La “nochevieja” Gigante

Concierto de Rayden en el Festival Gigante. // Imagen: Festival Gigante

Concierto de Rayden en el Festival Gigante. // Imagen: Festival Gigante

Por Patricia Biosca

Mi amiga Laura, que es maestra, dice que el final del verano es el Festival Gigante: el último fin de semana de agosto o primeros de septiembre, a modo de nochevieja antes de empezar el nuevo curso, los ritmos del indie (aunque de independiente les quede poco, porque todo hijo de vecino se sabe alguno de sus himnos) inundan las calles de Guadalajara, con la Fuente de la Niña como base de operaciones. Tres días en los que la capital alcarreña se siente enorme, gigante incluso, no la pequeña ciudad dormitorio de Madrid que dicen que es el resto de año. Pero ojo, porque cerrar las vacaciones es un duro reto que en cualquier momento puede defraudar si no se le pone el suficiente interés, como suspender los exámenes con un 4,5. Y aquí no hay “seño” a la que suplicar una leve subida hasta el aprobado. 

Las dudas que hasta la recta final ha planteado el festival han hecho merma en la cantidad de público asistente. Apenas un mes antes de su celebración, el Gigante pudo confirmar que la Fuente de la Niña sería, un año más, el lugar de su celebración. El hecho de haber realizado una fuerte inversión en las nuevas pistas de atletismo y las quejas por parte de los usuarios del cierre durante casi un mes (entre este evento y los conciertos de Ferias) de las instalaciones hacían vislumbrar un paisaje, cuanto menos, nublado. Totalmente comprensibles las voces discordantes que piden que aquel césped se llene de deportistas y no de colillas y restos de vasos de plástico. Pero que la Fuente de la Niña le va como anillo al dedo al Festival Gigante también es un hecho irrefutable, y si cambia de recinto es probable que no vuelva a vivir esplendores pasados. 

El cartel también sufrió con este clima incierto. Desde hace un par de ediciones, se ha querido abrir a todo tipo de público, más allá del abonado al indie (o lo que quede de este género musical). No es algo novedoso de la cita alcarreña, pero cada vez es más acusado. Nombres como Rozalén, Sidecars o Rayden querían contentar a aquellos que no se “tragan” varias horas seguidas de conciertos, mucho menos con canciones en las que no pueden tararear la letra. Esto hizo que se notase la afluencia de público en los escenarios grandes durante sus actuaciones, y que incluso la zona VIP, que debería haber sido un remanso de paz y tranquilidad, se volviera una lata de sardinas. Además, la apuesta clara de este año ha sido menos conciertos pero de mayor duración, probablemente matando dos pájaros de un tiro y ofreciendo más tiempo a aquellos que previsiblemente moverían entradas de días y ahorrando en grupos. ¿Acierto o tiro en el pie? Pues según pregunten. 

Hablando con amigos que por primera vez han venido al Gigante, todos coinciden en lo mismo: una zona de baños no es suficiente. Y eso que este año han contratado a personal para rellenar de papel higiénico aquella zona de guerra después de los conciertos gordos de los que les hablaba anteriormente. Una, que ya tiene algunas batallas festivaleras a sus espaldas, sabe que el truco está en perderse alguna canción antes del final del concierto para poder vaciar de contenido inútil los riñones. Sin embargo, el que haya pagado por un solo concierto es lógico que no quiera perderse ni la última palmada discordante del público. Así que nos encontramos ante la pescadilla que se muerde la cola, como las sardinas de la zona VIP, y un problema que tendrán que solucionar el año que viene si la organización no quiere que se forme un motín con olor a pis. 

Dicho todo esto, es necesario que escriba que me encantó que Las Veroñas abrieran el gigante con su todo su “Chichi Chachi”. Que empecé a entrar en calor con los Claim, me sorprendió para bien Rayden y canté a grito pelado “La puerta violeta” de Rozalén. Me emocioné una vez más con el final del set list de La habitación Roja y con Zahara (aunque me haya tragado el mismo concierto tres veces este año) y me partí el pecho de forma literal con Ladilla Rusa. Sentí la fuerza de Yo, Estratosférico aunque venía directa del vermú Gigante -que estuvo mucho más vacío que otros años, cosa que yo, personalmente, agradecí-. Viajé a 2502 con Second mientras asentía con la cabeza y sentí la electricidad de Carlos Sadness. Y, por supuesto, reí, boté, bailé e incluso hice malabarismos (y hubo quien hizo hasta contorsionismo con los golpes de cabeza) con los DJs de mi casa, Arrebato. Un año más, cerré la fiesta con Superframe, en una especie de ritual que espero que no acabe nunca (yo me veo octogenaria y enarbolando el tacataca al son de “Hurt”, de Johnny Cash). Y, sobre todo, me lo pasé como una enana gracias a la compañía gigante que tenía alrededor, que hacen que poco importe el cartel o que los litros cuesten el riñón que vacías muy de vez en cuando en los escasos baños. Porque lo mejor de mi comunidad es su gente, la que vive y la que la descubre de buena gana. La que hace que vuelvas al colegio con una amplia sonrisa. 

 

Feliz curso a todos. 

 

PD: Y aún nos quedan las Ferias…

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