Creo que si miras bien, hay elfos

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El mural de Bansky en Birmingham. // REUTERS

Por Sonsoles Fernández Day

La semana pasada apareció en Birmingham otro mural del enigmático Bansky. Dos renos parecen tirar de un trineo que en realidad es un banco de la calle. En el vídeo que subió el artista en las redes sociales, el banco está ocupado por un sintecho al que llama Ryan. Es su forma de denunciar el problema de los homeless en el Reino Unido. Muchos vecinos se han acercado a ofrecer ayuda y hospitalidad al vagabundo, aunque probablemente, miles de personas visitarán el grafitti para hacerse fotos, y acabarán olvidándose de Ryan.

No sirve de mucho acordarse de los necesitados solo porque llega la Navidad, y tampoco vamos a hacer como en aquella película de Berlanga en la que los ricos se reparten a los pobres y a los ancianos del asilo para sentarlos en su mesa en la cena de Nochebuena, para acabar comiendo de la basura porque no consiguieron entenderse, pero no nos viene mal una llamada de atención en estas fechas en las que los privilegiados del primer mundo gastamos, comemos y bebemos más de lo habitual y casi siempre, más de lo necesario. Y todo esto, calentitos en nuestra casa. Pero que no sea una llamada de atención a lo Greta Thunberg, la niña que un día descubrirá que quien le ha robado su infancia han sido sus propios padres y ya será demasiado tarde para recuperarla.  Esa niña que empezó sorprendiendo para acabar dando lástima. Que nos llamen la atención nuestros propios vecinos, nuestros amigos o incluso nuestros hijos.

El pasado 5 de diciembre se celebraba el Día Internacional de los Voluntarios y en Guadalajara hubo un acto del Gobierno de Castilla-La Mancha en el que se reconocía la Iniciativa Social agradeciendo a ‘aquellas personas, entidades y corporaciones locales que contribuyen con su esfuerzo a mejorar las condiciones de vida de las personas en situación de vulnerabilidad, en especial, la de aquellos que lo hacen de manera altruista y desinteresada’.  Cruz Roja, Cáritas o la asociación Guadacoge, a través de sus voluntarios, héroes sin capa, se ocupan cada día de las familias y personas necesitadas de Guadalajara. Toda mi admiración para la generosidad de estos voluntarios. En una sociedad en la que se vende en Wallapop hasta los zapatos viejos, que todavía haya gente que haga algo gratis y para otros, es sorprendente y maravilloso.

He leído en Facebook, en el grupo Amigos de la Ciudad de Guadalajara, que recogen donativos, así como ropa, juguetes y alimentos para familias necesitadas. La Compañía de Teatro Artefasto ha hecho entrega de 850 euros como colaboración. El día 20, en el Centro Social del Alamín estarán recibiendo mañana y tarde las ayudas que los guadalajareños quieran aportar y a partir de las 18.00 horas se entregarán a aquellos que, como dice el post, ‘lo están pasando mal’.

El Centro Juvenil don Bosco y el Colegio San José en colaboración con la parroquia María Auxiliadora organizan este sábado 14 de diciembre, como todos los años, la Operación Kilo. Los chavales y animadores del Centro recorren el barrio de la Esperanza recogiendo alimentos no perecederos y donativos para la campaña de Navidad de Cáritas Parroquial. A estos chicos nadie les ha lavado el cerebro. Acuden voluntariamente y hacen una labor solidaria que probablemente en algún momento les hará pensar lo importante que es.

Los de mi generación crecimos viajando apretados en un coche sin aire acondicionado, compartiendo habitación con los hermanos y jugando en la calle con los amigos. Como dice un chiste que circula por las redes, somos de la generación que pedíamos algo a los Reyes y te traían lo que les daba la gana. Pero éramos felices. A nuestros hijos no hemos querido privarles de nada, o de casi nada. Cada uno tiene su habitación, su portátil, un móvil y lo que se les antoje, casi siempre. Viajan en avión, estudian en el extranjero y salen de fiesta a la hora en la que nosotros teníamos que estar de vuelta en casa. Tienen mucha más información de la que teníamos nosotros a su edad. Se comunican con gente de todo el mundo y encuentran cualquier cosa que necesiten comprar casi de manera inmediata. El peligro está en que con tanta facilidad para tener lo que quieren, no sean felices. Que no se nos olvide recordarles lo afortunados que son.

Me gusta el anuncio de Navidad en el que una niña cree que si miras bien, hay elfos, y las personas de la calle y al final su propio padre, se van convirtiendo en duendes que llevan regalos y buenos deseos. Y no es por la marca del centro comercial que representa, sino por la ilusión que simboliza. Soy una soñadora sin remedio, un poco ingenua y bastante ilusa a veces, y quiero pensar que sigue habiendo gente buena y que no está todo perdido. Aunque las cumbres de las grandes potencias y las decisiones a nivel global están muy lejos de nuestro alcance, siempre habrá algo que podamos hacer. Mientras haya un grupo de adolescentes que, colaborando con Cáritas, estén dispuestos a ir a poner la mesa y a servir la comida a los indigentes en el día de Nochebuena, y así se hará, no está todo perdido. Solo queda desear que la generosidad y la solidaridad sigan brillando todos los meses del año.

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