El principio y el fin del verano

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Imagen del pregón en las fiestas de Cabanillas del Campo. // Foto: Ayto. Cabanillas

Por Patricia Biosca

Cuando conozco a alguien de otra provincia suelo preguntarle por sus fiestas patronales: en qué consisten, cómo las celebran, qué tradiciones tienen. Sobre todo me interesa saber si algo tan natural para mí como son las peñas se repiten igual por toda la geografía. ¿Ellos también se devanan los sesos durante días para pensar en el nombre más absurdo/molón/típico/representativo de su grupo de amigos? ¿Se hacen camisetas y tienen broncas por decidir el color y el dibujo? ¿También usan los pantalones de pintor blancos para llenarlos de tierra (y lo que no es tierra) como traje oficial sin saber muy bien quién fue el primero que instauró aquella tradición? ¿Sienten como una familia aquel heterogéneo grupo que se junta en fiestas y que puede que no haya hablado durante un año entero?

Para mí, la última semana de julio que quepa entera en el calendario está marcada desde que tengo uso de razón cada verano, a la altura de la Navidad o incluso más. No sé cuántas camisetas guardo del Día de la Bicicleta o cuántas veces he ido a comer la paella gigante, preludio de las fiestas. Atesoro en mi memoria los remolques con los que se hacía la antigua plaza de toros, detrás de mi casa, en la era. Sin esfuerzo también puedo acordarme de las noches en la peña de los padres, los eternos escondites, los bailes en la verbena y las fichas de los coches de choque o el canguro. 

Con apenas diez años ya tenía mi propia peña con dos amigas más. Con mucha ilusión nos dibujamos con rotulador permanente unos garabatos y escribimos “arañas locas”, no sé muy bien con qué significado. Era el tiempo de los locales en los garajes de nuestros conocidos, de volvernos locos preguntando a nuestro tío o prima si nos dejarían durante unos días aquel cuchitril, de llevarnos decepción tras decepción con los múltiples “noes”, pero la alegría infinita de cuando dabas con un “sí” no tenía precio: el centro de operaciones sería tu hogar esos cinco días, que luego con la bonanza del ladrillo se convirtieron en más de una semana. 

Y con ello llegaron los conciertos multitudinarios. Las fiestas cambiaron a otra cosa diferente, aunque seguían siendo muy divertidas y tenían el esquema de los años anteriores: coger con fuerza el principio, llegar a duras penas al final. La plaza de toros, ahora portátil, se abarrotaba en las vaquillas a media noche y se inventaron los encierros por una calle. Más y más peñas se fueron creando según crecíamos, sin darnos cuenta de que nos hacíamos mayores y repetían el color de nuestras camisetas. Empezamos a hacer comidas y cenas, vermuts y pasos de charanga como cuando nuestros padres nos llevaban de pequeños. Pero ahora nosotros éramos los padres. Unos juerguistas que recuperaban su adolescencia durante unos días. 

Quien no tiene pueblo, no conoce esas sensaciones de jolgorio, reencuentro y orgullo que se mezclan los días de la fiesta grande, cuando todos se enfundan un traje con absurdos nombres y colores, pantalones blancos de pintor y se van a “preparar” la peña. Un intangible que es difícil de explicar a los de fuera, pero que envuelve a todo aquel que le da la bienvenida. Durante el verano hay muchas fiestas, pero ninguna como la de tu pueblo, donde sientes que está tu sitio. Creo que debo felicitarte si sabes de lo que hablo. Feliz verano y fiestas a todos.

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