Crónicas (incívicas) de un pueblo

 

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Arcenes sembrados de desperdicios en un entorno idílico, la subida a Villanueva de Argecilla.

Por Gloria Magro.

El perro es un ejemplar magnífico de pastor alemán o tal vez de pastor alsaciano. Me acerco confiada, su dueño conversa con un paisano mientras el animal, firmemente amarrado a su lado, nos mira amigable con sus profundos ojos oscuros. El perro olisquea mi mano y en un gesto mil veces repetido, hago amago de acariciarle la cabeza. En ese momento, retrocede, lanza un ladrido y se abalanza, llevándose mi mano izquierda entre las fauces. Por un momento pienso que la he perdido. El dueño deja la conversación y lo aparta. “No le gusta que le toquen”, me dice mientras yo recupero mi extremidad que sorprendentemente está entera aunque el dedo índice muestra la marca de los dientes. “¿Estás bien, guapa?” Me ha mordido, le digo aún incrédula por lo sucedido y con el corazón a cien por hora. “Está vacunado”, me dice mientras examina los exiguos daños. Al parecer he sido una imprudente por tocarle sin preguntar antes y pese a ello he tenido mucha suerte. Y más hubiera tenido si el espléndido animal que su dueño lleva tan alegremente este verano por el pueblo porque es muy manso y no hace nada, según dice, hubiera llevado bozal. ¿Lo paseará también sin bozal cuando regrese a la ciudad? En los pueblos todo vale, o al menos eso parece.

De aquí hasta Villanueva de Argecilla, arriba en la alcarria, hay algo más de tres kilómetros de carretera sinuosa que escala en pendiente entre monte bajo y huertas. El manantial que verte su agua a medio camino entre ambos pueblos convierte la subida en un vergel y durante el verano es un paseo ideal, muy frecuentado a primera hora de la mañana y también al atardecer. La subida a Villanueva es mi ruta favorita de running en julio y agosto: una cuesta endiablada pero siempre fresca. No suben muchos coches por aquí, Villanueva es un pueblo muy pequeño, aunque también es un atajo a la carretera principal si se quieren evitar las cuestas del castillo. Pese a la belleza del paisaje, los márgenes de la carretera están sembrados de latas de cerveza, cajetillas de tabaco y pañuelos de papel. Incluso se pueden ver botellas de refresco de litro y medio arrojadas desde algún coche en marcha. También hay escombros tirados sin control sobre la maleza. En un par de meses, cuando la vegetación veraniega sea solo un recuerdo, todos estos restos serán aún más visibles ¿Quién puede tener un comportamiento tan incívico? Tal vez los mismos que abajo en el pueblo tiran las bolsas de patatas fritas al suelo, las latas de refresco, los envoltorios de los chicles…  Todas las mañanas se ve trabajar a los empleados municipales, cepillo en ristre, y sin embargo, las calles siempre tienen desperdicios que deberían de haber ido directamente a la papelera. ¿Esta conducta se reserva solo para los pueblos en verano o nos la llevamos también de vuelta a la ciudad? Dicho de otro modo: ¿La gente tira también el envoltorio del Bollycao a la acera cuando pasea por la Gran Vía? Seguramente no.

Pasa la medianoche de un día cualquiera del mes de agosto. No se puede decir que las noches sean apacibles en el pueblo, aquí no se madruga y excepto la churrería, las tiendas abren más cerca de las diez que de las nueve de la mañana, así que se escucha a los vecinos hasta bien tarde, charlando mientras pasean al fresco. Y sin embargo, encender una traca de petardos de madrugada es demasiado incluso para los estándares de ruido locales. Al parecer es el cumpleaños de alguien y qué mejor manera de celebrarlo que con pirotecnia nocturna en el parque, justo frente a la residencia de ancianos y al anfiteatro de piedra que amplifica el sonido hasta el último rincón del pueblo. Los ancianos de la residencia, a los que se supone sordos, a buen seguro que continuaron durmiendo apaciblemente. A los vecinos y también a los numerosos perros del pueblo, nos costó recuperarnos del sobresalto. A un lado de la residencia, el cuartel de la Guardia Civil, permanecía tranquilo, una vez más. Las tracas nocturnas no parecen ser de su incumbencia. De haberse encendido en mitad de la avenida de Castilla de Guadalajara, a buen seguro que la reacción de la Benemérita hubiera sido bien distinta. Cosas de los pueblos en verano, una vez más.

