El escaparate de Lirón

Liron

La desaparecida Juguetería Lirón, en la Calle Mayor // Foto: familia Lirón

Por Álvaro Nuño.

A quien más y a quien menos, llegadas estas fechas, parece que las luces de colores, las felicitaciones -la mayoría protocolarias y automáticas pero otras sinceras- y buenos deseos para estos días o para el año que comienza, incluso el canturreo constante que escupen los vídeos navideños y los mensajes comerciales, reblandecen el corazón más duro. Con el cambio de década -los puristas dicen que será dentro de un año y no el próximo 31 de diciembre- y la llegada en mi caso del medio siglo de existencia en 2020, parece que hace aflorar sobre mí la nostalgia de una niñez cada vez más lejana. Por eso hoy me he intentado poner en “modo Biosca” pero con algunos años más que ella y menos memoria.

Siempre he confesado ser un GTV -de Guadalajara de toda la vida- puesto que la fortuna o el infortunio me privó de tener pueblo donde disfrutar de los periodos de vacaciones escolares como el que se avecina. La mayoría de mis compañeros de colegio y mis amigos del populoso barrio de La Llanilla (que, prácticamente eran los mismos), sí eran de los que llegado el viernes por la tarde, sus padres les recogían con el utilitario y ya no se les volvía a ver el pelo hasta el mismo lunes en que empezaba de nuevo el colegio. Eso nos dejaba a mis primos -GTVs como yo- y a mis hermanos más espacio en el barrio y en la ciudad.

Seguro que a muchos fans de “Yo fui a la EGB” de Guadalajara se les encienden como a mí los ojos y se les pondrá una sonrisa idiota cuando lean las cinco letras de la mítica juguetería Lirón. Era la meca de todos los niños en los días previos a la Navidad. Sus grandes escaparates, separados para niños -el de la izquierda- y para niñas -el de la derecha-, alumbraban la Calle Mayor alta, todavía abierta al tráfico de coches, y allí nos agolpábamos la chiquillería embozados en esos horrorosos gorros de lana que nos hacían llevar nuestras madres para protegernos las orejas y la garganta del frío del invierno y que picaban como demonios. Agolpados unos contra otros, intentábamos hacernos hueco para observar la maravillosa oferta de juguetes que lucía en sus estanterías. Eso era sin duda el paraíso. “Me lo pido, y eso también me lo pido, y eso también” nos contábamos incansables entre nosotros y a nuestros padres, que estaban más atentos a que el “dos” -el viejo autobús verde que bajaba de la residencia a Los Manantiales- no nos llevara por delante porque la estrecha acera no daba para acoger a todos los que nos reuníamos allí.

Y al otro lado de la cristalera, allí estaban el Exín Castillos, el Scalextric, los Geyperman, el Ibertrén, los Juegos Reunidos Geyper o ese Cine Exín, tan cerca que casi se podían tocar. Del escaparate de Lirón pasarían a la carta a los Reyes Magos -en aquella época Papá Noel no dejaba de ser un extraño gordo barbudo que sólo trabajaba en las Navidades de las películas que echaban por la tele-. Tampoco puede hablar de las Nancy ni de las muñecas de Famosa porque si había un sector que segregaba por sexos de manera radical ese era el de los juguetes. Cada uno teníamos nuestro propio escaparate y a ningún niño se le ocurría mirar en el de las niñas como ninguna niña se pasaba por el de los niños. ¡Qué cosas! Hoy las feministas sin duda se manifestarían ante Lirón para que mezclara juguetes de ambos sexos entre sus dos escaparates. Creo que nunca entré en el interior de ese templo de la ilusión lo que lo hace todavía más mítico para mí. Sin duda, Lirón en Guadalajara era mi Navidad.

Y si esa juguetería -ubicada para quien no lo recuerde en los bajos del edificio de la ya también desaparecida Cámara de Comercio-, despertaba en los más pequeños la ilusión y el nerviosismo de la cercana llegada de los Magos de Oriente, otras señales también advertían de ello en esa Calle Mayor de los años setenta. Recuerdo el olor de las castañas asadas que salía del puesto ubicado en la acera de enfrente unos metros más arriba, en la antigua Caja Postal -creo que es lo único que se mantiene cuarenta años después-, y el de los inigualables roscones de Reyes de la Confitería Villalba, también en la acera de enfrente pero unos metros más abajo y que, por supuesto, en casa no se cataban hasta que no pasaba la Cabalgata. Otro de los puntos críticos de esas Navidades era el momento de bajar a Correos para echar la carta en los buzones de los amenazadores leones de metal y sus bocas abiertas, todo un reto y un rito que había que pasar si queríamos que Sus Majestades de Oriente se retrataran en la mañana del 6 de enero.

