Mermelada de naranjas amargas

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No hay noticias buenas estos días, el futuro se presenta apocalíptico, en clave Mad Max. Foto/EFE.

 

Por Gloria Magro. 

El proceso es lento y laborioso, mucho más de lo que yo creía cuando pregunté en casa de unos amigos si los arbolitos del patio eran naranjos de Sevilla. Y como lo eran me llevé la exigua cosecha que aún en estas fechas pendía de las ramas. Esto no tiene nada que ver con meterlo todo en la panificadora de Lidl y darle al programador. Aquí hay que entretenerse en lavar bien las naranjas, filetear la piel con delicadeza, quitar con mimo toda la parte blanca, desgajar los gajos, reservar las pepitas y luego seguir los pasos de la receta durante tres largos días. No es fácil hacer mermelada de naranjas amargas, aunque es una manera como otra cualquiera de ocupar la tarde del domingo y despejar la cabeza de todas las preocupaciones que nos atenazan. Por fin unas horas sin redes sociales, sin noticias nefastas y sin interferencias. 

Reconozco que no hay manera de desconectar. Ni viajando al otro lado del mundo cada semana, mi ocupación habitual. No hay forma de evadirse de la actualidad que nos rodea, nos envuelve y se mete por todos los vericuetos de nuestra conciencia. Ni aquí ni en Argentina: no hay paz más allá del fileteado de las cáscaras de naranja amarga para hacer mermelada. Estamos en octubre pero la cocina tiene la ventana abierta, hemos comido en el patio y con un poco de voluntad también podríamos cenar estos días al aire libre con poco más que una manga larga. El verano parece no tener fin este año.

Hace ya algunos días que una niña sueca cruzó el Atlántico para liderar la lucha de los más jóvenes por salvar in extremis un planeta enfermo del que dicen ha cruzado ya el umbral de su curación. Las críticas, inexplicables dado lo palpable de su mensaje en nuestro día a día, no se hicieron esperar. No hace falta ser un científico ni que te planten las estadísticas frente a los ojos para darse cuenta que el cambio climático se nos ha echado al final encima, por más que algunos aún lo nieguen, entre ellos el presidente del país más poderoso del mundo y un ex presidente español. Será que ellos viven en el limbo permanente del aire acondicionado, que no pisan la calle. Imposible saber que pasa por la cabeza de esos dos. Y así empieza otra calurosa y soleada semana, una más.

El lunes hubo protestas por la emergencia climática en 60 ciudades de todo el mundo. Y como parece que no puede haber manifestaciones sin tumultos, detenidos y disturbios, la televisión y la prensa nos sirvieron una ración generosa. El 7 de octubre era el día elegido por la Plataforma 2020 Rebelión por el Clima y el movimiento Extinction Rebellion Spain para llevar a cabo una acción global ciudadana y pacífica como respuesta a lo que consideran “la inacción de los gobiernos ante la extrema emergencia climática y social”. En Madrid la manifestación acabó con algunas detenciones después de que los asistentes cortaran el paseo de la Castellana. El tiempo se acaba, dicen los convocantes y lo pensamos todos: hay que pasar a la acción. Y en eso estamos, en las acciones, así que se pide que se declare de una vez la emergencia climática “pero de forma efectiva, con políticas acordes a lo marcado por la ciencia y con recursos económicos suficientes para abordarlas“. Miro al cielo y confieso que me siento apocalíptica e imagino un futuro cercano en clave Mad Max.

Será el otoño que no llega o que la falta de lluvia nos tiene a todos un poco más nerviosos de lo habitual. Mediodía en la N-II, dirección Guadalajara, llegando a Meco. El tráfico es denso, vamos charlando animadamente, la mañana ha sido provechosa. Los coches que van delante de nosotras comienzan a frenar, la vía se estrecha, hay un carril cortado. Mi amiga mira por el retrovisor central; suenan unos frenos chirriando detrás de nosotras. Yo también miro y veo que el coche que nos precede está dando bandazos, choca lateralmente contra la mediana y a continuación se incrusta en el vehículo que va en paralelo. Los dos giran y se nos vienen encima. Nosotras nos encogemos esperando el impacto que no llega. Nos hemos salvado por los pelos. Muchas mañanas al escuchar SER Guadalajara mientras desayuno, Jesús Blanco advierte de tráfico lento por accidentes como éste; esta semana mismo ha habido un choque frontal en la carretera de Fontanar.  Vamos todos muy deprisa por la vida, en un viaje que se me antoja hoy hacia ninguna parte.