Novena por la Virgen de la Soledad en la ermita. Esta Novena no está tan concurrida como las del Cristo De la Cruz a Cuestas, que darán comienzo en unos días como preludio a las fiestas parroquiales, pero hay bastante asistencia, sobre todo de señoras de cierta edad. Se podría decir que en los oficios religiosos confluyen varias generaciones del pueblo: las señoras que aún llevan falda por debajo de la rodilla, zapato cómodo y plano y blusa recatada, y las que ya llevan pantalón y un poco más de actualidad en la vestimenta. Los peinados son similares, fruto de las dos peluquerías del pueblo; los rulos y permanentes rematan todas las cabezas femeninas. Poca disidencia en la indumentaria se ve aquí: la gente joven no se acerca a la celebración religiosa de cada tarde y menos aún a rezar el rosario, que es el rito anterior. El cura, uno de los varios que tienen a su cargo los pueblos de la comarca, sermonea a la concurrencia con un discurso de un nivel intelectual muy por encima del de sus parroquianos. Habla de Santa Mónica, la santa del día y deja caer que el tema de mañana será San Agustín, el hijo de la santa. El pasaje de las Escrituras elegido para hoy también tiene su enjundia y daría para más de una discusión sobre e papel de la mujer hoy en la sociedad y en la Iglesia católica. Pero no va a suceder, nadie se queda a discutir con el celebrante los matices y el fondo del sermón de hoy. No puedo dejar de pensar que  somos muy afortunados por tenerle con nosotros. Don X es una persona muy culta, domina las lenguas clásicas e incluso el árabe. Teniendo en cuenta que la población marroquí que hay aquí asentada habla un dialecto muy inferior, el rifeño, podríamos decir que tenemos un cura muy por encima de nuestras posibilidades y seguramente muy desaprovechado. Pienso que los designios del Señor son intrincados. O tal vez lo sean los del Obispado o que tal vez sea una cuestión de estética porque si fuera por ética y contenido, nuestro Don X debería haber sido llamado hace ya mucho tiempo para más altos designios. Cosas de pueblo, incomprensibles una vez más.

El desvencijado tractor John Deere sube arriba y abajo cada día, de hecho lo hace varias veces cada día, dejando a su paso ya no solo un ruido ensordecedor, sino vapores tóxicos que tardan en disiparse. Ya no entran los rebaños al pueblo, no los hay, ni se permiten industrias contaminantes más allá de nuestro exiguo polígono industrial. El dueño del tractor, sin embargo, se cree con derecho a contaminarnos cada vez que baja a por el pan, a tomar una cerveza, a lo que sea que le haga desplazarse. Resulta tiene un carnet de conducir sin caducidad, expedido allá en el franquismo y que el tractor, una antigualla desvencijada, está exento de pasar las pruebas de humos. Me consume la impotencia. El hombre, de edad más que avanzada, aduce que no tiene otro medio de locomoción que el John Deere así que mientras pueda encaramarse a él, le tendremos circulando por el pueblo. El día menos pensado atropella a alguien. Se me ocurren mil incidentes posibles y parece que a los responsables municipales también pero me cuentan que nada pueden hacer. ¿Seríamos tan laxos si esto sucediera en la ciudad? ¿Alguien imagina un tractor circulando a diario por Guadalajara, arriba y abajo, con un octogenario encima? Cosas de pueblo; una vez más, una realidad al margen de toda norma.

Tarde de moras por el río Henares. Los regadíos convierten las antaño raquíticas zarzas de secano en arbustos del Edén repletos de jugosos frutos prácticamente al alcance de quien se tome la molestia de bajar a buscarlos. No son muy apreciadas las moras por estos lares y sin embargo, en conserva, aseguran la reserva anual de mermelada. Cada año, ir a coger moras es la actividad que marca el final del veraneo en el pueblo. Lo sería también la recogida de ciruelas y melocotones pero se los comen antes los corzos, que aquí son una plaga. Pese a ello, cuando una mamá corzo y sus dos crías saltan ante nosotros y se internan en el maizal, la estampa es bella y conmovedora. Al fondo, al otro lado del río, braman los toros de la ganadería de reses bravas. ¿Serán conscientes de su destino? Durante todo el verano, las sacas de vacas y toros para abastecer los festejos de tercera categoría de los pueblos de la comarca son una constante. Pobres animales. Esta semana son las Fiestas Patronales y muchos urbanitas  pierden la urbanidad y se asalvajan persiguiendo a los astados por las calles y por el campo. Lo que pasa en los pueblos, se queda en los pueblos, aunque la impunidad cada vez es menor desde que existen las redes sociales.

La vida en los pueblos tiene sus peculiaridades y más en estos meses estivales. Ahí englobamos conductas difíciles de justificar y de entender en otro contexto. Todo lo admitimos como válido y efímero en ese paréntesis que es el verano que ya se acaba.

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