El cuento de la Universidad

Campus de Guadalajara, vista lateral. // Foto: Wikicommons

Campus de Guadalajara, vista lateral. // Foto: Wikicommons

Por Patricia Biosca

Tal día como hoy hace 14 años me encontraba esperando las noticias de la Comunidad de Madrid sobre mi futuro: había elegido una decena de carreras y universidades diferentes en riguroso orden de preferencia, sabiendo que allí estaban mis -al menos- próximos cinco años de vida. Yo no tenía nada claro qué es lo que quería hacer con ellos, lo que sí sabía es que bajo ningún concepto quería pasarlos en el campus de Guadalajara. Pero mientras yo soñaba con un piso de estudiantes en Madrid -que nunca llegaría-, una beca Erasmus en el lugar más lejano y remoto del planeta -que tampoco realicé- y sentir mía aquella ciudad de la que cantaba Joaquín Sabina -a la que nunca he terminado de coger el punto-, había muchos compañeros para los que el argumento contrario les podía más que aquella prometedora aventura. Ellos (porque había más de uno) escogieron bajo la premisa de estudiar sin coger la Continental (ahora ALSA) o el Cercanías, lo que limitaba en mucho el abanico de carreras a escoger. Enfermería, Magisterio, Arquitectura Técnica, Empresariales y Turismo. Como las lentejas, si quieres las comes y si no las dejas.

Fue al año siguiente cuando José María Barrera, por aquel entonces presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, anunció a bombo y platillo que el nuevo campus se ubicaría en el desconocido y desconcertante Polígono El Ruiseñor, un lugar que a día de hoy sigue siendo un solar y una eterna promesa incumplida –con conatos de resurrección-. Barreda prometió hasta un concurso internacional de arquitectura para idear el moderno edificio, múltiples títulos más -que siempre quedaron bailando y sin concretar- y nuevos centros del CSIC y el Parque Científico y Tecnológico de Guadalajara. Corrían finales de mayo de 2006, años de bonanza del ladrillo. Mis compañeros de autobús y yo ya llevábamos un curso de idas y vueltas a Guadalajara. Alguno pensó que, después de todo, quizá no estaba tan mal estudiar en tu ciudad. Que el tiempo ganado en ese viaje por carretera o tren se podría invertir en otras cosas más productivas. Que el sueño de Madrid había sido eso, un sueño, y que la beca no daba más que para el abono transporte a pesar de que eran años de bonanza económica, de alegría del despilfarro, de comprar un piso como inversión aún sin tener ni un duro. Incluso algunos llegaron a preguntar qué trámites serían necesarios para cambiarse de facultad, pensando que la promesa del campus sería una realidad de apenas un par de años. Ilusa juventud. 

En su lugar llegó la época oscura del hundimiento del ladrillo, de los proyectos megalómanos que hacían aguas, de los recortes en servicios. Cambió el Gobierno estatal y regional. En este último María Dolores de Cospedal tumbó el proyecto de Barreda y lo cambió por un nuevo plan en el antiguo colegio de Las Cristinas. Se firmaron no sé cuántos convenios, cesiones, papeles. La Universidad de Alcalá, a la que estarían adscritas las nuevas titulaciones, se daba la mano con el Ayuntamiento de Guadalajara, que aseguraba que aquello nos convertiría en una ciudad universitaria más grande que Salamanca; la Junta de Comunidades, responsable de Educación, se estrechaba en un abrazo con el Ministerio de Defensa, que debía ceder los terrenos. Las fotos de responsables y de posibles plazos se sucedían en los medios de comunicación, pero no en la realidad. Mientras, intentos tímidos de contentar ampliando con un par de titulaciones.

“Estamos haciendo muy buena ciencia a pesar de los políticos. Llevamos esperando el Parque Científico y Tecnológico desde hace años”, me contaba Javier Rodríguez-Pacheco, catedrático de astronomía y astrofísica en la UAH después de una rueda de prensa sobre la importante misión espacial Solar Orbiter en la que participará el equipo con base en Guadalajara. Gente que trabaja desde nuestra ciudad escudriñando los misterios del universo. Por ejemplo, el Monitor de Neutrones, único en su especie en España, lleva funcionando 2011, si bien aún no me queda claro desde dónde opera. En busca de soluciones, me voy a la “fuente principal”, la web oficial donde se habla de un mañana hipotético: “Las futuras instalaciones del Parque se emplazarán en el Polígono de El Ruiseñor, en la periferia de Guadalajara, y dispondrá de laboratorios, centros de investigación, incubadora de empresas y espacios modulares para el alojamiento de empresas y centros de I+D, así como de espacios para desarrollar otras acciones empresariales, desde formación continuada a auditorio o mediateca, pasando por espacios y servicios comunes y administrativos”. Me queda la duda de si la ubicación en El Ruiseñor es verdad o es que no han cambiado la web desde 2010. 

Desde entonces han pasado 14 promociones de universitarios. Todos hemos visto grandes titulares que nos hacían pensar en la inminencia del proyecto. Y todos los hemos visto caer en saco roto. Ahora el nuevo alcalde, Alberto Rojo, asegura que del mes de julio no pasará la cesión de los terrenos del Ayuntamiento a la UAH. Siento un deja vú y entiendo ahora los sentimientos de los vecinos de Pedro, el que avisaba de que había lobos. Aunque me da en la nariz que no será el final de un cuento que ya aburre. 

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