Francisco Aritmendi: el campeón sin medalla

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Aritmendi con varios trofeos y una medalla que no es la del Cross de las Naciones, ya que la tuvo que vender por necesidad. // Foto: De San Bernardo-ABC

Por Patricia Biosca

El periodismo es el amor-odio de mi vida: está mal pagado en la mayoría de las ocasiones (cuando lo está), pocas veces reconocido y tristemente vilipendiado y prostituido. Pero, por otro lado, aún alucino porque me paguen por escribir historias, conocer lugares que solo podía admirar en los libros y, sobre todo, hacer preguntas que de otra forma serían impertinentes y fuera de lugar a gente que ni soñaba con conocer. Y no me refiero a famosos que salen en las revistas (aunque en algún martes de estos lo mismo les cuento cómo me vaciló el mismísimo Viggo Mortensen, que ya saben que se me hincha el ego con las batallitas de abuela cebolleta Pérez-Reverte). Sino a esas personas de las que no esperas mucho y te acaban contando la mejor de las películas en versión documental en primera persona. Y si tengo que destacar a alguien, no dudo: Francisco Aritmendi. 

Corría enero de 2014 cuando un compañero de trabajo me habló de un hombre, que “ya tenía que ser mayor” y que había sido campeón mundial de campo a través o alguna cosa similar que a mí me sonaba a saltar zarzas. Yo no tenía ni idea de qué era esa disciplina ni de qué significaba aquello, pero tras la primera búsqueda rápida en Google me pude hacer a la idea de que era más grande de lo que parecía a simple vista. Francisco Aritmendi tiene su propia entrada en Wikipedia, como los grandes. También tiene un libro titulado “Campeón” (Gatoverde Editores, 2006). Él mismo me regaló un ejemplar cuando después de conseguir el teléfono fijo de su casa -no tenía móvil-, me concedió la entrevista. También me confirmó lo que vi escrito en internet: nació el 19 de septiembre de 1938 en Málaga del Fresno, aunque su familia era de Cogolludo. Le tocó allí por empeñarse en nacer en plena Guerra Civil, y quizá así ya remarcó su carácter combativo. Aritmendi creció en la posguerra del hambre y las penurias. A pesar de ser bajito y delgadísimo (apenas llega al metro sesenta y pesaba 50 kilos), tenía un nervio que le servía para destacar en el deporte. Primero en el fútbol. Luego, después de que don Gonzalo, su profesor, le animase a participar en el campeonato provincial de Guadalajara, en el atletismo. “Y ahí le cogí gustillo a la cosa”, decía con un brillo en los ojos que aún recuerdo.

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Aritmendi proclamándose ganador del Cross de las Naciones // Foto: ABC

Poco a poco fue consiguiendo pequeñas victorias: dos campeonatos de España donde llegó a “colarse” tercero y, finalmente, su fichaje en Madrid. “Yo quería ser algo en la vida y veía que merecía la pena correr”, me contó por aquel entonces. Con 21 años, entrenaba después de trabajar con el pico y la pala. Y lo consiguió. El apodado como “el lebrel de Cogolludo” llegó a fichar por el club Arenas de Zaragoza y el Barcelona, pero seguía marcado por el estigma de la pobreza. Solo recibía el sueldo que se llevaba de limpiar el estadio que alberga sus entrenamientos. Imaginen a cualquier futbolista famoso quitándose las zapatillas y poniéndose a limpiar los palcos. Eso me decía Aritmendi con rabia en los ojos. Él fue el más grande, a la altura de Pedro Carrasco y de Bahamontes. Pero nunca fue tan conocido como ellos. 

La parte de los laureles llegaría después de ganar, contra todo pronóstico, el Cross de las Naciones a la segunda. A la primera le habían criticado su forma “alocada” de correr, lo que a él le sentó muy mal. Pero, orgulloso, se decidió a callar muchas bocas. Nadie daba un duro al año siguiente por Aritmendi, aunque él se veía entre los cinco primeros. Entrenó tanto que incluso se perdió el nacimiento de su primer hijo, por encontrarse en una carrera. Amaneció en Dublín un día lluvioso y gris, como los habituales de Lasarte, donde él entrenaba y donde conoció a su mujer, que escuchaba la historia interrumpiendo de vez en cuando para contar su mitad. Conchi es, indiscutiblemente, el bastón de apoyo y de mando de Aritmendi, la única persona que supo apaciguar el nervio del campeón. Y sujetarlo en los malos momentos, que cayeron como un jarro de agua fría después de los elogios y las palmadas en la espalda.

