Lo primero, el refranero

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En el ámbito de la lengua castellana el refrán es por antonomasia, la paremia más representativa de la sabiduría popular.

Por Gloria Magro. 

Cualquier lector por encima de los cuarenta tiene por fuerza que haber reconocido el plagio en el titular. Lo primero, el refranero era la columna semanal en Nueva Alcarria de Ernesto Baraibar Gardoqui, un médico vitoriano destinado durante muchos años en la Residencia vieja de Guadalajara y después ya en el Hospital Nuevo. Aficionado a la Historia, ganador de multitud de premios literarios y persona de reconocida generosidad por su labor en Cruz Roja, desde los años 1960 y hasta finales de los noventa -prácticamente hasta poco antes de fallecer-, este periodista aficionado con alma de historiador nunca faltó a su cita de los viernes con los lectores alcarreños. Su tema era, como se puede adivinar, el refranero.  Y a eso mismo va dedicado hoy este artículo, a los refranes en su versión más popular, en recuerdo del refranista más reconocido de la provincia, Ernesto Baraibar Gardoqui y su alter ego, el Tío Refranes. Dichos populares de Guadalajara cortesía de los lectores, a quienes agradezco una vez más que hayan buscado en el baúl de la memoria familiar para compartirlos con todos nosotros.

Pero antes de continuar, les sugiero que lean la entrada de Nueva Alcarria que aparece en la imagen superior, correspondiente al 26 de mayo de 1979. Ahí Don Ernesto ilustraba al lector en la diferencia entre refrán, proverbio, adagio y dicho. Doy por sentado que tal distinción seguirá siendo tan válida hoy como lo era hace cuarenta años y aunque siempre está bien acotar los temas a tratar, nosotros aquí no vamos a respetar tales diferencias. No hilaremos tan fino para que tengan cabida los refranes populares y dichos tal vez ya en desuso de muchos pueblos de la provincia.

Soy hombre puñetero por usar el refranero, como dice el periodista Jesús Ramón Valero, que las considera píldoras de sabiduría popular. Y por ahí va exactamente su significado más académico. Los refranes son, según la Wikipedia, la biblia profana que todo lo abarca, una paremia tradicional de origen y uso popular y autoría anónima con intención didáctica, moral o, incluso, filosófica. Y una paremia se define como un enunciado breve, sentencioso e ingenioso que transmite un mensaje instructivo, incitando a la reflexión intelectual y moral. Así,  se considera que un refrán es un conjunto de palabras que proponen un concepto cabal, agudo, oportuno, e incluso malicioso, o bien una ocurrencia chistosa.

Los refranes se cuelan en nuestro día a día, nos facilitan comunicar una idea economizando palabras. También resultan poéticos y literarios a veces, otras un poco gruesos y faltos de refinamiento. A los refranes se les permite todo tipo de licencias amparados en la tradición oral, que les confiere bula. A buen entendedor, pocas palabras faltan… Pongamos un ejemplo. Hay pocas frases más repetidas estos días que aquel refrán o sentencia popular que dice que para este camino no hacían falta alforjas. Y todos, sin nombrarlo, sabemos que la referencia directa es la actualidad política nacional. Así, con algo tan escueto hay un entendimiento colectivo aunque luego la interpretación sea ya algo personal, ideológica. Sin entrar en más detalles, ese refrán nos facilita un punto de encuentro.

Refranes que por mil veces repetidos en familia hacemos nuestros aunque no lo sean. Ahí estaría ese Vísteme despacio que tengo prisa, que hay quien se lo atribuye a Napoleón Bonaparte pero que Yolanda Gonzalo lo pone más bien en boca de su abuela. Cuenta Noelia Santos Martín que su abuela “Isidora, de Tordelpalo, cuando perdía algo cogía un pañuelo y le ataba las esquinas diciendo San Cucufato, San Cucufato, los huevos yo te ato y hasta que no lo encuentre, no te los desato. Luego tiraba el pañuelo encima de un armario”. Cambiando huevos por cojones, el dicho era el mismo en mi casa, aunque mucho me temo yo que esta frasecilla se repite por toda la geografía nacional. Hasta Javier Krahe le dedicó una canción al santo.

Los dichos de casa no se olvidan facilmente, se perpetúan de generación en generación. “Mi madre decía muchos chascarrillos pero había uno que me hacía pensar: Hijos criaos, duelos doblaos y si los casas, multiplicaos”, cuenta Julia Segovia Molina. Marifé Cabellos dice que madre e hija caben en una misma camisa, a lo que María Gloria González Gil añade que  suegra y nuera ni en una pieza de tela entera. Sabiduría popular de la que no caduca.

La provincia de Guadalajara en sus refranes y sus coplas es un artículo de 1974 publicado en la revista Anales Seguntinos, obra de la entonces licenciada en Filosofía y Letras, Julia Sevilla Muñoz y que se puede encontrar en su versión online en la Biblioteca Virtual de Castilla-La Mancha. La autora, hoy catedrática en Traducción e Interpretación en la Universidad Complutense de Madrid, recoge la tesis de que nuestra provincia fue cuna del refranero popular en lengua castellana y para ello se remonta a los siglos XIV y XV y a la relevancia literaria de los más ilustres autores de la época: Juan Ruiz, Arcipreste de Hita –El libro del buen amor-, al Infante Don Juan Manuel –El conde Lucanor  e Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana , autor de Los refranes que dicen las viejas tras el fuego, la primer recopilación de decires populares en nuestra lengua, según Menéndez Pelayo, tal y como recoge Julia Sevilla Muñoz. Otros investigadores culturales de la provincia, como J.R. López de los Mozos también se han acercado al refranero popular de Guadalajara como manifestación literaria oral y tienen interesantes escritos al respecto.