No parece haber noticias buenas. Los informativos vomitan un tema tras otro, a cual peor. Ecuador se sume en el caos porque los indígenas parece que por fin se han cansado de ser pobres e invisibles, así que han decidido bajar de la sierra y plantarse en Quito. El gobierno ha entrado en pánico y se ha trasladado a la costa, fuera del alcance de los insurgentes, que se mueven a pie. La televisión muestra lo que los turistas y los que vamos por trabajo vemos allí: miseria y mucha desigualdad en un país de comunicaciones imposibles, un puro accidente geográfico. Y luego nos preguntamos que porqué recibimos tanta emigración latinoamericana. A la vista está que es mejor cantar el Cóndor de los Andes vestido de indio apache en cualquier fiesta local española, que pasar hambre como serrano harapiento esperando que la cooperación internacional supla lo que no hacen los gobernantes locales.

Seguramente los emigrantes sean parte del programa que ayer viernes vino a presentar VOX en Guadalajara. Ignoro al publicar estas líneas cuantos asistentes congregó la formación ultra. Creo haberles escuchado que no se oponen a acoger a nuestros parientes americanos, aunque tal vez se refieran a los que son blancos y llegan con la billetera llena, como los venezolanos, no a indígenas ecuatorianos. Otro que se ha paseado esta semana por Guadalajara es Albert Rivera. Vino el martes a tomar el vermut en la plaza del Ayuntamiento y ya de paso a dejar algún titular y mucha simpatía. Los candidatos siempre son simpáticos en las distancias cortas y se prodigan hasta el infinito y más allá durante las campañas. Otros, como nuestro alcalde, Alberto Rojo, pasadas ya las elecciones de largo, sigue en clave simpática y no se deja ningún acto del calendario social, político, cultural y económico de la ciudad por cubrir. Tiene el don de la ubicuidad: está en todas partes y para todo el mundo. Se está ganando a pulso a la ciudadanía. Ignoro si en su casa estarán muy contentos, no le tienen que ver el pelo, pero al menos tenemos un alcalde que se dedica por completo a la ciudad.

Me cuentan que Antonio Román era así al principio, muy simpático y omnipresente pero lo cierto es que el pluriempleo y la acumulación de cargos le hacían ser un hombre orquesta. Está por ver si dentro de algunos años Román emula a José María Bris y es querido y requerido por todo tipo de asociaciones en todo tipo de actos. Veremos. De momento Bris es el ex alcalde popular que mejores recuerdos ha dejado en la ciudad y parece que Alberto Rojo va por el mismo camino. También era simpática y agradable y estaba en todas partes Silvia Valmaña. Qué habrá hecho esta mujer para que la fulminen de semejante manera. Seguramente nada, además de recorrerse la provincia de cabo a rabo en representación de su partido. El Partido Popular vuelve por sus fueros, en este caso a presentar a un GTV, a alguien de Guadalajara de Toda la Vida, como número uno de su lista al Congreso de los Diputados. Se trata de José Ignacio Echániz, que precisamente lleva también eso, toda la vida, fuera de la política local: en concreto desde 1991.

Mientras, las próximas elecciones empiezan a quedar a la vuelta de la esquina y la crispación política en torno al Gobierno central y también, por lo que parece, en torno a los gobiernos cercanos va en aumento. Da lo mismo que las elecciones municipales dieran un resultado claro y haya cuatro largos años de estabilidad por delante asegurada por Ciudadanos, las redes tejen marañas ponzoñosas en torno a cuestiones que poco afectan en realidad a la vida de los guadalajareños. Los guadalajareños asisten a luchas entre unos y otros, a dimes y diretes alimentados por ex cargos que no parecen darse cuenta de que se juegan su nombre y su prestigio por cuestiones nimias. Unos filtran parentescos a la prensa obviando lo que han tenido en su casa durante muchas legislaturas y mientras la ciudad asiste perpleja al cierre del mercado de abastos, proyecto estrella de la anterior corporación pero que no cuaja tal y como el gobierno municipal popular lo concibió in extremis, apurando la legislatura. Otra herencia maldita es la plaza del Concejo, la obra eterna que ha terminado por revelarse como ya se preveía: otra oda al hormigón armado que no contenta ni a hosteleros ni a vecinos.

Con estos temas cercanos y con otros que nos tocan más de refilón, las redes se llenan de veneno. Imposible sustraerse a ellas, ni a las noticias alarmantes sobre el clima, las manifestaciones en Hong Kong, el Brexit… es mejor centrarse en la mermelada de naranjas amargas. Al menos por unas horas una tarde de domingo, con los dispositivos móviles apagados, en silencio…

 

 

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