Medio milenio de Corpus

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Corpus 2019. // Foto: La Crónica

Por Patricia Biosca

Puede sonar tópico, ñoño o beato, pero uno de los días más felices de mi vida fue el de la Comunión. Esa fiesta en la que eliges un vestido rococó con el que aprendes la definición de “jareta”, te ponen un divertido cancán que se levanta cada vez que te sientas, te regalan un nuevo testamento que intercambias con tus amigos y puedes cortar la tarta de varios pisos del restaurante con una espada molona que luego te llevas para casa. De aquel día recuerdo hasta la cena: unos gloriosos huevos fritos con patatas que mi madre tuvo a bien hacernos después del fiestorro que todos, pequeños y mayores, nos pegamos aquella jornada del 26 de mayo de 1996. Y sé de buena tinta que la mayoría de los chavales de mi generación también vivieron un glorioso -nunca mejor dicho- día. Por eso a alguien se le debió ocurrir repetir aquel éxtasis ceremonial, aunque sin restaurante y sin espadas. Y así creía yo que se inventaron las celebraciones del Corpus, para darle salida a aquellos vestidos que de otra manera solo te pondrías un día. Pero resulta que no. 

En mi pequeño micromundo de los 9 años, el Corpus era la segunda oportunidad para volver a emperifollarme como en la Comunión mientras ponía la calle perdida de pétalos de rosa. La operación empezaba el día de antes, cuando había que desplazarse al rosal que el tío Sebastián cuidaba con esmero, para robarle las flores más vistosas. Él ya sabía que por aquellas fechas la producción de rosas menguaba considerablemente, pero yo, al ser de la familia, tenía enchufe y acceso a las mejores. Tras coger unas cuantas -dependiendo de la avaricia-, se deshojaban y se dejaban en una cesta de mimbre que las madres decoraban con lazos blancos de raso. Al día siguiente, tras el ritual de peluquería y misa, nos lanzaban a las calles mientras el cura, cantando, abría la comitiva. Las madres se encargaban de recargar la munición floral de forma indiscriminada cada vez que una cesta se quedaba vacía, y nosotros de tirarlo por donde nos venía en gana. Había quien lo hacía tímidamente, a un lado y a otro de sus pies; había quien pensaba que el efecto era mucho más espectacular si se tiraba al aire, en plan caramelos en la cabalgata de reyes. Había quien racionaba de una en una las balas vegetales y quien las tiraba a puñados. Había quien utilizaba las manos y quien directamente zarandeaba las cestas. Y todo eran risas -comedidas, que conocíamos los nudillos del cura- hasta que terminaban los pétalos. 

Pero este ritual se queda en nada comparado con el que se lleva a cabo en otros puntos de la provincia. En Guadalajara, Almonacid de Zorita o Marchamalo, aparte de la procesión de los niños que acaban de hacer la comunión, los devotos crean una suerte de alfombras con serrín, cáscara de huevo, café y flores, creando en el suelo impresionantes tapices que recrean símbolos cristianos -y nosotros pensando que tirar pétalos era lo más-. Y no acaba ahí: en la capital alcarreña trece hombres se visten representando a Jesucristo y los apóstoles, con sus barbas postizas y sus pelucones incluidos, y se atan cuerdas que los chavales cogen con sus manos -aquí hay que reconocer que lo de las rosas de mi pueblo es mucho más proactivo que sujetar a un señor disfrazado por una soga-. La verdad es que para el viajero ajeno, el choque de ver la comitiva puede dejarle pasmado. Pero buceando un poco, la historia tiene su aquel y deja un poco a la altura del betún mi experiencia con el Corpus. 

Resulta que, según cuentan en la web de la Cofradía de la Pasión, la Cofradía de los Apóstoles, principal impulsora del ritual, tiene más de 500 años. Ya en un archivo municipal datado en 1454 se hace referencia a la reparación de unas caretas utilizadas para el Santísimo Sacramento -la Comunión, por si hay algún no iniciado en la sala-. Por lo visto, hasta 1936 se mantuvo la tradición de que los apóstoles desfilaran con unas máscaras de grandes facciones y coronas de flores, como se puede ver en las imágenes facilitadas por la propia web, y que recuerdan un poco a los cabezudos de las Ferias -debe ser que nos va el modelo cabezón en las celebraciones-. 

Y hay más: es cierto que la ceremonia ha cambiado en medio milenio, pero hay cosas que se mantienen inalterables, como la forma de escoger a los miembros de la cofradía que representarán a los apóstoles y al hijo de Dios. Así, los escogidos “deben ser mayores de 25 años, no habiendo estado procesados, ni que sean blasfemos, de familia honrada y religiosa, teniendo una altura de un metro con 70 centímetros; no se permitirá que ninguno de los Apóstoles vuelva la cabeza durante la procesión excepto Jesús, que podrá hacerlo hasta tres veces; a todos los actos han de presentarse siempre con capa; en las juntas generales ningún hermano será osado a desvergonzarse con otro, bajo multa de una libra de cera”.

Es decir, tienen que haber superado la adolescencia, no tener antecedentes penales, que su familia vaya a misa los domingos, no pueden ser bajitos y obligatoriamente tienen que llevar capa, como un superhéroe. Y, además, no pueden mirar atrás ni aunque alguien diga “¡que viene un toro!”, salvo el que hace de Jesucristo -puede ser que sea porque tiene el comodín del rechazo de Pedro, que le negó tres veces, aunque esto es especulación propia-. También te da puntos ser de una familia que ya haya representado el papel, y afirman que las hay que llevan haciendo del mismo apóstol desde hace un siglo. 

El ritual ha sido declarado de Interés Turístico Provincial y, la verdad, no es para menos. Para mi gusto, faltan pétalos -aunque hay quien los tira desde el balcón-. La duda que me asalta desde los 9 años y hasta ahora es la misma: ¿quién recoge luego ese suelo?

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