En este y en otros muchos artículos posteriores, la profesora Sevilla Muñoz hace una recopilación extensísima y exhaustiva del refranero popular alcarreño, a la que vez que lo clasifica y data en un tiempo y un lugar. El objetivo de tan ingente trabajo lingüístico y etnográfrico era ya en 1974, “que el paso del tiempo, la creciente despoblación de nuestra provincia, el trasiego del campo a la ciudad y los cambios en la manera de vivir no releguen al olvido la sabiduría y en ciertas ocasiones, la gracia pícara de unos hombres y mujeres que vivieron, trabajaron y sintieron en estas tierras guadalajareñas”. Serían esas frases pícaras, propias de cada rincón de Guadalajara lo que da sentido al artículo de hoy.

Y pocas más guadalajareñas que la aportación de Begoña Leoyjon, que aúna léxico autóctono con la rima del refrán: ¿Qué pasa majo? ¿Subes pa’rriba o bajas pa’bajo? Confieso que no lo había escuchado nunca pero me resulta tremendamente nuestro. Y no es el único.  Eres como los de Guadalajara, hoy mucho y mañana nada, que aporta Magdalena Pastor Barriopedro. Las sentencias populares tienen un significado que trasciende a las propias palabras, formando un significado nuevo que solo tiene sentido para los iniciados. En este caso, para los vecinos de nuestros pueblos, todos con un punto de malicia y picaresca facilmente reconocibles. Casi todos resaltan más los defectos de los habitantes que sus cualidades y lo hacen de manera generalizada -dice la profesora Sevilla Muñoz-. (…) También debemos constatar que los insultos de un pueblo a otro eran devueltos, a su vez, por sus vecinos, utilizando l rima a la que predispone la terminación del nombre de una localidad y mil causas más para señalar casi siempre los defectos y en raras ocasiones las virtudes” . Veamos unos ejemplos aportados por los lectores de El Hexágono

No compres mula en Tendilla, ni en Brihuega compres paño, ni te cases en Lupiana, ni amistes en Marchamalo: la mula te saldrá falsa, el paño te saldrá malo, la mujer te saldrá p… y los amigos contrarios. Conchi Gómez.

 Cuando el cerro de Hita tiene montera, llueve aunque Dios no quiera. C. G. 

Valdenoches carricoches;  Pueblo de cuatro vecinos el sacristán guarda las cabras y el cura a los cochinos; A Tórtola de Henares va la nube y a Marchamalo sacude. María Gloria González Gil. 

Lo que ocurre en Marchamalo, no ocurre en el mundo entero. Un cura va a la carcel y otro al matadero. Juan M.

Enrique Alejadre, estudioso de los movimientos sociales en Guadalajara, tiene la amabilidad de compartir con nosotros unos cuantos más de esta índole:

Tres cosas tiene Torija que no las tiene Trijueque: el castillo , la picota y los caños de la fuente.

Tres cosas tiene Trijueque que no las tiene Torija: el torreón. la olivera y el monte de la Matilla.

En la feria de Valverde, el que mas pone mas pierde.

La cantidad de dichos populares, chascarrillos que van en este mismo sentido y que delatan la relación de los pueblos con las localidades vecinas, es ingente. Muchos de ellos están recopilados en la literatura provincial refranera, recogidos a su vez de la tradición oral. Y tienen su transcripción literaria, al estar presentes, como no podía ser menos, en los libros de autores alcarreños o que recogen el habla popular de Guadalajara. Son material etnográfico, resquicios de una sociedad ya desaparecida al aludir a usos y costumbres que han dejado de tener vigor. En su Viaje a la alcarria, Camilo José Cela, transcribe el habla de aquellos parroquianos con quienes se cruza y en ella se cuelan aquellos refranes ligados una localidad en concreto, como no podía ser menos:

(…) Portillo volvió a transfigurarse.
Brihuega es dichosa
desde que encontró
y a su morenita
un templo le alzó.

El viajero va a decir algo, pero el chamarilero le interrumpe con el
ademán, como indicando; Espere un poco, sólo un momento. Levanta otra
vez los brazos, y se arranca diciendo:
Tres monumentos existen en esta gran población: Nuestra Virgen, San Felipe y la puerta del Cozagón. Cuando termina, se rasca violentamente la cabeza. (…) Viaje a la Alcarria.

La riqueza léxica está en el origen de la calidad literaria de autores como Andrés Berlanga en La Gaznápira, al recoger la tradición oral de su localidad natal, Labros, en el Señorío de Molina:

(…)¡Cuanto te hubiera gustado ser mozo para que te afeitara el tío Jotero! … ¡Cualquier monigote tiene cuatro dedos de cogote! Cuando alguna madre se le quejaba de que el corte de su hijo hacía escalera o de que una patilla le quedaba a la altura del ojo y la otra por debajo de la oreja, el tío Jotero les contestaba con que el burro trasquilao, a la semana igualao. (…)

Refranes ligados a un tiempo y a un lugar, sabiduría popular condensada en una rima corta que pone una sonrisa en quien la escucha por más que pocas veces sea novedosa.  Sentencias de las que es difícil disentir porque como decía Ernesto Baraibar Gardoqui  en la introducción de su libro Lo primero, el refranero, la muleta donde apoyar el artículo de hoy, de poetas y de locos todos tenemos un poco. Y añadía que todos los españoles tenemos algo de refraneros. Y es difícil no darle la razón. Los refranes no pierden vigencia aunque se adecuan a los tiempos y se renuevan como lo hace el lenguaje. No obstante, conservan un sabor añejo y de moralina de toda la vida de la que no parecemos cansarnos. Así, los refranes son parte de nuestro patrimonio lingüístico y sentimental. Gracias a los lectores de El Hexágono por compartir algunos de ellos. 

 

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