El canguelo

Por David Sierra

De repente nos ha entrado el canguelo. Las lluvias y las inundaciones que la pasada semana abrieron telediarios y protagonizaron el epicentro de los debates periodísticos nos ha puesto con la mosca detrás de la oreja. Que lo que veíamos alejado en la distancia como sucesos para completar el ‘parte’, ahora ocupa portadas a fuerza de ser testigos directos de la voracidad con la que la naturaleza se ceba cuando no la protegemos. Las cosechas se van al traste, por sufrir demasiada sed, o bien por sobrehidratarse. Los veranos se convierten en infiernos y los inviernos a duras penas desaparecen tal como los conocíamos. A golpe de temporal el planeta se manifiesta. Y pide ayuda.

Landscape of meadow field with the changing environment

Decía que, de repente, nos ha entrado el canguelo. Nunca antes una cumbre de la ONU sobre el medio ambiente había tenido tanta importancia. El cambio climático, que aún hoy algunos se esfuerzan por rechazar, o mejor dicho, sus consecuencias se han puesto en los ojos de los líderes políticos que componen esta organización mundial, conscientes de que es necesario actuar ya si queremos que la Tierra siga ejerciendo como nuestro hábitat.

Aunque las decisiones y los acuerdos que de allí salgan serán papel mojado, el canguelo en la población sí que puede tener efectos. De hecho, es cada vez más notoria la concentración de manifestaciones públicas demandando una mayor implicación en las políticas para el cuidado del medio ambiente y el entorno que nos rodea. Y aunque no podemos esperar medidas extraordinarias como serían la reducción de los materiales plásticos, la eliminación del transporte marítimo de mercancías en buques movidos por combustibles contaminantes o la supresión de los ensayos armamentísticos, entre otras, lo cierto es que a escala local el mensaje, poquito a poco ha ido calando. Que las grandes ciudades apuesten por restringir sus centros al tráfico rodado es un claro ejemplo. Y que aquellos que lo rechazan no consigan sus propósitos es la evidencia de que ese cambio se está produciendo.

A pesar de todo, los planteamientos son aún insuficientes. Efímeros. La política, y los políticos, sufren ese canguelo que le provocan aquellos sectores que aún nutren sus cuentas bancarias con actividades en las que todavía no se han incluido acciones de responsabilidad ambiental. La amenaza del desempleo y de las recesiones económicas son losas tan pesadas que impiden la confección de legislaciones contundentes contras las agresiones al medio ambiente. Y las aristas son tantas, que sin una concienciación colectiva clara y determinada será complicado alcanzar esas transformaciones.

Así con todo, de cara a la galería cualquier iniciativa es válida para atraer al ciudadano. Con una de cal y dos de arena. Con presentaciones de programas insulsos sobre eficiencia energética en edificios públicos. O con bonificaciones en impuestos que nunca serán tan suculentas como para tenerlas en cuenta a la hora de considerar ese beneficio. Que se congratulen, porque una ciudad como Guadalajara apenas pueda ofrecer a sus vecinos un par de puntos de recarga para vehículos eléctricos. Políticas de polvo y paja. De postureo en rueda de prensa.

Lejos queda una apuesta por la innovación en las decisiones de conservación del medio ambiente y del entorno. Siguen vigentes los sistemas anticuados para la limpieza de vías y calles y la recogida y selección de residuos donde las dificultades para el ciudadano no han disminuido, sino que, por el contrario, se han incrementado. La odisea de deshacerse del plástico por ese agujero es todo un desafío. Queda en el aire una apuesta por el transporte amable y por una confección de ciudad más cercana en las distancias donde la concentración de organismos e instituciones sirva para que las visitas se puedan hacer en calzado. Ni se mencionan incentivos para aquellas empresas cuyos esfuerzos se centran en mejorar nuestro entorno; ni se presentan programas educativos que puedan fomentar y concienciar a vecinos y escolares de aquellas conductas más acordes con el nuevo paradigma. El urbanismo continua encasillado en modelos de desarrollo caducos con planificaciones enmascaradas sin oficio pero con beneficio.

El canguelo se aleja en la desmemoria del tiempo. Hasta la próxima inundación o el siguiente incendio. Hasta que la muerte vuelva a convertirse en una cuestión de azar, de estar en el lugar y en el momento en ese juego que el ser humano se ha propuesto, el de retar a la naturaleza con sus propios elementos.

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