El forastero

Por David Sierra

Vinieron de repente. Sin avisar a nadie. Con la intención de quedarse. De permanecer ocultos en un lugar seguro, lejos de la huida. El destino es el pueblo, donde nadie conoce a nadie. Se establecen de un día para otro y comienzan a imponer su ley en la que es una nueva vida. La del forastero. Esos que llegan de puntillas y acaban atormentando la paz social. Esos que ahora se abrazan al fenómeno de la despoblación en busca del reconocimiento de su proeza.

Todos los pueblos tienen alguno. Son fácilmente reconocibles. Algunas pistas se aprecian de inmediato. Expertos en derecho, siempre aluden al conocido de turno, picapleitos de pacotilla, con el único objetivo de amedrentar. Enmascaran sus intenciones en un vocabulario de toga con el único propósito de impresionar. Rememorando épocas en las que analfabetismo y ruralidad iban de una mano y en la otra la ingenuidad. Sin entender que eso ha cambiado, a pesar de que no haya apenas escuelas abiertas.

Utilizan la imposición. No sólo a través de las palabras, sino con los hechos. Y con ello, se adueñan de lo que no les pertenece. Casi siempre lo que es de todos, y que siempre es más complicado de reclamar. Lo hacen suyo. Lo anexionan a sus posesiones y son capaces de contradecir incluso la historia; esa misma que cuentan quienes pueden acreditar, por la simple suerte de la longevidad, que lo que han cometido es un fraude.

La estrategias es clara. En avanzadilla captan adeptos. Buscan en las grietas de la convivencia para posicionarse e intentar el asalto final. Controlar el espacio donde las normas se pueden cambiar; o modificar. Suelen ser dueños de su tiempo y juegan a favor de eso. Operan con frialdad mientras surge la oportunidad que la política siempre ofrece y toman al partido de turno para forjarlo en su propio beneficio. Casi siempre lo consiguen. Más aún en los pueblos donde esa política se suele hacer en forma de paracaídas.

La violencia como método de evasión cuando se sienten acorralados. Verbal, ante quienes delatan sus intereses; o física cuando la razón se impone y pone en riesgo el éxito de la operación. Aprovechan el pulso de la imparcialidad de la autoridad para ponerla a su servicio. Lo hacen una y mil veces si hiciera falta. Y convertir cualquier conflicto en un ovillo imposible de deshilachar. Profesionales de la tergiversación, se salen con la suya en cuanto su ‘enemigo’ baja la guardia. Aunque la posición de un banco no valga un puñetazo.

Enmarañan la administración. Con tretas de maletín. Apuntan con el dedo a los empleados cuando hacen su trabajo y no pasan por el aro. O se sirven de falacias para desviar la atención y ganar tiempo cuando, bajo sentencia, lo tienen todo perdido. Buscan en las cloacas de la comunicación donde encuentran siempre algún altavoz. Atentan contra el honor y ponen en entredicho la honestidad de otros, que ellos mismos anhelan.

Son pocos los que tienen la capacidad de desenmascarar a los forasteros. Y cuando lo hacen, automáticamente se ponen en riesgo. Es un proceso lento, lleno de dificultades y reveses, de agrios momentos, de alteraciones constantes del remanso de paz que prevalece en los pueblos. Hasta que el mazo de un juez dicte sentencia y eche sus argumentos por los suelos.

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