Comiendo con tu enemigo

Por David Sierra

urnasRechascaban las ascuas al mediodía a las puertas del Consistorio. Sinónimo de cita electoral. Medio bidón de aceite, tajado por la mitad, cumplía la función de barbacoa. Un antiguo somier de metal adaptado con cuatro brazos en hierro para poder ser volteado a modo de parrilla acogía en su seno varias filas de chuletillas de cordero colocadas con sumo cuidado. Con anterioridad habían servido para el asado de unos suculentos espárragos verdes. De esos de la tierra, que ahora salen a miles y por los que sus productores luchan para obtener una certificación geográfica que acredite su calidad y procedencia.

Sobre la mesa montada para la ocasión no faltaba un porrón con vino casero. Los recuerdos de cuando se elaboraba a granel en las antiguas bodegas afloran. Poco a poco se fueron sumando unos cuantos más al convite. No hacía falta invitación pues en la visita a la carnicería la cuenta siempre incluye este tipo de imprevistos. El paso por las urnas es un mero trámite en aquellos lugares donde los problemas comunes no entienden de siglas a nivel local.

El receso se cumplió a rajatabla. Presidente de mesa, vocales, candidatos y votantes cubrieron las posiciones de servilleta y cubierto en otra mesa distinta a la electoral. Donde lo que se iba a decidir era el buen yantar. Charlaban de manera sosegada mientras devoraban la carne, dando fe de que es mejor que la que degustaron en los últimos comicios, no hace tanto. Temas de actualidad se entremezclaban con anécdotas de antaño, esas cuyos detalles se recuerdan mejor que lo acontecido anteayer. El rubor perdía fuerza cuantas más veces se alzaba el porrón. Y las desavenencias eran tan nimias que nunca llegaba el agua al río. Todo acababa en chascarrillos.

Ni vencedores ni vencidos. Los resultados dictan sentencia. Ocurre lo esperado. En una treintena de votos es complicado equivocarse. Las cuentas salen. No hay festejos ni celebraciones. Tampoco enhorabuenas ni felicitaciones. Ni sabores agridulces. En algunos pueblos los votos no se ganan, se obtienen. No discriminan, representan e integran. Comprender estas obviedades son el primer peldaño para considerar y disfrutar la democracia como una verdadera fiesta. Y participar de ella.

A pocos kilómetros la tensión se sentía en el ambiente. Los apoderados revoloteaban alrededor del centro social donde estaban situadas las urnas. A cada votante se le examinaba con lupa. La intimidación se ejercía con las miradas. Con un silencio sepulcral impropio de una sala repleta de personal. En juego un partido de máxima rivalidad con contrincantes empeñados en utilizar ese lenguaje bélico que deportes como en fútbol han adoptado con total naturalidad.

Comidas sin sobremesa. Sin café, ni copa ni puro. En la propia mesa electoral se respiraba el aborrecimiento por el proceso. La ausencia de distensión impedía que fluyeran esas anécdotas que convierten el tiempo de espera en más llevadero. En cambio, los grupitos conformados  por personas de una misma afinidad ideológica charlaban con sigilo en un lenguaje lleno de claves indescifrables que impedían formar frases medianamente comprensibles para que nadie las entendiera. Ni tan siquiera entre ellos. A medida que se acercaba la hora final, el nerviosismo empezaban a aflorar. El recuento definitivo daba a pie a los reproches. Los mismos de siempre, que como una noria van y vienen. Discusiones en la puerta del local, alguna que otra descalificación fuera de tono y lugar, y vuelta a la paz entre murmullos. Hubo combate electoral, hubo vencedores y también vencidos. Y cuatros años por delante donde quienes realmente han perdido son todos los vecinos.

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