La cárcel y yo

Entrada principal de la cárcel de Guadalajara. // Foto: Rubén Madrid (El Hexágono)

Entrada principal de la cárcel de Guadalajara. // Foto: Rubén Madrid (El Hexágono)

Por Patricia Biosca

Mi vida siempre ha girado en torno a sus muros. Casi me sé de memoria cada torre, cada entrada, cada patio. La he visto desde el lado izquierdo mientras subía por la calle Amparo. He bebido calimocho en el parque de su derecha antes de entrar a los conciertos del viejo auditorio. He recorrido sus muros de camino al local de la peña decenas de veces. He tenido la discusión más loca de mi vida en uno de los bancos que rozan sus piedras. También he tenido la suerte de contemplarla desde arriba, en una vista privilegiada desde el balcón de mi tía, donde más claro aprecié primero su grandeza y después su decadencia. ¿Y ahora, cuál es tu futuro, mi querida cárcel?

Suena rarísimo que alguien le coja cariño a un edificio. Más aún a una cárcel. Pero oye, hay de todo en la viña del Señor, que le escuché decir al cura. El balcón de mi tía Aurori nos ha servido a mis primos y a mí en infinidad de veces de recreo, por lo que sus vistas a los muros de la exclusa desde la calle Toledo han sido el escenario de fondo de nuestros juegos. Y no solo eso. Su pulso nos servía de reloj: desde los disparos de la Guardia Civil para ahuyentar a las palomas del tejado, a los cambios de guardia de las torretas o cuando a las 9 de la noche los reclusos se ponían en fila para sacar la basura. Y nos saludaban desde abajo cuando gritábamos. “Estos no son muy malos, a estos les han encerrado por tener riñas o robar alguna tontería, no te creas que son muy peligrosos”, nos decían mis tíos cuando peguntábamos por qué aquellos hombres que parecían tan simpáticos estaban encerrados.

Incluso llegamos a conocer uno de ellos. A Edu, un antiguo camarero del mesón de mi padre, le vinieron a buscar los “picoletos” al restaurante porque, en palabras de mi señor progenitor, “había estado en una reyerta y no se había presentado al juicio”. Yo no sabía que era una reyerta, aunque Edu me caía fenomenal. Y cuando le metieron preso, nos saludaba con más ahínco que los demás, por eso de la cercanía. El mismo hombre que me había dado bolsas de patatas o un refresco a escondidas de mis padres o al que había utilizado de caballito para hacer carreras con mi hermana ahora salía en aquella fila de presos. “Era muy trabajador, la verdad”, decía lacónico mi tío mientras miraba por el balcón.

Tiene gracia que en ese mismo restaurante cenase dos días antes de su ingreso en esa misma prisión José Barrionuevo, el primer ministro de la democracia que entró en la cárcel. Yo estaba en casa de mi tía ese fin de semana porque era el día de la Virgen de la Antigua (tradiciones familiares en base a petardos), así que me enteré por teléfono de aquella cena en la que elogió la comida de mis padres y lo mona que era mi hermana de pequeña (qué pena el crecimiento). No fue igual la tarde que entró en prisión junto con Rafael Vera, exsecretario de Estado para la Seguridad. Ahí fui testigo en primera persona de todo el espectáculo: las televisiones no dejaban de llamar a nuestra puerta para que les dejásemos grabar los primeros planos y el balcón de casa de mi tía era, sin lugar a dudas, el mejor sitio de toda la ciudad. Telecinco fue la cadena elegida: nos regalaron llaveros de gomaespuma desmontables y bolígrafos. Y las cámaras inundaron nuestro espacio de juegos, que se convirtió en un lugar para la historia (“Cuéntame”, aquí tienes una idea para cuando llegues a 1998). La historia siguió un tiempo más: les veíamos practicar deporte en un patio reservado o cada domingo cadenas humanas rodeaban aquellos muros para pedir su salida de la cárcel, en la que apenas estarían tres meses. 

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Abrazo de Felipe González y Barrionuevo en las puertas de la prisión de Guadalajara. // Foto: Agencias

Precisamente, cuando la cárcel dejó de tener presos a diario y tan solo iban a dormir o a fichar, empezó a llenarse de otros inquilinos: los cinematográficos. A veces nos despertábamos con revuelo en la calle y cuando nos asomábamos por la barandilla veíamos grandes furgonetas, cámaras, gente saliendo y entrando. Cuando bajábamos alguien a por el pan, preguntábamos o buscábamos información para saber qué rodaban allí. “Días de fútbol” o “El patio de mi cárcel” nos parecieron nombres vacíos en aquel momento. Pero qué orgullo cuando tiempo después se anunciaban por la tele. “¡Esa es la que grabaron aquí abajo!”. Aunque pueda parecerlo (mis tíos tendrán mucho que decir sobre esto), yo no vivía (al menos de manera permanente) en aquel piso de la calle Toledo, así que cuando grababan y no estaba allí, nuestros primos me lo contaban el fin de semana o se encargaba mi tía por teléfono de dar las noticias de la capital. “Ya han estado las televisiones otra vez por aquí”. Imaginen qué incertidumbre sin la internet moderna…

Pero aquellas visitas se fueron separando en el tiempo. Las de la gente que entraba y salía por aquella puerta verde y las mías a aquel balcón. De vez en cuando, los políticos recuperan su nombre para anunciar que se rehabilitará como biblioteca, como museo, como centro social… La “penúltima” propuesta, en elecciones y por parte del PP -aunque no faltarán las ideas de los demás, porque la cárcel es tema recurrente cerca de comicios- que funcione como residencia de ancianos o “espacio dedicado al ocio juvenil” (lo mismo es un skatepark). Mientras, nadie espanta a las palomas, que deterioran los ventanales abiertos de las celdas; el tejado se derrumba, dejando al aire los pasillos; la desidia se apodera de una infraestructura dejada a su suerte y a su ruina. De vez en cuando, yo me sigo asomando por la ventana para volver a aquel pasado glorioso, pero veo los agujeros en el tejado y me topo con su drama presente. Entonces recuerdo aquella loca discusión que, al contrario de lo que parecía, al final tuvo final feliz. El mismo que espero para esa vieja mole en el centro.

 

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