Entonces tampoco recuerdo con exactitud cuándo comenzaba la Navidad. Estaba claro que llegado el mes de diciembre, las madres guardaban en un momento determinado el tambor de detergente cuando se vaciaba, para que serviría de base al árbol de Navidad. Ya de vacaciones, mi padre nos llevaba a mis primos y a mis hermanos a un edificio donde, en una especie de almacén, se amontonaban ramas de pino que la gente podía coger para servirles de árbol. Quiero suponer que serían unos restos de poda y que se trataba de alguna sede del Ministerio de Agricultura en la provincia o algo parecido. El recuerdo es borroso y no puedo asegurarlo. Lo que sí estaba claro es que había que elegir una rama recta para que se erigiera en árbol de Navidad y no excesivamente alta para que pasara el permiso de la jefa para meterlo en casa. Después, subíamos al antiguo campo de la Fuente de La Niña -nuestro pueblo particular- para coger unas piedras con las que llenar el tambor de Skip y que el árbol se sujetara. Por cierto otra de las cosas que se caían y se rompían eran las bolas, no como ahora que son de plástico y botan. La operación era complicada y estaba vetada para manazas y hermanos pequeños, dos condiciones que yo reunía.

Otra de esos recuerdos imborrables de mi Navidad setentera era formar parte del belén viviente de la iglesia de San Ginés, que era mi parroquia. Volvemos a segregar por sexos y los niños del Hogar Parroquial por un lado y las niñas por otro ensayábamos para representar a San José, la Virgen María, los Reyes o los pastorcillos, que era lo más habitual que te tocara mientras se celebraban las misas. El forro de borrego que iba dentro de la trenca -el abrigo de moda en esa época- servía muy bien como chaleco de los pastores, pero ser protagonista del Misterio era para unos pocos elegidos. Sólo una vez tuve la suerte de ser seleccionado  como San José en una misa del Gallo, ataviado con barba, toga y callado. Y frente a mí, una niña vestida de la Virgen con un velo azul y expresión angelical con la que mostraba al Niño en el altar tras la comunión que impartía don Santiago, el párroco de mi infancia.

Y así transcurrían esas Navidades casi en blanco y negro todavía, que comenzaban cuando mi padre traía la cesta de Navidad del trabajo y se abría en familia para comprobar su contenido: la lata de melocotón en almíbar, el bote de espárragos blancos, la botella de champán, sidra y anís, el embutido, los polvorones y las dos tabletas de turrón, del duro y del blando. Y terminaba con la llegada de los Reyes Magos tras la Cabalgata que no tenía ni camellos ni elefantes –como anuncian este año-. Los Reyes de entonces subían la Calle Mayor montados en caballo procedentes de la Estación -donde se suponía que un tren les traía desde el lejano Oriente-, seguidos de un camión donde supuestamente iban nuestros regalos, el coche de bomberos que baldeaba las calles en verano y la sempiterna Banda Provincial de Música. Pero nosotros la disfrutábamos con la misma ilusión que producirá a los niños que la vean este año.

La verdad es que, volviendo la vista atrás, siempre se echa de menos esa ilusión infantil irrepetible, cada uno con sus propios recuerdos y su particular Navidad. Procuren no olvidarla y vivirla como cuando llevaban pantalones cortos y calcetines hasta la rodilla. Puede que así los Reyes les terminen echando todo lo que desean.

¡Feliz Navidad a todos!

5 pensamientos en “El escaparate de Lirón

  1. Jejeje, mu güeno, Alvaro!! … qué recuerdos 😢. Me acuerdo perfectamente de ese escaparate, estaba pocos metros más arriba del de mi padre, RUZA Electrotécnico, y yo sí, Álvaro, entré dentro de Lirón varias veces, incluso conocía al dueño, mi padre se tomaba una caña con él muchos sábados después de cerrar la tienda. Yo le veía como un rey mago más.

    Un lugar mágico para los niños, ¡si señor!, pero también lo fue el de RUZA que pocos años después vendía los famosos primeros videojuegos y ordenadores como el Spectrum 48K, Commodore 64 y Amstrad cpc 464, convirtiéndose en lo que hoy llaman un “visionario” y siendo pionero de esa transición al juguete electrónico que es el que hoy triunfa entre los más peques y no tan peques.

    Gracias por traernos estos recuerdos.

    Fernando.

  2. Que bonito relato, no soy española pero hay muchas escenas que en mi país también he vivido, que ilusión, que miedo y que alegría era la espera de la llegada del Niño Jesús en mi país, que pena que la mayoría de estos sucesos hoy no existen, pero la culpa la tenemos los padres y abuelos de hoy, que hemos entrado en la vida superficial y compradora que seguramente no dejará ningún recuerdo maravilloso como el que guardamos nosotros.

  3. Que grandes recuerdos de Liron…
    Por mucho que digan, poco hemos evolucionado,
    Ayer mismos a penas a diez días del 2020, en el ECI hacen una clara distinción entre niños y niñas y ofrecen cantidad de juguetes expuestos en zonas
    claramente diferenciadas pudiendo ofrecer en la sección de niñas juguetes claramente machistas.
    Aspiradoras, cocinas y hasta equipos de cajera de supermercado.
    Feliz Navidad

  4. Precioso artículo, ¡enhorabuena!. Yo soy de la década de los 80 y no tengo ningún recuerdo de Lirón, pero leyendo tus líneas me he emocionado con algunos datos que me hacen regresar a mi particular Navidad, pues en esa época las costumbres eran parecidas. Qué de sentimientos de nostalgia afloran cuando uno recuerda tan entrañable momento del año, en la etapa más dulce de la vida, la infancia. Gracias por el viaje y, sigamos viviendo la Navidad como mejor se vive, como niños.

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