Lo bueno de Taburete

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El cantante de Taburete, Willy Bárcenas. // Foto: CMM

Por Patricia Biosca

Eran las 16.30 y volvía a casa del trabajo. En la calle Francisco Aritmendi (figura del deporte español nacido en Málaga del Fresno que bien merece una entrada aparte) un sol de justicia cae sobre el asfalto, recién pintado y que da sensación de circuito de carreras. No hay nadie, ni siquiera se vislumbra una cola de algún gato de las decenas de felinos asalvajados que campan a sus anchas por el barrio. Al cruzar delante de la puerta de las pistas de la Fuente de la Niña, de repente el movimiento llama mi atención: son cuatro personas sentadas delante de los hierros de la entrada. “¿Qué hace esta gente ahí?” es la primera pregunta que cruza mi cabeza. Se trata de tres recién llegadas a la adolescencia -quizá alguna aún la mira desde el final de su infancia- y una mujer adulta. Están esperando para el concierto de Taburete. 

Inmediatamente después de ver esta escena pienso en lo que me parece una incongruencia: las letras de Willy Bárcenas (dejemos de lado quién es su padre y por qué está en la cárcel, ya que su progenitor, de momento, no canta sobre los escenarios) hablan de drogas (una de las más famosas del conjunto se llama “Madame Ayahuasca”), de sexo, de alcohol y de otras metáforas que lo mismo les vienen grandes a chavalas de 14 años. En este momento inicial pienso también en esa mujer, seguramente la madre de una de ellas (o de todas), quien probablemente no sepa que sus hijas tararean cosas como “mi sobredosis siempre serán tus piernas que beben del metal que hay en tus venas” o “bebiendo tequila de cualquier vaso” -ésta última frase me hace pensar en los estragos  que causó la mononucleosis en mi generación adolescente por compartir litros de calimocho y cerveza… Cuídense de este mal, púberes del presente-. 

Una vez pasada la sensación de escándalo de señora mayor, me intento poner en su situación: nosotros cantábamos con tremenda soltura e inconsciencia aquello de “quiero montarme en tu velero y hacernos eso ¡ay, ay, ay!” coreado por unas semidesnudos y combinados por el mismo color La Fiesta; o tarareábamos casi desquiciados “agua al matón, matarile al maricón” de Molotov. Y nuestros padres no eran mejores: no hay canción de Georgie Dann que no fuese la expresión cantada de los chistes de Arévalo, recogiendo una chusca sensualidad – “si juntamos cachete con cachete, pechito con pechito y ombligo con ombligo”-; el racismo – “mami, el negro está rabioso”-; la impotencia sexual y el racismo -con un “brillante” dos por uno en la otra popular canción del negro: “Esta en la cama y ni un dedo se le mueve, el negro no puede, el negro no puede. Y aunque la negra pone todo lo que tiene, el negro no puede, no puede dormir”. Toma giro de guion final del pillo de Dann-. 

Ni siquiera nuestros abuelos se salvaban: yo llevo a fuego grabada aquella frase de “me voy a hacer un rosario con tus dientes de marfil para que pueda rezarlo cuando esté lejos de ti”. La amenaza de Juanito Valderrama se ha colocado entre mis peores pesadillas, aunque mi abuela lo cantara con una devoción que ni siquiera yo llegué a sentir por los Backstreet Boys, que decían que me llevarían al baile de graduación, me invitarían a ponche y me querrían para siempre. 

Y en ese momento en el que rememoro mi adolescencia “superpopera” (sí, yo fui una de las afortunadas poseedoras del anillo que mostraba tu estado de ánimo cambiando de color)me viene a la cabeza mi primer concierto (de verdad, no de verbena). Auditorio antiguo -esta trampa mortal-, seis de la tarde, una cola de unas quince niñas esperábamos a los de El Canto del Loco, que por aquel entonces cantaban cosas tan profundas como “y si el miedo me coge y me mata / Y si el miedo me arrastra hasta el sitio en el que no quiero estar / Y si el miedo me engancha solo te pido que nunca me dejes de hablar” -siempre me asaltaba una duda: si el señor miedo te asesina, ¿cómo quieres que hable contigo? ¿por la Ouija? Perdón, ida de olla-. Mis amigas y yo entramos a aquel lugar de hormigón y aristas diseñadas para que ocurriera una catástrofe y nos colamos en las primeras filas, a lo loco. Al terminar, estuve esperando en la salida del escenario a que partiesen los del grupo, pero una, que tenía unos padres conservadores de la hora y aún no contaba ni con móvil, se volvió a casa a la hora marcada, dejando el recado a las secuaces a las que sí permitían un horario ampliado, quienes se encargaron de que el cantante -o eso me dijeron- garabatease un “Dani” sobre la entrada que aún conservo en algún lugar plastificada. 

Después de aquella noche, que aún recuerdo con un cariño y seguramente una adoración que me lleva a idolatrarla, le cogí el tranquillo a la música en directo, a los bailes libres y desacompasados que se pegan como un chicle por todo el público entregado, a chillar a grito pelado canciones que has escuchado una y mil veces salir de un altavoz, a encontrar mágicos acordes nuevos que te descubran otras melodías que jamás habías oído. Nunca me he comprado otro disco de El Canto del Loco ni he vuelto a ningún concierto suyo. Su música me repele, da igual que sea en conjunto o por separado. Y aún así, les debo uno de mis mayores “vicios”, los conciertos. 

Entonces vi a aquellas chicas de nuevo a las 17.15. Seguían en el mismo lugar, nerviosas, riendo sentadas en el suelo, al sol. Se me escapó una sonrisa. Quién sabe si en la próxima cola de un festival me las encuentro y acabamos todas en el mismo lugar, hablando de Taburete. O de El Canto del Loco. O de The Cure. O cantando “La barbacoa”, de Georgie Dann. 

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