Cuando los nietos juegan a las tragaperras

Tragaperras-1-

Máquina tragaperra típica de los 90. // Imagen: El Independiente

Por Patricia Biosca

No me acuerdo de su nombre, solo de su figura delgada vestida de negro, encorvada, coronada por un moño blanco muy apretado. Su cara, con múltiples pliegues provocados por el paso del tiempo, se iluminaba de amarillo, rojo, azul, verde… Mientras sus ojos se clavaban en aquellas cerezas, peras, campanas y símbolos del dólar que subían y bajaban al ritmo de una musiquilla infernal. No le hacía falta mirar hacia ningún lado más, pues se sabía con memoria mecánica dónde estaban cada uno de los botones, la rendija en la que metía la gasolina para una partida más, la trampa en la que caía el botín e incluso el lugar exacto donde había posado el café o el coñac -dependiendo del día- durante un momento para volver a llevárselo a los labios. Yo la miraba obnubilada, sentada desde el alféizar de la ventana del bar, sin comprender nada. No entendía cómo aquella anciana podía estar horas y horas allí, sin apenas mover los brazos, solo esforzándose por accionar una palanca. Cuando aprendí que hay una enfermedad relacionada con el juego, la personalicé en ella. Y hasta hace muy poco la ludopatía tenía su cara. Pero ahora el juego compulsivo se ha puesto gorra, zapatillas y bótox. Ya no es cosa de la tercera edad, sino que la primera también quiere su ficha. 

Después de la fiebre de las tiendas del “Compro oro”, aparecieron unos nuevos locales que proliferaban como champiñones por doquier. Allí, al igual que en el bar, había máquinas. Pero no tenían brillantes colores -al menos no son tan vistosos-, solo tablas y tablas alineadas o cuadrados con incomprensibles códigos. Mucho más sobrias que aquellas coronadas por carteles en los que se leían “La marmita de oro”, “El dorado”, “El tesoro pirata” y prometían aventuras y riquezas sin moverte del taburete. Allí había más oscuridad y colores flúor, como si entrases al mundo de la película “Tron” a echar un vistazo. Así me sentí al menos la primera vez que franqueé la puerta de una de ellas. La sala, como de un bar de copas recién estrenado, tenía varias de aquellas máquinas de apuestas en fila. Estaba vacía salvo por el sonido de un partido de fútbol que llenaba el aire y la presencia de un chico recién llegado a la mayoría de edad -si es que había llegado- sentado delante de una de las pantallas. Ni siquiera se percató de que yo había entrado. Me senté al otro lado de aquella habitación, junto a la barra. Cuando me fijé, me percaté de que ya había visto esa mirada antes. En la anciana del moño. La teoría de la vejez se destruyó en mil pedazos. 

Me han contado acerca de chavales con los ojos inyectados en sangre diciendo “he perdido mucho dinero”. Tengo amigos muy jóvenes que confiesan que no pueden pasar por delante de uno de estos locales sin gastar dinero o que se han tirado fines de semana enteros apostando para acabar recuperando apenas lo perdido. Conozco gente que solo juega de vez en cuando, y con eso le vale. Y a mí todo esto me recuerda no solo a aquella señora, sino al coñac de su vaso. Es como si las apuestas estuviesen pugnando con el alcohol en convertirse en la nueva droga aceptada por la sociedad: un poco te hace bien, mucho te hace mal. Pero, ¿quién pone el límite? Habrá alarmistas que lo relacionen con el fin del mundo; y otros que, como Aznar, digan en voz alta “¿Quién te ha dicho a ti las copas de vino que tengo o no tengo que beber, déjame beber tranquilo” y lo justifiquen.

Constantemente nos bombardean en televisión con noticias que alertan del peligro de las casas de apuestas, de que ya no es cosa de alcohólicos, ejecutivos arruinados, ancianas. Ahora es un juego de niños. En Castilla-La Mancha hay 221 casas de apuestas, 14 en Guadalajara ciudad, entre las salas como las del chico joven del que escribía antes y los bingos en los que la edad media suele estar muy por encima de la suya. Este fin de semana se desarrolló la operación “Arcade” -nombre que, como jugadora habitual de videojuegos, me molesta sobremanera, ya que la ludopatía la relaciono con apuestas, no con aventuras gráficas. He dicho-, una macrorredada en 1.881 locales de juego de toda España. Se identificó a 28 menores y se detuvo a 4 personas, lo que a juzgar por los testimonios cercanos -no precisamente pocos-, se me antoja un número nimio. Si se buscan cifras oficiales, tampoco cuadra: el 20% de los jóvenes de entre 12 y 17 años apuesta de alguna manera. Y hay quien cifra los ludópatas en uno de cada cinco chavales. 

¿Cómo puede ocurrir? Nos preguntamos mientras nos tragamos toneladas de anuncios de famosos jugadores de fútbol de moda apostando “en la casa de los que saben apostar”, como reza uno de los eslóganes. Porque al contrario de aquella señora del moño blanco, sola ante la máquina, el vicio de estos chicos está apoyado constantemente por sus ídolos, que les miran fijamente desde el otro lado de la pantalla con actitud cómplice. Y así no hacen falta cerezas, peras, campanas ni símbolos del dólar. Ni siquiera la vergüenza de entrar en un lugar físico y que una niña te mire desde el alféizar. ¿Fin del juego?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .