La droga de cada barrio

Por Borja Montero

Uno de los principales éxitos del capitalismo y de su refundación neoliberal de las últimas tres décadas es la capacidad de adiestrar una sociedad complaciente y poco crítica con los fallos del sistema. Esto se consigue, principalmente, a través del consumo, una actividad que desmoviliza a la población a base de enfocar la atención de los ciudadanos en cuestiones distintas de las sociales y políticas y de reducir sus recursos económicos impidiendo su inversiones en sindicatos, asociaciones, organizaciones o acciones de protesta cualesquiera y que, a su vez, funciona como una droga, ofreciendo breves momentos de placer que incitan a la repetición. Algunas de las modas introducidas en el mercado para enganchar a la gente pueden ser más o menos inocuas, más allá del problema de desmovilización ya comentado, pero hay otras que, siguiendo el símil de las drogas, tienen efectos que van mucho más allá de la ausencia de contestación social y política y el retorno del dinero a manos de las altas esferas.

Una de las más peligrosas epidemias consumistas de los últimos años, además de la continua revolución tecnológica que obliga a muchos a cambiar continuamente de terminales electrónico según el último lanzamiento y postra a muchos más delante de una pantalla durante la mitad del día, según algunos recientes estudios, es la de las apuestas deportivas. De algo más de una década a esta parte, nuestros barrios se han llenado de locales inextricables, con grandes letreros pero sin ventanas, en los que gente cada vez más joven acude en busca de un ocio poco sano, tanto a nivel psicológico como económico. Con la connivencia de figuras públicas y famosos de todo pelaje (deportistas, presentadores, clubes deportivos, medios de comunicación…), que han ejercido de principales difusores del mensaje, se ha extendido la idea de que este tipo de juego está bien.

Las apuestas deportivas se asociaban otrora a los bajos fondos de las ciudades, al imaginario gángster de las películas, a corredores relacionados con la mafia, a deudas de juego que podían ser físicamente dolorosas para el deudor si el prestamista y sus esbirros le encontraban. Al igual que pasó también con el poker o los casinos, que se popularizaron a través de Internet y gozaron del apoyo de personalidades de todo tipo, el germen del juego se fue inoculando en una sociedad que veía la posibilidad de entretenerse inocentemente con un juego nuevo (en el caso del poker) o dar un poco de picante a la jornada semanal de fútbol prediciendo sus resultados. Y así, el ser humano, tan sensible a las pequeñas recompensas sin fijarse, en muchas ocasiones, en el enorme sacrificio que puede resultar a la larga, ha ido aceptando, a través de una participación cada vez más masiva, el juego como algo permisible y cotidiano, sin reparar en los problemas de salud y de adicción que puede suponer, más allá del evidente peligro económico y de la ya mencionada desmovilización social y política.

En esta concatenación de campañas electorales que estamos viviendo, esta cuestión de la proliferación de las casas de apuestas en las ciudades, principalmente en los barrios más populares, tal y como sucediera con las drogas hace cuatro décadas, sin olvidar la facilidad de acceso a este peligroso ocio a través de Internet, no ha entrado en la agenda de los partidos. Solamente el candidato del PSOE a la Presidencia de la Junta, Emiliano García-Page, y los partidos de izquierdas, tales como las confluencias de Podemos e IU o las candidaturas municipalistas, han mencionado la necesidad de intervenir para evitar el crecimiento de un uso social dificilmente controlable en locales abiertos más de doce horas al día a las puertas se nuestras casas y en páginas web patrocinadoras incluso de contenidos que ven los niños.

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