“Comenting” de Ferias

Ferias y Fiestas 2018, concentración de peñas y chupinazo

Ferias y Fiestas 2018, concentración de peñas y chupinazo. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Por Patricia Biosca 

Ahora sí que sí: es el final del verano, que cantaban los del Dúo Dinámico. Terminadas las Ferias y Fiestas de Guadalajara se acaban oficialmente las vacaciones (aunque mi amiga Laura ponga la fecha antes). Ahora toca mirar hacia delante al fresquito otoño (si el cambio climático lo quiere así), a la vuelta del edredón y del pijama largo, a la rutina del curso o del trabajo, a las noches más largas y al abrigo por las mañanas… Pero ¡paren las rotativas! Antes tocará el consabido “comenting” -término acuñado en mi grupo que hace referencia a la tertulia que se produce justo después de un acontecimiento digno de admirar y comentar- de las últimas Ferias 2019, ¿no? Que para política ya tendremos el resto del año… 

Puede que esta abuela cebolleta que antes no se perdía un encierro, un toro de fuego o una verbena -las corridas de toros nunca fueron del agrado de esta alegre y humilde plumilla- ya no esté presente en los pilares de la fiesta, un modelo que se repite desde que tengo uso de razón. Pero, al final, todo hijo de vecino que vive en la ciudad acaba sucumbiendo al influjo del alboroto en la calle, del botellón pasada la treintena, de los conciertos adolescentes, de los reencuentros inesperados o encuentros por primera vez, del reflujo y la resaca al día siguiente. A pesar de que el ambiente se vive ya desde el fin de semana de antes, las carrozas son la campana que hace despertar la festividad en honor a la Virgen de la Antigua -que hay quien la venera más que los sevillanos a la Macarena-. Si el año pasado disfrutamos de unos dioses del Olimpo en horas bajas y con bien de talco, esta edición la cosa ha ido algo mejor con el paseo por la Historia del mundo occidental. Bien es cierto que el mismo desfile se podría haber hecho en Guadalajara, Zamora, París o Londres, ya que de autóctono lo único que tenía eran los nombres de las empresas que financiaban algunas de las carrozas -en algunos casos, ni eso-. Pero entretener, entretuvo. Las carrozas no parecían recicladas de otros eventos -salvo los romanos, que nos los encontramos también en Navidades y fiestas de guardar- y las coreografías de las distintas eras animaban al público fiel anual. 

El mismo que inexplicablemente mira año tras año el desfile de peñas, en el que las camisetas de colores y los pantalones de pintor desfilan calle arriba y calle abajo al ritmo de las charangas y los efluvios alcohólicos. Menos mal que cada vez son más los que piensan en el gentío y se disfrazan para darle algo de sentido a la maratón peñista que se exhibe el lunes de ferias. (Nótese aquí mi rechazo ante esta actividad de ferias. Más abuela, más hater). 

Pero si ha habido una protagonista este año esa ha sido, sin lugar a dudas, la lluvia. Se ha dejado sentir en casi todas las citas del extenso programa, dejando a los participantes como Nikki Lauda “cuando ganaba y cuando perdía” según le imita Joaquín Reyes en La Hora Chanante. Es decir, con momentos de aguda tristeza y otros de esperanza infinita que apenas se dirimían en segundos. Las más afortunadas fueron las actividades musicales: a pesar del nombre, a Marea no le cayeron más que cuatro gotas, y los allí presentes pudimos ver a un Kutxi ya de vuelta de todo que lo mismo te hacía un calvo -del culo, que aún parece que tiene pelo en la cabeza, si bien el eterno sombrero hace dudar- que te espetaba que se “iba a cagar”, dejando en las voces a su compinche “El Piñas”. 

Con un regusto siempre de que era el último trago, el último pase y quizá su última bocanada de aire -desde luego, si sigue fumando a ese ritmo lo va a tener complicado-, el cantante de Marea y su grupo nos transportaron -sobre todo al final, porque la mayoría eran canciones del disco nuevo y a una señora como yo nos gusta lo arcaico, el Internet Explorer de antes, el sonido del router conjurando su melodía y “El perro verde” de Marea- a nuestra adolescencia quince años atrás, en la que arrastrábamos los vaqueros, calzábamos zapatillas anchas y muñequeras de dudoso olor a rancio. Igual que el Crisis Rock, ese que ya no se celebra en la trampa mortal llamada “Auditorio antiguo” ahora convertida en parque (“No te lo perdonaré jamás, Antonio Román. Jamás”), pero que ha resucitado desde hace unas ferias en San Roque para gusto de nosotros, los nostálgicos que salíamos por Bardales hace década y media. 

Lo mismo ocurrió con Melendi, a quien también le perdonó la lluvia para mostrar su repertorio rehabilitado, en el que no habla de fumar canutos o traficar, sino que canta reguetón en algo que se quiere parecer a una canción feminista en una “fiesta que es global” (sí, paro ya, que se me está volviendo a ver el plumero de odiadora indiscriminada). El caso es que no llenó tanto como Marea, que incluso con el concierto empezado y amenaza de lluvias tuvo al público llegando en tropel, pero tampoco le salió mal la jugada al atemperado asturiano ahora más cerca de Mocedades que de Los Chichos. 

A quien sí le dolieron las gotas de lluvia fue a las corridas: solo la mitad de los festejos taurinos en la plaza se pudieron llevar a cabo debido bien porque diluviaba o porque la plaza de Las Cruces parecía el escenario de la película en la que Indiana Jones casi no lo cuenta por culpa de las arenas movedizas. He visto cierta polémica por ahí sobre si otros años se habían puesto lonas o que si los toros se matan a pesar de no ser toreados. Una, como los organizadores, prefiere no meterse en esos barrizales y suspender el comentario, no sea que luego caigan chubascos. 

Y a pesar de que el domingo cayó la del diluvio universal -los animales del minizoo andaban haciendo parejas, por si las moscas-, los míticos, típicos y repetitivos fuegos artificiales, señal del final inequívoco de las ferias, salieron a explotar en el aire. Solo los más arriesgados -incluidos los caracoles que campaban a sus anchas por las aceras buscando a su pareja romántica, ajenos al folclore que se les venía encima- pudieron escuchar el espectáculo, que además de luz tenía sonido. Los cohetes no bailaban porque sí, sino al son de canciones épicas de Coldplay -que nunca falten los fuegos artificiales mezclados con la banda de Chris Martin-, Mamas and The Papas y su “California dreaming” -que hubiese estado sublime cambiarla por una versión que dijera “Alcarria dreaming” y hablase del trasvase- o uno de los hits de la triunfita Aitana, “Vas a quedarte” -que ya significó la fantasía total, aunque si las ferias se alargan más es posible que el servicio de Nefrología del Hospital se colapse-. 

Feliz fin del verano. Welcome to the jungle.  

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