La resaca de la fiesta de la democracia

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Pedro Sánchezen el balcón de la sede del PSOE en Ferraz. //Foto: David Castro – El Periódico

Por Patricia Biosca

Andaba el viernes por la calle mayor a primera hora de la noche cuando un grupo de unos cinco chavales que seguramente no superaban la veintena subían los adoquines. Con la misma actitud chulesca que la panda de “Reservoir dogs”, pero ataviados con sudaderas de capucha (puesta) y barbas pulcramente recortadas, portaban banderas de España en la mano. El que se podría calificar de líder -iba con la barbilla casi mirando al cielo mientras escrutaba la cara de todo aquel que pasaba cerca- portaba el plástico de tamaño A3 en el bolsillo trasero del pantalón, en una clara actitud desafiante, como si ese símbolo fuese una pistola. A su lado, aunque un poco más rezagado que el resto, estaba otro de los chicos. Pero su actitud era muy diferente: cabeza gacha y banderita arrugada en la mano, la sensación era más parecida a la vergüenza. Dos actitudes diferentes ante la fiesta de la democracia, aunque seguramente en la práctica significaran lo mismo.¿Quedamos este domingo para hacer una ruta?

Qué va, tengo una cita con la democracia.

Mi amiga Lorena declinaba nuestra oferta no porque se hubiese estado preparando para votar como si de un maratón se tratase, sino porque le tocaba presidir mesa. “Ya podían poner a gente en el paro”, se quejaba un día antes Silvia, en connivencia con Ainhoa, ambas también amigas y ambas sin trabajo. “¿Tú vas a ir a votar?”, me interpelaban a mí, quien pertenece a ese goloso porcentaje de indecisos que duda hasta el mismo momento en el que introduce el sobre en la urna. Mientras, las redes sociales se llenaban de mensajes apelando a los electores a ejercer su derecho, como si se tratase de una nueva moda de barra de labios o una cazadora amarilla con tachuelas. La pregunta de “¿tú a quién votas?” bullía en el aire y todo el mundo sabía de política por un día. Como si fuese “Lluvia de estrellas” y en campaña todos pasásemos por el humo mágico acompañados por la voz de Bertín Osborne de fondo y nos transformásemos en expertos en programas electorales. Continúa la fiesta de la democracia.

El domingo tocó comida familiar. “Y luego nos acercamos a votar”, propuso alguien. En la mesa expusimos nuestras dudas y algunos argumentos sobre por qué no y por qué sí. Al final, como con la bandeja de canelones humeantes, comimos todos de la misma ideología y nos “contaminamos” sin querer o queriendo, aún no lo sé. Un par de horas después -tras una reconfortante siesta de pijama y orinal-, la piña se fue a votar. A la entrada del colegio, todos tuvimos la sensación de estar en una comunión (religiosa): esa escena que aparece al encontrarte a algún familiar que solo ves de celebración en celebración, siempre en el mismo lugar. Todos hicimos el periplo de buscar nuestra mesa -porque ninguno habíamos mirado las cartas que llegaron a nuestros nombres-. Y todos acabamos votando al mismo partido con el mismo sentimiento de insatisfacción pero de haber hecho los deberes. “Nunca va a haber nadie que nos contente del todo”, decíamos para consolarnos de alguna manera. La fiesta de la democracia a veces repite como el ajo en las comidas familiares.

Dicen que las noches de desenfreno van precedidas de mañanas de ibuprofeno, pero en la fiesta de la democracia, la resaca no se pasa con una simple pastilla: si no tuviste suficiente el día anterior y la dosis de imágenes de gente votando, compartiendo por redes que votaban, que votases o la cantinela de que tu voto vale menos, tranquilo. Telediarios radiofónicos, televisivos, alertas digitales y por supuesto periódicos te lo volverán a contar. Como cuando se te ha ido la juerga de las manos, duermes unas horas y alguien te despierta con “chunda-chunda”. Como si todo confabulase para que la fiesta de la democracia tuviera su propio after y la historia fuese un poco a lo “Danzad, danzad, malditos”.

Pero todo acaba, y apenas unos días más tarde, esos chavales tengan aquellas banderitas que portaban con orgullo por la calle olvidadas en un cajón; en mi casa, la política cada vez tiene menos espacio en las comidas -mucho menos en el hueco de la siesta-; y la anécdota de que mi amiga Lorena fue presidenta de mesa electoral no volverá a salir probablemente hasta las próximas elecciones, que llegan casi solapadas a estas. Sin embargo, las municipales, regionales e incluso las europeas no tienen tanto glamour como las nacionales -incluso aunque nos juguemos nuestro bienestar inmediato-, y sus candidatos no salen en el programa de Bertín Osborne. La fiesta de la democracia, como todo, también necesita del marketing. Y yo echo mucho de menos “Lluvia de estrellas”.

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