Aquel tenebroso resplandor naranja

DESALOJAN A 180 PERSONAS POR LOS INCENDIOS DE LA SIERRA NORTE DE GUADALAJARA

Incendio de Aleas, en julio de 2014. // Foto: EFE

Por Patricia Biosca

A la gente le gusta el verano por las piscinas, las terrazas, los pantalones cortos, los vestidos, los helados, la playa, las vacaciones y muchas otras cosas que puedes usar en otras estaciones pero que solo valoras durante tres meses -fin del speech del odio a las temperaturas extremas de la chica que se pirra por el entretiempo-. Pero si hay una palabra que define la estación estival es calor. Calor pegajoso que no deja dormir, sentarte en el coche o en un banco sin sombra. Calor abrasador que no solo es incómodo, sino que muchas veces, mezclado con los kilos de imprudencia de la humanidad, se torna en fuego. Un fuego que deja de hacer gracia cuando lame el campo y lo deja negro carbón. Cuando se traga siglos de historia en tan solo unas horas. Cuando incluso acaba con vidas humanas.

Volvía este lunes del trabajo, pensando en lo mucho que odio el verano -sin entrar en la tragedia, solo en modo niña pedorra que nunca está contenta con nada-, cuando, de repente, una columna de humo negro se alza ante mi vista. De forma súbita, todos mis pensamientos sobre el tostón que es el verano se tornan en graves y oscuros recuerdos.

 

Primero recordé que, de la misma forma que aquellos vapores, un día de verano al salir del cine de ver una película de guerra me topé con otra escena igual de apocalíptica, pero en la vida real: el monte de El Clavín ardiendo. Los curiosos nos agolpábamos en los campos detrás del centro comercial viendo las llamas por toda la ladera esparcirse tan rápidamente que parecía el fin del mundo. “Nunca he visto cosa igual”, decía un señor mayor a nuestro lado, quien aseguraba con pena que él paseaba todos los días por aquellos parajes. Las casas se veían desde nuestra posición a escasos metros de las llamaradas, que cada vez se avivaban más con el aire y el sofoco del verano. A pesar de la infernal visión, todo se quedó en un susto y rápidamente se controló el problema.

Sin embargo, aquel resplandor en la ladera frente a Guadalajara me llevó inevitablemente a otro recuerdo. A aquella vez en el verano de 2014, que en la oscuridad de la noche se veía desde mi casa en el barrio de Aguas Vivas el macabro resplandor de alguno de los incendios que asolaron durante días la provincia, como los de Aleas y Bustares que alcanzaron nivel 2 -también se declararon en Yunquera, Cifuentes y Millana-, que se originaron por cosechadoras.. Entonces se quemaron unas 3.000 hectáreas solo en los incendios principales, que tuvieron en vilo a la región entera durante varios días y dieron trabajo a medio millar de personas, que se dice pronto.

En aquellos momentos, todos mirábamos las llamas teniendo en mente el negro suceso que se produjo en Guadalajara justo nueve años antes y por aquellas fechas: el incendio del Ducado. El ambiente que se teñía de naranja y ceniza llegaba hasta la capital, haciéndonos partícipes de las brutales llamas que empezaron en una feliz y lúdica barbacoa. Aquella vez hubo que lamentar, además de más de 13.000 hectáreas de terreno -incluidas de alto valor ecológico del Parque Natural del Alto Tajo-, la muerte de once trabajadores del retén de Cogolludo, en una tristísima historia que se desvirtuó adquiriendo tintes políticos, teorías conspirativas y polémicos juicios durante varios años.

Ahora, hace menos de un mes, la Junta de Comunidades anunciaba el nuevo plan contra incendios: 3.000 personas trabajarán desde el 1 de junio hasta el 30 de septiembre velando para que que no se vuelvan a producir situaciones como las anteriormente citadas. El consejero de Agricultura, Medio Ambiente y Desarrollo Rural, Francisco Martínez Arroyo, afirmaba que prevé una campaña “buena” porque, en este momento, hay “una climatología favorable” para que surjan menos conatos de incendios. Hoy he visto el primero. Yo solo espero no tener que ver de nuevo aquel macabro resplandor naranja grabado a fuego en mi memoria.

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