La importancia de la perspectiva

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Joven en el pretil de Toledo tal y como se lo encontraron los agentes. // Foto: Sindicato Policía Local de Toledo

Por Patricia Biosca

Un día, un amigo me contó cómo en una fecha muy señalada de celebración se quedó dormido al lado de la plaza de toros al calor de los licores espirituales a los que sometió su organismo. El cansancio le venció los huesos y acomodó su espalda contra la superficie roja del coso de Las Cruces durante un buen rato. Otra jornada distinta, en un viaje propio, presencié cómo una de mis acompañantes era capaz de quedarse frita al lado de un gigantesco altavoz en una discoteca a las tantas de la mañana con los ritmos machacones del momento atronándole a unos centímetros. También sé historias de gente que se ha quedado roque tras fallar en varios intentos a meter la llave por la cerradura, vaciando la vejiga antes de dormir o debajo de coches y camiones, en algunos casos motivando denuncias por posible secuestro al no ser encontrados por sus compañeros de juerga… Todos son (somos en algún momento) protagonistas de las mejores anécdotas de cañas, de esas que no se pagan con dinero.  

Eso mismo pensé cuando, buscando temas de los que opinar sin tener mucha idea de nada, y entre pactos, elecciones y demás “politicadas” de las que una servidora está un poco harta de escribir -de momento, que la cabra siempre tira al monte-, me encontré con la perita en dulce de historia de un extranjero en Toledo y su impactante foto. El chaval, que al parecer iba beodo y estaba de vacaciones, el pasado sábado amanecía sobre un murete de la calle de Armas, en el casco histórico de la vetusta capital regional. Según una información difundida por Europa Press, sobre las 7.30 horas de la ya soleada mañana, el chaval fue encontrado por la Policía Local toledana yaciendo en un pretil a gran altura después de que otro ciudadano alertase a emergencias. Los agentes se debieron oler que la anterior noche el hombre no había pasado sed y le ayudaron a bajar.

Se da la circunstancia de que su postura, casi emulando un Cristo cuando cae muerto de la cruz, se encontraba frente a la estatua de Bahamontes, un hecho que quien escribió el teletipo (o quien le dio la información) no dejó de reseñar. “Ese dato complementario me parece de Pulitzer”, me dijo un amigo que trabaja en la antigua capital del Reino y que sabe de lo que habla (por enorme juntaletras y mejor juerguista si cabe). Federico Martín Bahamontes, el Águila de Toledo, aquel ciclista siempre al ataque que escaló puertos como nadie fue el único testigo de cómo aquel extranjero, al que la policía tuvo que acompañar a casa, acabó tirado cual Cristo o cual estrella de mar, según se mire, a los pies de su bicicleta. ¿Qué aventuras le trajeron hasta acabar “hincando el rejo” delante de su estampa?

Al estar ataviado con traje (no sé por qué, pero las historias que más alargan el café de la sobremesa o las tardes tontas en el bar son con vestidos elegantes), me imagino que antes estuvo en algún tipo de celebración, como una boda. Ya se sabe que en la mayoría de los casos, las bodas son como Las Vegas: lo que pasa en la boda, se queda en la boda.

La concentración de gente y alcohol provoca una cantidad ingente de circunstancias que solo las madrinas y las cámaras de Gran Hermano son capaces de captar para armar el puzzle. Puede que nuestro simpático amigo bolinga encontrase a quien le reconstruyera la nebulosa de aquellas horas (¿el hada madrina?), en las que seguramente estuvo presente hasta el mismo fin. ¿Por qué iba solo? ¿Tuvo compinches que le dejaron tirado? ¿Acaso él se separó? ¿Hubo un drama tan gordo -seguramente solo en su cabeza, porque las mejores telenovelas surgen de un vaso vacío que huele a bodega- por el que se separó del grupo y, del sofocón de la llantina, se quedó dormido rezando a Bahamontes? ¿Quizá es un infiltrado del FBI y los de asuntos internos le tendieron una trampa? Quién sabe…

 

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El muro en el que yacía el joven, visto desde abajo. // Foto: SPL

Y todo este jocoso artículo, cuya intención es traernos a la mente momentos divertidos de nuestras propias borracheras y las de nuestros amigos, divagando sobre posibles relatos aún más hilarantes, es posible porque en realidad no pasó nada. Porque el joven tuvo la fortuna de no moverse más de la cuenta en el pretil y no cayó despeñado metros abajo, quién sabe si inconsciente y con qué consecuencias. Aquel chico, que seguramente comenzó una jornada festiva, pudo haber acabado de la forma más trágica, convirtiendo la comedia en un verdadero drama. La perspectiva de la foto cambiaría si se la hubieran hecho desde abajo. Qué historia tan diferente hubiese salido de estos renglones. Piensen en todas las historias de llorar que empezaron con risas y la línea tan fina entre unas y otras. Y cómo un segundo puede cambiarlo todo, incluso la más sólida de las moralejas. Aún así, ¿se arrepienten de esas historias? “Caminante no hay camino, que se hace camino al andar…”

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