Emergencia femenina, por tod@s

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Plaza de Santo Domingo, concentración con velas. Foto: L.V.P.

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Por Gloria Magro.

Elvira vive en el último piso del edificio. En la puerta del portal está aún la esquela que coloca la funeraria cuando fallece algún vecino. Pocos de ellos han acudido al sepelio. Elvira está muy entera, rejuvenecida por los kilos perdidos durante estos últimos meses de enfermedad de su marido. No se ha movido de su lado, cuenta que la agonía ha sido larga y penosa: los servicios paliativos han dejado mucho que desear y su marido ha fallecido en casa entre dolores atroces que han durado días. Los vecinos ponen cara de pena y la acompañan en el sentimiento, le dicen lo buena que ha sido con él durante estos años. Después, cuando se despiden, se les pinta en la cara un gesto de satisfacción indisimulada. Un cabrón menos. Es lo mismo que se comenta en cada piso del inmueble desde que se conoció la noticia.

Elvira tal vez no se llame así, tal vez no viva en una localidad en crecimiento del corredor del Henares y tal vez no sea cierto que durante años y años los vecinos escuchaban el maltrato al que aquel tipejo enquencle sometía a su pobre mujer, una víctima voluntaria de aquella situación y que nunca dio el paso de divorciarse pese a contar con buenos amigos que la apoyaban. En los años de plomo del maltrato, cuando no era tan fácil ni existía la conciencia pública que hay ahora, la tolerancia cero actual, Elvira hubiera podido dar el paso de dejarle, pero nunca lo hizo. Ni siquiera cuando su maltratador la sacó por la ventana con intención manifiesta de tirarla por la terraza y los gritos alertaron a los vecinos, que impidieron aquella atrocidad. Tampoco entonces. Ni cuando el muy respetable funcionario, encantador vecino de rellano por otro lado, le traía prostitutas a casa, además de se a sus amigotes en noches interminables de whisky y poker.

Cuantos años de penurias también económicas, porque otro de los frentes que le abría aquel elemento era el de no darle suficiente dinero para el sustento de la casa. La prohibición de ver a su propia familia, la obligación de atender a la suegra, siempre allí presente… Durante años la situación de Elvira era la comidilla del inmueble. Todos sabían lo que ocurría en aquella casa pero nadie hacía nada. Eran cosas de puertas para adentro, asuntos familiares, de esa familia. La única muestra de reprobación pública era negar el saludo al maltratador, no compartir ascensor con él. El oprobio privado y la censura silenciosa. Y poco más.

Con el paso de los años la situación en casa de Elvira se suavizó. Los niños al parecer nunca fueron la víctima propicia, el maltratador se contentaba con ensañarse con su mujer. Pero el tiempo y la enfermedad debieron acabar con aquellas situaciones. Ambos continuaron compartiendo domicilio, Elvira siguió cocinando para su marido, lavando, planchando… la vida en común se cronificó. Los hijos volaron del nido y allí quedaron ambos. Y luego llegó la enfermedad, el cáncer que se prolongó durante años sin que terminara de acabar con él. Y su mujer ahí al lado de principio a fin, en lo malo y en lo más malo, porque Elvira nunca tuvo un momento de verdadera paz.

Cuantas historias como ésta habrá por ahí, cuantas Elviras pacientes y sufridas, abnegadas esposas hasta el último aliento. Y cuanto hijo de puta que después de machacar a sus mujeres toda la vida mueren en su cama rodeados de la familia, con la esposa sosteniéndoles la mano mientras dan el último suspiro. Qué habrá dicho el cura en el funeral y no solo en este caso, sino en otros muchos parecidos. Tendrían que asegurar a la concurrencia que estos sujetos van directos al al infierno y que no habrá perdón eterno para los malvados.

Es fácil imaginarse a Elvira atendiendo a su marido esos últimos días, peleando con los de paliativos por una dosis mayor de morfina que le evitase el dolor, colocándole las almohadas, intentando que comiese o manejando la sonda, tan molesta. La misma Elvira que estuvo a un paso del abismo aquella vez que él intentó tirarla por la terraza, la que atendía a las putas en su casa, en su cama… la misma que ahora llora de verdad a su marido muerto de un cáncer horrible. Y pese a todo, es una mujer afortunada, ha sobrevivido a su maltratador. Otras no pueden decir lo mismo. La última, esta misma semana en Madrid, apuñalada por su marido delante de sus dos hijos pequeños.

Sólo en lo que va de año han fallecido 74 mujeres a manos de hombres. Desde que se hacen estas estadísticas, en 2010 y hasta hoy mismo, han sido asesinadas 1.064 mujeres, víctimas de la violencia machista. Estamos ante una auténtica emergencia femenina. Por este motivo, ayer viernes los ciudadan@s de toda Guadalajara, al igual que l@s de toda España, se concentraron una vez más en repulsa por esta violencia que no cesa y que tiene género por mucho que algunos nieguen la evidencia.

La iniciativa en esta ocasión partía de la Plataforma Feminista de Alicante que considera que los casos de feminicidio que se vienen sucediendo con una periodicidad cada vez más corta han dado lugar a una situación de emergencia difícil de seguir tolerando. Asesinatos, parricidios, trata, pederastia, desapariciones, manadas… la violencia contra las mujeres no da tregua y el verano pasado ha sido especialmente cruel y sangriento. La espiral no parece tener fin y los informativos vomitan a diario noticias truculentas donde a víctima es la mujer y también en muchos casos los hijos. “Las mujeres somos empujadas a vivir con el terror. No podemos esperar al 25N, no podemos empezar un nuevo curso escolar, no podemos volver a la rutina como si nada hubiera pasado -señalan desde la Plataforma-. Es urgente y necesario demostrar que el movimiento feminista está siempre presente, y dar respuesta contundente ante los hechos que nos han aterrado en lo que llevamos de verano”. 

La respuesta femenina propuesta desde Alicante y a la que se ha sumado la Consejería de Igualdad de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha son las palabras, la adhesión al manifiesto propuesto por la Plataforma y la visibilidad mediante la iluminación de los edificios públicos en color violeta. “Todas juntas, con farolillos, linternas, móviles, velas… salgamos y dejemos que el feminismo inunde las calles, que nos vean, que sepan que no tenemos miedo”, rezaba la convocatoria difundida desde esta plataforma. Guadalajara respondió a la llamada y se anoche se tiñó de violeta. El Ayuntamiento, el edificio de la Junta de Comunidades, el palacio de la Diputación Provincial, incluso el castillo Parador en Sigüenza se vistieron con los colores de la alarma feminista. Y en la calle se manifestaron tod@s en repulsa, en apoyo, con velas. Un grito silencioso una vez más aunque ya sabemos que no será la última. 

emergenciafeminista@gmail.com

Facebook: emergencia feminista

@emergenciafem

#EmergenciaFeminista

#nochevioleta

 

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