cartográfico de Guadalajara no recoge puntualmente las localidades que ya no existen, que se perdieron, pero los datos estadísticos demográficos que la Diputación Provincial ofrece en su web son desoladores y dan idea de hacia adonde nos encaminamos en materia de población rural.

Pueblos fantasma, pueblos olvidados con apenas alguna construcción en pie, oculta por la maleza y el paso del tiempo. Lugares a los que no llegaron la luz eléctrica ni el agua corriente, donde ya no volverán a tañer las campanas de la iglesia ni se volverá a escuchar la risa de los niños. Sitios perdidos, de nombres que ya nadie pronuncia: Picazo, Sacedoncillo, Matallana, Tobes, Valdelagua, La Romerosa, Matas, Torronteras, Querencia, Castellote, Tobes, Novella… el listado es largo y difícil de completar.

En internet abundan las páginas que repasan la historia pasada y el estado actual de estas localidades, como la web Los pueblos deshabitados. Las aldeas olvidadas y su ruina actual atraen la atención de los turistas. Hay rutas que las recorren y facilitan las indicaciones a los caminos de acceso, hoy perdidos por falta de mantenimiento.

En la página de turismo rural Ana de las tejas azules se pueden encontrar varios recorridos por la Guadalajara vaciada. Una de las localidades a las que remite es Tobes: «El proceso de despoblación de Tobes empezó antes de la Guerra Civil -se puede leer en esta web-. Las familias en aquellos tiempos solían ser muy numerosas y en momentos de bonanza la población tendía a rebasar el número de personas que la propia tierra, con las técnicas agrícolas tradicionales, era capaz de sostener. De este modo los jóvenes se veían obligados a emigrar lejos de su tierra, dejando los pueblos sin sangre nueva capaz de garantizar el crecimiento vegetativo de la población. A pesar de todo, en los años de 1950 llegó a tener entre 80 y 90 habitantes. El camino vecinal, hoy pedregal, se construyó en aquellos tiempos, pero en las siguientes décadas, a medida que el país alcanzaba nuevos estándares de confort en las grandes ciudades, pueblos como Tobes se fueron quedando sumidos en el atraso por falta de inversión en nuevas infraestructuras».

Me cuenta Leticia Silva la historia de su familia, proveniente de uno de esos pueblos que ya no existen. «Mi abuelo era Angel Sanz Chicharro (1914-2001), bastante conocido en Guadalajara. Cuando volvió de la guerra, se dio cuenta de que en Valdeancheta no quedaba nada así que con sus padres y sus hermanos tuvo que emigrar a Guadalajara. Aquí empezaron a trabajar en una finca agrícola que ocupaba lo que luego fue Paulino Moreno y la piscina del Mesón Hernando. Estuvieron allí hasta que se amplió la N-II, que pasaba por la mitad de aquella finca. Después sus padres se jubilaron y cada uno de los hermanos emprendió su propio camino (…). Mi abuelo, que era el hermano pequeño, se dedicó a los seguros en Guadalajara, también iba por los pueblos y vendía tractores y máquinas de coser. La gente se acuerda de él, era un señor bajito que también arreglaba las máquinas de coser. A costa de mucho trabajar consiguió que sus hijos fueran a la universidad». 

Algunas localidades se salvaron por poco de desaparecer. Alicia Robledo cree que ese fue el caso de La Huerce, 458 habitantes empadronados en 1950 y solo 24 en 1981. En la actualidad no llega a los cuarenta. Alicia me remite a «La Huerce, historia de un pueblo solidario», del periodista Pedro Aguilar (*). En sus páginas está la historia de su familia. Miguel Robledo, su padre, tuvo que emigrar a Francia: «En La Huerce no había medios de vida. Yo tenía dos hijos, uno poco más de un año y otro recién nacido y me tuve que marchar (…) Estuve un año allí, pero poco se murió mi madre y tuve que volver. Regresé, estuve otros once meses trabajando en Francia y enfermó mi hermano… ya no tuvimos más remedio que venirnos del todo. Al llegar a España trabajé en Guadalajara en una casa de campo en Fontanar, cuidando la hacienda, no había ni luz ni nada en la casa… hasta que en 1964 entré a trabajar en VICASA, en Azuqueca». 

El paso del tiempo por La Huerce se replicaba en esos años en todo el interior de Guadalajara, se podría decir que en todo el interior de España. «Y así, poco a poco y con lágrimas en los ojos, La Huerce se fue desalmando hasta quedar casi en silencio, aunque nunca del todo. No había suficiente para vivir dignamente en un época que ya era distinta, no había carretera para ir y volve, no había practicamente nada más que trabajo sin futuro y todos decidieron buscar nuevos horizontes para ellos y sus hijos«. Pedro Aguilar (**).

