Para no olvidar la diarrea

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Santiago Abascal, líder de Vox. // Foto: EFE

Por Patricia Biosca

—Papá, ¿tú a quién vas a votar?- pregunta la niña. Acaba de escuchar el telediario en la televisión y ha visto caras de gravedad hablando sobre las cifras de gente que no tiene trabajo. Lo llaman “paro”. 

—Pues a Aznar, a ver si arregla esto un poco.- Le dice su progenitor sin más explicaciones. 

—¿Son los buenos?- Vuelve a la carga la pequeña, intentando buscar la coherencia dentro de un cuento real del que aún se le escapan partes de la trama. 

—Algo así. Tú preocúpate de estudiar, que de lo demás ya nos encargamos los mayores.- Zanja el padre. 

No se vuelve a hablar de política en casa, pero aquel mensaje cala en la chavala durante años. Reproduce el escueto código transmitido por su progenitor de marcados buenos y consabidos malos a quien quiera oírla cuando se menciona el tema. Parece gente importante, aunque nadie le explica hasta dónde. Aquellos señores tienen la clave de su futuro, ese en el que solo podrá alcanzar estudios superiores porque tiene acceso a la educación pública y a las becas; en el que si se pone mala tendrá garantizado el médico; en el que podrá casarse con la persona que quiera, independientemente de su sexo; en el que no tendrá que abortar de forma clandestina, jugándose la vida; en el que su condición de mujer no será una excusa para ser menospreciada, al menos en teoría. Tampoco sabe que aquellos señores y los que vendrán después serán la razón de que esté diez años atada a puestos de becaria, sin cotizar y casi sin remuneración; de que no se pueda independizar hasta pasados los 30 no porque no quiera, sino porque no pueda; de la incertidumbre de poder ser despedida en cualquier momento por cuatro perras y sin apenas motivos; de que los bancos tengan más decisión en su futuro que ella misma. Un futuro con sus cosas buenas y malas, al fin y al cabo. 

Pero en ese momento no se lo imagina, porque nadie le ha explicado qué significó el voto de su padre y los que vendrán después y le tocarán a ella. Solo devora la televisión de los noventa, esa en la que Jesús Gil tiene su propio programa, se busca a gente perdida en “¿Quién sabe dónde?” y aparecen las “mamachicho”. No suele haber periódicos por su casa y solo se escuchan las radiofórmulas. Por supuesto, se sigue sin hablar de política, porque allí solo hay una: la que dicta el padre. A pesar de que la madre es quien manda de puertas para adentro, el liderazgo ideológico lo ostenta el padre. Y lo que dice él va a misa, que se suele decir. Y eso que sus argumentos son tan débiles como un “porque lo digo yo”.  

Por suerte, también hace caso al segundo mensaje y estudia. Y entonces conoce a gente que sí le explica los capítulos que le faltan, que de aquellos barros estos lodos, que la frontera de los bandos no existe y que solo hay gente con grandes ombligos que sabe hacer olvidar a otros que todos nacemos desnudos, llorando, y que de vez en cuando tenemos diarrea -o colitis, que dicen las abuelas-. Le enseñan la importancia del interrogante, de no dar por sentado, de leer, de pensar. Y aunque aquellos maestros inspiraron a esta chica y a unos cuantos más, otros tantos por diferentes motivos pasaron por aquellas lecciones de vida de puntillas, sin enterarse, sin asimilar que la historia es cíclica y que todo está inventado. La mayoría, de uno y otro tipo, crecieron y se convirtieron en mayores, de esos de los que hablaba su padre. El mundo les pertenecía ahora. 

Y sus hijas, cientos, miles, millones de chicas, están pasando por lo mismo. Y chicos. Ahora no ven “Hola Raffaella”, sino “El Hormiguero”. Jesús Gil está muerto -o en una isla con Elvis y Michael Jackson, según los amantes de la conspiración- y su espacio se rellena con “Gran Hermano”. Aznar de vez en cuando aparece de artista invitado, y emergen nuevas estrellas, como Santiago Abascal, Albert Rivera, Pedro Sánchez, Pablo Casado, Pablo Iglesias, Íñigo Errejón. Y las pantallas se multiplican por doquier, con aplicaciones que te enseñan una y otra vez lo mismo aunque te prometan un mundo lleno de posibilidades de mentira, sonrisas y vestidos bonitos. La palabra del algoritmo vale más que la de cualquier maestro. 

El domingo vi niños acompañando a sus padres a votar. La mayoría parecían contentos, saltaban y correteaban alrededor de los mayores. No pude evitar acordarme de la niña de los noventa y las consecuencias de aquella leve charla. Horas más tarde se desvelaba que la segunda fuerza más votada en Guadalajara fue Vox, con 31.600 personas apoyando el odio, el racismo, el machismo, la desigualdad, la intolerancia, la rabia, la mentira. Gente que votaba por un partido que apoya el trasvase Tajo-Segura sin condiciones, aunque se haya convertido en la soga al cuello de muchos de nuestros pueblos -de los que 25 localidades pusieron a Vox por delante incluso de PSOE y PP-; personas que han colocado en Guadalajara de cabeza de lista al Congreso a un tipo que define la provincia como un bonito coto de caza y al que han votado decenas de miles de guadalajareños para que defienda su tierra; un partido que se erige como el salvador de la mujer, pero que quiere rebajar la condena si el agresor está borracho cuando mata a su esposa; el mismo que quiere poner un muro entre Marruecos y España, que quiere legalizar el uso de las armas, introducir el copago sanitario, que se cobre por los abortos o que señala como objetivo principal la excelsa idea de “recuperar Gibraltar”. 

Y en este mundo de la viralidad, sus votantes dieron ejemplo al mundo entero, incluidos sus hijos, al celebrar sus éxitos, tarareando el “a por ellos” como si estuvieran inmersos en una especie de guerra. Yo solo deseo para su descendencia mucha educación, como la que recibió aquella niña de los noventa. Por eso espero que no se la carguen antes, aunque mal camino llevamos. 

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