Bares, que lugares (II)

 

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«El histórico Bar Club, en la calle Cristo de Rivas, junto a la Calle Mayor, que en su día lo regentó el inolvidable Graciano y que ahora es dirigido por Tomas y su mujer, Charo, que hace unas tapas para chuparse los dedos. La especialidad de la Casa: las pelotitas de carne».  Eduardo Díaz.

 

Por Gloria Magro.

Hace unos días le pedí al periodista Alberto Moreno que me escribiera una semblanza del bar de su familia, el inolvidable Casa Víctor. Alberto, que es incapaz de negarle nada a un amig@, se comprometió a ello y aún así, no fue capaz de escribir una sola línea sobre el tema. Me cuenta que cada vez que se ponía a escribir la historia de su familia, recordaba a su padre y le embargaba la emoción, impidiéndole avanzar en el texto. Así que con su permiso y con mucha responsabilidad, voy a transcribir sus palabras, aunque Casa Víctor, en la calle Bardales, continúa vivo en la memoria de los guadalajareños.

«El restaurante se abrió en 1939, una época complicada, acabada la guerra. Lo fundaron mis abuelos, Víctor Moreno y Florencia Batanero que eran enfermeros y decidieron montar un pequeño local donde vender vino. Poco a poco el negocio fue creciendo en la calle Bardales. Casa Víctor cerró sus puertas el 30 de septiembre de 2007, estuvo casi setenta años en activo y se convirtió en una auténtica referencia no solo de la zona centro, sino de toda la ciudad. Por allí pasó muchísima gente y el negocio les fue bastante bien. Mis abuelos tenían cuatro hijos: Valentín, que después puso la tienda de vinos de la calle Ferial; mi padre, Victor, conocido como Vitín, Ricardo, conocido como Richar y la pequeña, María Victoria. Mi padre Vitín y mi tío Richar se quedaron con el negocio, lo ampliaron en 1987. En el recuerdo queda mi tío Richar y su ¡al fondo hay sitio! o ¡Alfonso, los callos! Por allí pasaron toreros, artistas… el Nobel Camilo José Cela que era un asiduo a la hora de cenar, pedía criadillas de cordero regadas con Moet et Chandon. La primera cocinera fue mi abuela Florencia y después, con apenas dieciseis años llegó Pascual Tundidor, el Tundi, que estuvo cuarenta años con nosotros, hasta el cierre. El Tundi aprendió de mi abuela y fueron famosos sus callos, de los que nunca se supo el secreto. Y de camareros, Manolo y Paquillo, ya fallecidos, Miguel, Manolo el alto… pasaron muchísimos camareros, teníamos una media de trece trabajadores, la mayoría estuvieron casi toda su vida laboral en Casa Víctor. Nuestra especialidad eran los mariscos y los asados pero también tenían fama los callos, la tortilla rellena, la perdiz escabechada… cada cliente recuerda hoy una cosa. Aquel 30 de septiembre de 2007, domingo, cuando mi padre cerró, echó el cierre, guardó las llaves en el bolso marrón que llevaba y como un día más, se vino a casa, con la salvedad de que al día siguiente ya no tenía que madrugar, se jubilaba. Y así empezó una nueva vida para él y también para Casa Víctor, en lo que pensábamos que era un punto y seguido. Y hoy, más de diez años después, sigo pensando que ha sido un punto y seguido porque esa tradición y esa referencia en Guadalajara se tiene que retomar». Alberto Moreno.

A día de hoy, el restaurante de la familia de Alberto Moreno continúa cerrado, después de varios intentos de traspaso fallidos. Los tiempos cambian, también los clientes, las costumbres… la calle Bardales no es ni sombra de lo que fue y esta frase la llevamos repitiendo al menos los últimos veinte años. Desaparecido El Figón, el otro gran clásico de la ciudad, cerrados el colmado de Marián y la tienda de muebles, Comercial Ciclomotor, que había enfrente, la mejor surtida de la ciudad junto con Rodríguez Coronado y que sobrevivió hasta primeros de este siglo -por citar solo dos ejemplos míticos de comercios de siempre que daban vida a la zona-, la calle funciona aún como zona de copas en un ambiente más que decadente, sucio y desmejorado y sin ninguna perspectiva de rehabilitación. Las actuales obras en la plaza del Concejo, unas obras inacabables, han terminado de rematar toda la zona, haciendo en la práctica que los peatones eviten, a ser posible, transitarla.

Muchos guadalajareños, desde las redes sociales, vuelven a compartir con los lectores de El Hexágono los bares de su vida, algunos de ellos hoy ya solo en el recuerdo de sus parroquianos, ligados esos sí a los mejores momentos de nuestras vidas.

«Yo me acuerdo de las patatas bravas de La Criolla. Y de Montemar. Había un loro en Bardales que silvaba cuando pasaba la gente». Federica Rojo. «El lorito de Luisa«, Eduardo Díaz. «Todos los años yendo a los Maristas y después de pasar por el bar de mi tío Tomás, estaba el loro para responder a nuestros silbidos, al lado de Marian«, Pedro Gil García.«Se ha quedado muerta la calle Bardales, con todo el ambiente que había». Isabel Argüello.

«En Bardales tambien habia un bar llamado El Condado, los dueños, dos hermanos: Santos y Ambrosio». Francisco Gómez Ángeles.

