Flores y buñuelos de viento

Por Sonsoles Fernández Day

31 de octubre, víspera de Todos los Santos, ya está aquí otra vez el tío Sam con su Halloween, sus chuches y sus muertos vivientes. Aunque Halloween ni es originario de Estados Unidos ni es de dar sustos. Su origen es celta y se trataba de celebrar el fin del verano, el Samhain. En 1840 los inmigrantes irlandeses llevaron la All Hallow’s Eve (víspera de Todos los Santos) al otro lado del océano, y con el paso del tiempo se transformaría en Halloween. Colocaban una vela encendida dentro de una calabaza para espantar a los espíritus. Mucho después llegaron las costumbres de las fiestas de disfraces, las casas decoradas con telarañas y esqueletos y los niños llamando a las puertas con su famoso Trick or treat, que tampoco es Truco o trato, sino algo así como Broma o dulce, como una pequeña amenaza de hacer una trastada si no les dan un caramelo. Decir Truco o trato resulta bastante más peliculero y efectivo, aunque sé de más de uno que tuvo que ponerse a pensar, porque no entendía qué narices significaba aquello el día que llamaron a su puerta.

Halloween llegó a Europa con las películas de terror de serie B de los años 80. Y tantas inolvidables películas que nos metieron por los ojos las fiestas de disfraces. ¿Quién no se acuerda de E.T. caminando debajo de una sábana y de Elliot con la capucha y la cara pintada de blanco, o de Karate Kid, Daniel Laruso, metido en la ducha dentro de una cortina de lunares? Aquí hemos hecho nuestra propia versión, y en lugar de disfrazarnos de cosas divertidas para espantar a los muertos, nos disfrazamos de muertos o de algo que dé mucho miedo. Novias cadáver, zombies, enfermeras psicópatas, payasos asesinos, monjas tétricas, brujas, vampiros… Este año parece estar arrasando el mono rojo y la careta de La casa de papel, que no da tanto miedo, pero está de moda. En definitiva, lo que se celebran son fiestas de disfraces terroríficos, que empezaron como reclamo de garitos y discotecas, para ir extendiéndose poco a poco a las casas, a los colegios y a las plazas de los pueblos. Una excusa más para hacer una fiesta que se ha convertido ya en una costumbre.

¿Qué quieren que les diga? No queda otra que resignarse a las modas, pero me resulta una invasión y un asalto a la tradición. Mucha gente ni siquiera sabe pronunciarlo, ahí está Vanessa y su Feliz Juaguelín. La pobre… He leído publicidad ofreciendo un plan para el puente de Halloween. Esto más que una invasión es la destrucción total, si me permiten la exageración. Toda la vida ha sido el puente de los Santos y lo que nosotros solíamos celebrar era el día de recordar y honrar a nuestros muertos.

La tradición española en el día de Todos los Santos siempre ha sido llevar flores al cementerio y después comer en familia, que para eso el 1 de noviembre es un día festivo. Recordar a los que no están y rendir homenaje a la vida, ni más ni menos. Muchos viajan al pueblo donde están enterrados sus padres o sus abuelos y aprovechan para reunirse con el resto de la familia. Una mezcla agridulce de la añoranza y la pena con el reencuentro y la alegría. Algunas personas no soportan la tristeza de pisar un cementerio, pero dicen los psicólogos que es mejor mirar al dolor de frente para sentirnos vivos. Por eso llenamos los cementerios de color con ramos y centros de flores y después nos reunimos para una comilona, que eso es muy nuestro, y a celebrarlo, porque la vida lo merece. Ojalá los cementerios se llenen de gente, que ya sé que se puede ir cualquier otro día del año, pero si es tradición acercarnos a poner flores el 1 de noviembre, es hermoso mantenerlo y así los que no van normalmente se dan una vuelta. Y en los sitios pequeños como Guadalajara, donde siempre te encuentras con algún familiar o conocido, resulta entrañable compartir el dolor y el cariño en las típicas charlas del ‘hay que ver, cómo pasa el tiempo’.

Otra tradición bonita en Guadalajara es el Tenorio Mendocino. Comenzó en 1992, cuando un grupo de los Amigos de la Capa representaban una escena del Don Juan Tenorio de José Zorrilla la calle. Debido al éxito poco a poco se fueron organizando, y buscaron el lugar perfecto para representar cada escena, alrededor del centro histórico, especialmente en los edificios que construyó la familia Mendoza entre los siglos XV y XVI, la misma época en que se desarrolla la historia de Don Juan Tenorio. El espectáculo creció y se creó la Asociación Gentes de Guadalajara para ocuparse de este evento que se representa cada año en las noches del 31 de octubre y el 1 de noviembre. Desde el año 2011 ha sido declarada Fiesta de Interés Turístico Regional. Merece mucho la pena acercarse a verlo, porque está vivido con pasión por los participantes, todos vecinos de Guadalajara y por la magnífica escenificación, que va recorriendo algunas joyas arquitectónicas de nuestra ciudad como la Concatedral de Santa María, el Palacio de la Cotilla o el Palacio del Infantado.

Guadalajara tiene buenas pastelerías para comprar los dulces típicos de estos días, aunque se echan de menos algunas que ya cerraron. En la memoria visual y gustativa quedan aquellos pasteles más artesanales y sabrosos de locales de otra época.  Ahora toca comer huesos de santo y buñuelos de viento, cada vez más sofisticados los rellenos, eso sí.  El riesgo de comprar una bandejita de variados es que no sabes si te va a gustar menos el último que has escogido y eso puede estropearte el recuerdo rico del anterior y te tocará repetir.

 

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