Gonzalo Martínez Martínez cuenta su propia experiencia vital en Archilla, una pedanía de Brihuega que en 1960 tenía censados doscientos habitantes y en 2013, fecha del último censo, sólo 35. «Terminé el Graduado Escolar en Archilla y me fui a estudiar a Madrid. Mi padre se había ido un año antes, de conserje a un instituto de chicas, el Instituto Santa Teresa de Jesús, en la calle Fomento, 9. En el pueblo no teníamos muchas tierras y vivíamos de arrendamientos, en una situación precaria. Me casé y me vine a vivir a Guadalajara. Voy a Archilla cada vez que quiero, son muy pocos vecinos y no podemos ni echar la partidita de mus. Hay gente los fines de semana y en el buen tiempo». 

Historias de la posguerra e historias de la industrialización. Eduardo Díaz nos esboza una historia familiar cercana. «Puedo contar la historia de una persona de Valdeconcha, muy cerquita de Pastrana, en donde vivió su juventud y allí se caso con una moza del pueblo. Cuando nacieron sus hijos, vio que todos los días tenían que coger el autobús para ir al colegio a Pastrana. Y un día llegó al pueblo una persona de Guadalajara que ofreció trabajo y prosperidad a muchas personas de Valdeconcha en fabricas de los polígonos de Guadalajara y Azuqueca y ahí comenzó el final del pueblo y sus labores agrícolas. Solo vuelven al pueblo en las fiestas de agosto y algunos fines de semana. Total, que Valdeconcha tiene en la actualidad a solo seis familias viviendo y lo que es vida, algunos fines de semana y en la época estival. El resto del año casi vacía y abandonado y eso que tiene cerca a Pastrana».

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Ruinas de Matas, entre Sigüenza y Atienza. Foto: José. Parra.

En otros casos no hay a donde volver. Además de los pueblos destruidos en la guerra civil, de los que se quedaron vacíos y la propiedad pasó al Estado, como Umbralejo, o los que en la actualidad se encuentran deshabitados e inhabitables por ley por quedar dentro de un parque natural, como Fraguas, otros permanecen sumergidos bajo las aguas. Mi padre siempre contaba que cuando iban a herrar caballos por los pueblos, dependiendo de si había llovido o no, al caer la tarde y ya de vuelta a casa, nunca sabían de antemano si podrían o no atravesar con las mulas el caudaloso arroyo de Alcorlo. A finales de los años 1970 todo el valle del río Alcorlo hasta San Andrés del Congosto se convirtió en un embalse y en pocos años el pueblo desapareció bajo las aguas, no sin antes ser literalmente volado por el ejército ante la resistencia numantina de los vecinos a marcharse. A día de hoy, los antiguos propietarios que fueron expropiados de sus casas y de sus tierras, pueden visitar la ermita y el cementerio trasladado a un promontorio, lo único que quedó del pueblo. En los años de sequía, en verano y cada vez con más frecuencia, emergen las ruinas de Alcorlo, que se alzan sobre las aguas en una estampa evocadora de tiempos pasados. Con sus aguas se riega la vega del río Henares, el maíz para pienso de consumo animal, para hacer cerveza si la calidad del grano lo permite, pagado a un precio muy alto: la vida de todo un pueblo, por muy humilde y remoto que fuera.

La historia es parecida en El Atance, que también pereció bajo las aguas, aunque en este caso el pueblo fue abandonado décadas antes de la construcción del pantano que también lleva su nombre, un lugar fantasma que aparecía en los mapas ya a finales de los años 1960 pese a que el embalse no fue de hecho una realidad hasta 1997, cuando la salinidad del agua hacía presagiar que nunca sería una realidad. Durante esas décadas de abandono vivió allí un matrimonio, en completa soledad y negación de lo que acabaría pasando en el cauce del río Salado. De El Atance queda hoy su iglesia, desmontada y vuelta a montar en Guadalajara.

Los datos demográficos son demoledores. Ninguna provincia de España tiene tantos pueblos con tan pocos vecinos como la nuestra: 180 de de los núcleos habitados cuentan con menos de cien habitantes, y restando. Las cifras las publicaba hace unas semanas El Confidencial y eran recogidas por GuadalajaraDiario.es. Además de pocos, envejecidos. Según la Diputación de Guadalajara, el crecimiento natural de la población alcarreña -la diferencia entre nacimientos y defunciones- ha bajado en un más de un 67% desde el año 2000. Realmente no hay que recurrir a los datos para saber que no nacen suficientes niños en Guadalajara y que la población envejece. Y los que nacen ni lo hacen en los pueblos, ni se establecen en ellos. En muchos casos son los migrantes extranjeros procedentes de Marruecos y Rumanía quienes mantienen la actividad y la economía de las localidades. Pero como emigrantes económicos y sin raíces que les aten a un lugar concreto, no dejan de ser población flotante y para establecerse necesitan, al igual que los lugareños, de unos servicios mínimos.

El próximo sábado, historias de retorno, de quienes han elegido volver a los pueblos, a pueblos de nuestra provincia, y revivirlos.

(*) Nueva Alcarria, 27/01/1962, recogido en El movimiento obrero en Guadalajara. 1868-1939”. Enrique Alejandre TorijaFundación Federico Engels . Madrid. 2008.

(**) La Huerce. Historia de un pueblo solidario. Pedro Aguilar, Intermedio Ediciones. 2017

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