No estás sola

manifestacion contra la violencia de genero

Foto:// Agencia EFE

Por Sonsoles Fernández Day

Hoy le ha costado ponerse el abrigo. El golpe que se dio ayer en la espalda no le ha dejado dormir, pero tiene que llevar a los niños al colegio. Seguramente se le pasará en unos días. Se ha tomado un ibuprofeno, eso le irá bien. Al menos puede andar sin que se note. No tiene ganas de hablar con nadie, a ver si se va a poner a llorar. ¿Por qué no le gustaría ayer lo que le hizo de cena? Si ya lo había cocinado otras veces. Será eso. Le dijo que estaba aburrido de sus comidas. Le tiró el plato al suelo y la empujó contra la mesa. Cuando estaba tirada en el suelo le dio una patada en la espalda. ‘Levántate y limpia esto, inútil. ¡Que tienes la casa hecha un asco!’

María no entiende por qué le habla así. ‘Tiene días, ya se le pasará, es así, está cansado del trabajo.’ Ella siempre encuentra una disculpa para él. ‘No se lo puedo contar a nadie. Me van a decir que le deje o que le denuncie. ¿Cómo voy a hacer eso? ¿Qué voy a hacer yo sola? Es el padre de mis hijos. Él me quiere. Es así, déjalo, no pasa nada. Seguramente es culpa mía. Si se lo cuento a alguien y se entera se pondrá hecho una fiera. Sería mucho peor. Me ha prometido que no lo va a volver a hacer. Estaba cansado. Esta noche cocinaré mejor y estará contento.’ Y a base de insultos, golpes, patadas y mucho miedo van pasando los días, los meses y también, los años.

¿Cómo podrían distinguir si esta historia es inventada o si, por el contrario, es real? Quizás me lo haya contado la propia protagonista, y hasta podría haber suavizado el relato porque la realidad es mucho más dramática. María podríamos ser cualquiera de nosotras, podría ser nuestra hija, nuestra hermana, una amiga, una vecina, una compañera de trabajo, la mamá que nunca lleva a su hijo a los cumpleaños. Y esto es violencia contra la mujer, violencia de género o violencia machista. Llámenlo como quieran,  pero no nieguen que esto ocurre. Una mujer maltratada físicamente por su pareja sufre primero un maltrato psicológico que le impide ver la realidad. Se sienten culpables, tienen la autoestima por los suelos y se avergüenzan de sí mismas, porque no son ‘perfectas’. Las víctimas de maltrato necesitan una media de 14 años para denunciar maltrato físico y 7 años en el caso de maltrato psicológico. Es una barbaridad de tiempo.  La razón principal para no denunciar es el miedo a su agresor. Algunas no lo hacen porque esperan resolverlo solas, porque no se reconocen como víctimas o porque les da pena de su pareja, por muy cabrón que sea. También influye la falta de recursos económicos, la vergüenza a contar lo sucedido y el desconocimiento de dónde dirigirse para pedir ayuda. A muchas les frena el miedo al proceso judicial, el miedo a la reacción de la familia, el miedo a que nadie pueda ayudarlas o el miedo a que no les van a creer. Siempre el miedo.

Mientras continúa el debate político entre extremos, peleándose por ponerle nombre o por hacer y deshacer la ley, mientras esto parece una guerra de sexos o una batalla ideológica, miles de mujeres siguen sufriendo. No pueden darles la espalda. Centrémonos en el problema para darle solución, que las víctimas se sientan libres para contar cuanto antes lo que les ocurre y encuentren el apoyo de la familia y de las instituciones. El objetivo debería ser que sepan que no están solas. Educación, conciencia social, ampliación de medios de ayuda y una ley implacable contra los  maltratadores y las maltratadoras, que también las hay. Tengo un  hijo y dos hijas. Mi deseo es que los tres crezcan en el respeto y en la igualdad, y que sepan distinguir en sus relaciones de pareja lo que es amor y cariño de lo que no lo es. Y si algo no va bien, que no duden que su familia, lo primero, y después la sociedad y la ley estarán de su  parte. Que no están solos.

Según informó este lunes el Ministerio del Interior, entre el 1 de enero y el 30 de octubre de este año se han cursado 64.228 denuncias por delitos de violencia de género. La cifra es tremenda. Este mismo lunes moría una mujer de 26 años, para mí una niña, acuchillada por su pareja en Tenerife. Sara había enviado unos whatsapp a un amigo suyo diciéndole que se sentía ‘agobiada‘. Cuando llamó al 016 ya era demasiado tarde. El pasado domingo en Guadalajara, como en muchas otras ciudades, se rendía un emotivo homenaje a las 1.028 mujeres asesinadas, víctimas de violencia de género desde 2003. Y no olvidemos a los 44 menores asesinados y a los 269 niños y niñas que se han quedado huérfanos. Se supone que vivimos en una sociedad moderna, igualitaria y avanzada. Tiene que haber una manera de acabar con esto.

El 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, designado como tal por la Asamblea General de las Naciones Unidas. En muchos países del mundo, miles de mujeres necesitan ayuda, no sólo por la violencia doméstica, ya que en la mayoría de los casos se considera ‘normal‘ que una mujer reciba palizas por parte de su pareja, sino también para  acabar con el tráfico sexual, donde un 71% de las víctimas son mujeres y niñas, para erradicar la barbarie de la práctica de la ablación, porque miles de niñas a partir de 4 años sufren mutilación genital,  para prohibir los matrimonios infantiles, ya que niñas de 13 o 14 años, incluso menores, son obligadas a dejar el colegio para casarse, y  para controlar la violencia sexual en los países en guerra y en conflicto, donde mujeres y niñas no pueden andar solas sin el riesgo de ser violadas.

Todo esto es real, espantoso y abominable. Si vivimos en un país civilizado, al menos actuemos como tal y hagamos todo lo que esté a nuestro alcance.

 

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