De datos, aforos y mujeres muertas

Acción de la Plataforma Feminista de Guadalajara. // Foto: Plataforma Feminista de Guadalajara

Acción de la Plataforma Feminista de Guadalajara. // Foto: Plataforma Feminista de Guadalajara

Por Patricia Biosca

¿Ha estado alguna vez en el Teatro Buero Vallejo? En una de esas funciones en las que se han acabado las entradas, que abarrotan la sala. Con esa foto en la cabeza, ahora imagine esta otra: todas y cada una de las personas que ve riendo, esperando a que comience el espectáculo, que charlan animadamente con el de al lado, todas y cada una de ellas, muertas. Todos asesinados con violencia, estrangulados, acuchillados, cosidos a balazos, desmembrados. 1.003 personas -número de aforo de butacas-, incluída usted, muertas de una manera terrible. Y más de medio centenar que se quedó fuera sin entradas, también. Ahora tiene una idea de todas las mujeres que han perdido la vida por la violencia machista solo en España desde 2003. 1.064 féminas que podrían estar riendo, esperando que empiece el show, charlando con sus hijos, sus nietos o sus amigos. Pero para las que cayó el telón mucho antes de lo esperado. 

Si nunca han estado en el Buero Vallejo, continúo con otros ejemplos: la octava parte de los palcos del Escartín olería a muerte; la mitad de las gradas de la Fuente de la Niña podría acoger el dantesco espectáculo; el Espacio TYCE solo podría reunir 700 de las más de 1.000 víctimas de este macabro público; se necesitarían casi cinco Teatros Modernos para acogerlo o seis salas Tragaluz. ¿Se hace ya una idea? Para los que sean de imaginación escasa, este domingo la Plataforma Feminista de Guadalajara conseguía juntar a todas esas mujeres (por fortuna para ellas, vivas) bajo el lema “No soy yo, soy ella”, en una potente perfomance que quería evocar la misma idea: 1.064 no es solo una cifra, sino una barbaridad que no se puede permitir un país que se considera civilizado.

Con un silencio que cortaba el viento y bajo el cielo de un desapacible día, ellas subían vestidas de negro por la calle Virgen de la Amparo y la calle Toledo. De repente, el ejército de la conciencia, tras formar un cuadrado en el cruce con la Avenida Castilla, sacaba centenares de batas blancas salpicadas con manchas rojas que simulaban el dolor, el sufrimiento y la muerte de aquellas que no podían estar allí físicamente, pero de las que queda el recuerdo. Entonces, con movimientos pausados, la lúgubre procesión formada por 1.064 mujeres se iba desplomando en el centro, dando cuenta real, sin necesidad de recurrir a la imaginación ni a los aforos, del horror que supone la violencia machista. Apiladas unas encima de otras, calladas, enmudecidas. Cada una de ellas representaba una fatídica historia con nombre propio, algunos conocidos, otros no tanto. De jóvenes y ancianas, todas ellas mujeres muertas a manos de hombres que en algún momento las hicieron creer que las querían e incluso que las protegerían de todo mal. Pero el mal eran ellos. 

Decenas de personas, mujeres, hombres, niños, contemplaban la estampa desde las aceras. Sin quererlo, aquellos ojos que miraban desde fuera también representaron una doble función: la de la esperanza, pues aquella gente apoyó con su respeto y su presencia la lucha contra el machismo, sin importar sexo, edad o condición; y la de figurantes involuntarios, que representan a la sociedad que mira los datos, sin actuar, desde la cómoda distancia. La sociedad que todos los días lee con indiferencia sobre la pila de cadáveres que ha dejado tras de sí dicha lacra, que este lunes, Día Internacional Contra la Violencia de Género, contaba a su última víctima 52 en lo que va de año. Cuando en Guadalajara se representaba la acción de la Plataforma Feminista, Sara, de 26 años, convivía con su agresor, de 29. Horas más tarde, él la acuchillaba y ella, con lo que le quedaba de vida, llamaba dos veces al número de emergencias antes de acabar desangrada en una de las habitaciones de casa de su abuela, en Tenerife. Esto no era teatro. 

Pero ya es hora de que se acabe el espectáculo, porque no tiene ni puta gracia. 

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