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Francisco Aritmendi durante la entrevista. Conchi, a la derecha, le observa atenta. // Foto: De San Bernardo-ABC

Hizo un día especial para mí”, decía con una sonrisa de oreja a oreja. Los contrincantes de Aritmendi no estaban tan acostumbrados al barro y el agua como él. Vio una oportunidad y la aprovechó. Se repetía constantemente durante la carrera que ganarla sería un antes y un después en su vida y que saldría de la pobreza que le había marcado desde el nacimiento. Espoleado por aquel sentimiento, le salió bien la jugada y se encumbró como el héroe nacional del momento, el Santana del atletismo llegaron a decir.

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Un joven Aritmendi estrecha la mano de Francisco Franco. // Foto: Francisco Aritmendi / De San Bernardo-ABC

Por el pasillo del pequeño piso de protección oficial en el que aún vive, Aritmendi enseña los cuadros con las diferentes personalidades que quisieron saludar al hombre que había conseguido la mayor proeza para España en su campo. “Para ir a ver a ese señor tenías que ser un fenómeno”, dice señalando el cuadro en el que se le podía ver con 25 años apretando la mano del mismísimo Francisco Franco. A el le pidió un piso que nunca llegó. “Hizo lo que hizo, pero fue muy importante en España”, afirma entre el orgullo y la disculpa. También recuerda lo bien que le cayó el Rey Don Juan Carlos (“muy campechano y cercano, como dicen”). Sin embargo, a partir de ahí los éxitos se espaciaban en el tiempo y una lesión termina por sentenciar su destino. La efímera fama solo trajo un espejismo del dinero con el que alguna vez soñó.

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Aritmendi junto al Rey Juan Carlos y la Reina Sofía en una recepción años después de su proeza. // Foto: Francisco Aritmendi / De San Bernardo-ABC

Conchi y Francisco decidieron entonces volver a Guadalajara, con los padres de él, en busca de un futuro estable. Llegaron haciendo autostop, porque no tenían ni para comer, mucho menos para el billete de vuelta. Aritmendi acabó descargando camiones y retirándose definitivamente del deporte antes de los 30, a pesar de que esa es la edad dorada de los atletas de esta disciplina. Achaca a una “mano negra” su caída a los infiernos, y en petit comité y con confianza suficiente, la cuenta a quien le escuche. Hay un momento en el que el fotógrafo le pide a Aritmendi que saque la medalla del Cross de las Naciones, para hacerle una foto a lo Rafa Nadal, mordiendo el oro. “No, esa no la tengo. La tuve que vender”, dice con vergüenza mientras nosotros nos quedamos estupefactos. De repente, él se justifica, como si alguien alguna vez le hubiese echado en cara que intercambiara aquel trozo de oro por un puñado de pesetas para cubrir sus

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Francisco Aritmendi durante la entrevista. // Foto: De San Bernardo-ABC

necesidades básicas. Nosotros le decimos que no tiene que darnos explicaciones, que es comprensible, pero él sigue con su retahíla, para que no quepa duda. Conserva los trofeos porque no tenían tanto valor, aunque confiesa que alguno ha corrido la misma suerte. Y eso que habla desde un sofá debajo de una estantería plagada de ellos. Es difícil imaginar cuantas copas y medallas albergó su casa alguna vez. La necesidad acaba barriendo al orgullo, aunque Aritmendi tuviera mucho. Y las lágrimas se asoman por su cara ajada tras 75 años de vida. 

En ese momento, el campeón combativo, el que ganó por sus santas narices el título mundial, aparece. “Nada han hecho por mí” o “yo al deporte no le debo nada, pero el deporte me debe mucho a mí” salen de su boca como cuchillas. Reclama una rotonda con su nombre y más reconocimiento a su figura. Alza la voz para decir que nadie se acuerda del héroe que una vez fue y es fácil de nuevo entender su rabia. 

Terminamos la entrevista y el fotógrafo y yo comentamos lo que acabamos de vivir en aquel pequeño piso del centro humilde de Guadalajara. “Vaya tipo y vaya historia. Qué suerte que  me haya tocado hacer las fotos”, me dice De San Bernardo mientras me muestra algo del material. Compruebo que, efectivamente, le han dejado impresionado los mismos puntos que a mí: los trofeos del salón, la figura de Conchi, las fotos en blanco y negro, las lágrimas del campeón. “Siento que tengo un tesoro entre las manos y mucha responsabilidad por hacer justicia con su historia”, le digo yo, tonta de mí. Lo conté como pude entonces, pero me quedaba la intrahistoria de aquel cuento real que ya quisiera Hollywood para sí. Y quién sabe si a Viggo Mortensen le interesaría el papel protagonista.

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Francisco Aritmendi

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