Lo que nos queda de aquellos bizarros años

8_0f6242d6d9

Ramón García con una concursante de “El grand prix”, el programa de los noventa en los que participaban diferentes pueblos de España. // Foto: RTVE.es

Por Patricia Biosca

Siempre digo -no sin producir alboroto a mi alrededor- que parte de mi educación -o falta de ella- se la debo a la televisión de los 90. Y si algún tipo de programa era el rey de aquella fanfarria de cardados, hombreras y lentejuelas esos eran los concursos. Los había de todo tipo y género. Aún recuerdo cómo “El Fleki” rapaba sin miramiento a los concursantes de “El Gran juego de la Oca”; cómo los pueblos desfilaban vestidos de sumo por una cinta transportadora en “El grand prix”; las bofetadas de las bailarinas del inefable “Uno para todas”; o cómo los esposos recién casados accedían a tirarse a una piscina con el traje de novios, el velo y el cancán por un viaje de bodas en “Luna de Miel” a la voz de Mayra Gómez Kemp. Quizá por ello un mariposeo -aún no sé si bueno o malo- se instala en mis vísceras cuando descubro que aquella esencia bizarra aún permanece en lo más profundo de nuestro ADN, en forma de concursos de pueblo que intentan aferrarse con más o menos acierto a lo que llaman “tradición”. Y esta ha debido ser mi semana de suerte, porque esa sensación de placer culpable no me ha ocurrido una vez, sino dos. 

La primera vez ha sido con el original concurso de imitadores de ciervos en berrea a capela de Orea. La mera descripción, sin adjetivos ni adornos ya es fantasía. Para este evento no hay límite de edad o condición más allá de “tener una garganta con salud”, anuncian sus organizadores. Los mismos que, capitaneados por su incombustible alcaldesa, Marta Corella, han conseguido este año que el siempre polémico Frank de la Jungla haya probado suerte -cámaras y zuecos siempre mediante, por supuesto-, o que el propio Carlos Herrera, al que le encanta hablar de pedos a primera hora de la mañana, vaya a realizar un especial del evento en los próximos días. La dinámica, sencilla: los participantes se esconden detrás de un biombo y muestran sus dotes de berreo a las bravas, sin autotune ni nada, como los cantantes de “Lluvia de estrellas” pero con la carencia del humo y los disfraces -ahí lo dejo de idea para la próxima-. Después, el público aplaude. El que se lleve la ovación más fuerte es el ganador. 

La cuarta edición de este simpar concurso que, al menos, ha servido para poner a Orea en titulares más allá de los provinciales, ha tenido como ganador al simpático de Gonzalo, un conquense que se declara amante de la naturaleza y que se llevó un jamón, una cesta de productos de la tierra de la asociación de mujeres “Del bosque a tu casa” y el título de mejor berreador del planeta Tierra, porque no creo que haya dos fiestas como esta. 

Las que sí que se repiten aún, si bien cada vez con menos frecuencia, son las galas de reinas de las fiestas -los reyes son escasos o imposibles de encontrar, eso solo en las películas americanas, que aquí puede sonar a poca hombría y por ahí no se puede pasar-. Es el caso del concurso “Reina de La Mancha”, que se celebra religiosamente a principios de septiembre desde hace 51 años -chupaos esa, Jordi Hurtado y “Saber y ganar”- en el municipio toledano de Miguel Esteban. Como su propio nombre indica, se trata de encontrar a la moza más guapa de entre todas las reinas de la comarca manchega -no, tranquilos, Guadalajara no participa; es más, ni nos nombran en la presentación del alcalde-. 

La película lleva igual cinco décadas: chavalas coronadas en sus pueblos como reinas de las fiestas se visten con trajes de boda largos, desfilan de la mano de acompañantes varones -que van desde padres, hermanos y novios hasta los concejales de Deporte del municipio que representen- que las dejan en manos de los llamados “galanes” -no me lo invento, salen dentro del organigrama de la organización-, que las acompañan a sus sillas, donde se muestran con una sonrisa y sin hablar al público de la plaza del pueblo.

Según reza en la convocatoria, los méritos son la elegancia y la simpatía de la chica en cuestión durante el concurso, que dura dos horas y en la que también se incluye el pregón de las fiestas grandes de Miguel Esteban. Además, también se valora el vestido, que es algo que dice mucho de su personalidad y su valía como persona, supongo. El vídeo de la gala completa está en internet, por lo que le eché un vistazo rápido: esperaba encontrarme chicas cantando, bailando o haciendo equilibrismos con platos como había visto en el cine -perdón, nunca he estado muy familiarizada con los concursos de belleza-, pero nada de eso. Solo sonrisas, bien de laca y colores cóctail. No hablan ni cuando se les da el premio que, por cierto, optan a tres: Reina de La Mancha, Primera dama de honor y Segunda dama de honor -en su página web cuentan la anécdota de que en 2015 se produjo un empate histórico y hubo tres damas de honor-. 

Los organizadores aseguran que se trata de una “interesante mezcla de espectáculo moderno y cultura tradicional”, y el alcalde del municipio toledano quiso volver a recalcarlo junto con la alabanza y el reconocimiento que este tipo de concursos llevan a cabo de la imagen de la mujer manchega. Es, en palabras de la organización a través de su página, “una oportunidad magnífica para poner en común lo que mejor identifica a esos pueblos de La Mancha, mundos sencillos en pequeño, de raíces vivas y profundas, coronados de sueños y molinos” -nótese el toque cervantino-. El premio que gana la reina es un maravilloso y cosmopolita viaje a Mallorca con todos los gastos pagados -intuyo que el galardón sigue intacto desde que se creara en 1969-. 

No me queda muy claro si la intención es alabar a las féminas de La Mancha que visten siempre con trajes de noche y no hablan ni para pedir el pan -a cambio siempre un galán les dará la mano para subir un par de escaleras, que eso siempre queda vistoso- o es que me estoy perdiendo un significado oculto cegada por los movimientos feministas, la conciencia de la cosificación de la mujer durante siglos, el #metoo y toda esa vaina que dicen ahora que nos quieren vender en la televisión. Sin embargo, a mí me tentarían a participar si se hiciese un híbrido entre berrea a capela y Reina de La Alcarria -no saben la cantidad de bodas que he tenido últimamente y habrá que dar salida a esos trajes de alguna manera-. Quizá la mella de los 90 en mí ha hecho más estrago del que pensaba. Aunque, como decía la Stacy Malibú de Lisa Simpson: “A mí no me preguntes, ¡Solo soy una chica!”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.