«En el Bar Club cuando era novia de mi marido, ya hace años de eso, tenían una ensaladilla buenísima, patatas bravas en La Criolla, asadurilla en Educación y Descans0, gambas a la plancha en La Escalerilla… seguro que se me olvida alguno. Era el recorrido que hacíamos mientras empezaba el cine. Yo también conocí el lorito», Elvira Castillo Villaoslada. «Ese lorito junto a los bares eran el alma de Bardales. Ahora ni está el lorito y los bares, pocos quedan. Una pena.«, Silvia Martínez González. 

 «Cómo se nota que somos del mismo tiempo en Educacion y Descanso, no se te olviden los calamares en tinta: cómo los hacia de buenos la madre de Paco y en La Escalerilla para acompañar las gambas, unos Cebreiros. Te has dejado los callos de Casa Víctor«. María José Martín Linares.

«Yo del Bar Club recuerdo unos tacos de escabeche con una tira de pimiento morrón encima que estaban de vicio. Y en El Figón, mis preferidas eran sus gambas a la gabardina. ¡Que pequeña era entonces! Marta Sánchez.

«La ensaladilla rusa del Bar Club era la preferida de mi abuela que vivía justo enfrente. Era parada obligada los viernes cuando subía del mercado al terminar la jornada en la frutería. Por supuesto con una cañita». María Jesús López Fernández.

«Y antiguamente era la taberna Casa Romo, que era el abuelo de mi marido». Paloma Alarcón.

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Escribir una leyenda»Del Bar Club, lo que está de vicio es su rica tortilla de patatas con salsa de las bolitas de carne, suelo tomarlo casi todas las semanas. Recupero la Foto que un día le pase a www.senderismoguadalajara. Angel de Juan.

 

«De lo bueno lo mejor de lo mejor, lo exquisito, y es que Charo y Tomás, del Bar Club tienen un encanto especial. Nos cautivan, nos aprecian y nos obsequian con un amplio y suculento repertorio de buenas tapas y raciones. Gracias por ser como sois. A aquellos que no tienen el placer de conocerlos, os lo aseguro. Visita obligada».  Jesús Mª Esteban Encinas.

«Que recuerdos tengo, de quedar con mis hermanas Ascen y Rosi, a desayunar, pero solamente los días festivos en Madrid, cuando yo tenía fiesta y no tenía que ir a trabajar. También de encontrarme allí a nuestra admirable florista Luisa que vendía las flores debajo de los soportales de la pescaderia Maragato. Mi madre y ella, íntimas amigas de adolescencia y juventud, amigas toda la vida. Allí, en el bar me encontré hace muchos años un sábado de Ferias un billete de 5000 pesetas en el suelo, mientras sonaba la verbena en la Plaza Mayor. No veas, el arreglo que me hizo de fin de semana de Ferias. Tomas y Charo, son muy entrañables. Es un bar muy tradicional de Guadalajara que hay que conservar». Natividad de Lucas Moreno.

«Tomás padre que gran hombre, amigo de Pedro Gutierrez, mi padre. Buenos ratos echaron en su juventud. Siempre los recuerdan con un cariño enorme. Un besazo a Charo y a Tomás e hijo de parte de mi familia». Tamara Guitérrez Villalba. «Si se hubiera mantenido la zona, desde el Bar Club hasta La Abeja de Oro… Siempre había gente y nos encontrábamos con conocidos y amigos». Alfonso Guijarro Martínez.

«El Arcipreste de Hita, en la calle Museo mi primer curro«. Victor Caballero del Castillo. Y lugar de pellas de los estudiantes del Liceo Caracense una vez que volvió a abrir sus puertas en 1989, habría que añadir.

«En la calle Cervantes había un bar llamado Las gambas, justo abajo donde las escaleras del Banco de España. En La Carrera, justo en frente al Bar Escribano, habia otro llamado Bar Mago». Paco Loeches. Creo recordar sin embargo, que el Mago era una tienda de ropa infantil, pero tal vez hubo un bar anteriormente ahí, del mismo nombre. Seguro que algún lector nos lo aclara. Y alguien sin nombre nos recuerda las bravas más famosas de Guadalajara: «Yo, como las patatas bravas/mixtas del Rocax, Jose y Mari, no las he vuelto a comer en ningún sitio. En algunos bares muy buenas, pero igual que esas no existen. Ojalá cogieran un bar el matrimonio, aunque solo fuese por una tarde». A lo que les recuerdan que José Luis y Mari gozan ya de una muy merecida jubilación. Y Gonzalo Martínez Martínez, nos aclara que José Luis está aún muy presente en la calle Constitución, donde es un vecino querido y muy apreciado, como no podría ser de otra manera conociéndole. 

«Otro bar que ya no existe , el Bodega en la avenida de Castilla, tenían unos perdigachos buenísimos». Federica Rojo.

Los laberintos del recuerdo. Nombres perdidos, locales largo tiempo ya olvidados para todos menos para sus clientes. Y aquellos platos que colmaron nuestro paladar, esos que en la memoria saben mucho mejor. La próxima semana más sobre bares recordados de Guadalajara y esta vez si, acompañados del análisis de los lectores dando respuesta a la pregunta de porqué muchos cerraron sus puertas.

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