Pseudo Navidad en el Perú

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Los bien abrigados Papá Noel se mezclan en los centros comerciales con el público que viste camisetas de playa, pantalones cortos y sayonaras. Foto: Abraham Puerta.

Por Sonia Bronchalo (*). 

Este año la Navidad nos ha llegado muy pronto a Perú en forma de ricos polvorones, mazapanes y turrones, obsequio de una buena amiga venida de España. Sabores y texturas que, si cerramos los ojos, nos trasladan en el tiempo y en el espacio a esos días tan esperados. Nos llega a la memoria el comienzo de la Navidad, aquellos 22 de diciembre cuando desde temprano en el televisor de casa las voces de los niños del Colegio de San Ildefonso cantaban los números de la lotería que más premios reparte. Pistoletazo de salida de unas intensas fiestas repletas de villancicos, belenes, luces, dulces, familia… que, hasta la vuelta al cole ya en enero, nos envolvía de un manto de tierna ilusión.

Desde entonces allí, hasta ahora aquí, nuestro recuerdo de la Navidad se ha disipado notablemente. A este lado del atlántico y en el hemisferio sur entramos de lleno en el período estival justo en estos días. Los bien abrigados Papá Noel se mezclan en los centros comerciales con el público que viste camisetas de playa, pantalones cortos y sayonaras (como se conoce coloquialmente por aquí a las chanclas). Los renos con bufandas que decoran cada esquina deben sentirse muy desubicados. Y el chocolate caliente con panetón, típico de estas fiestas, nos hace sudar por todos los costados. Pero recordemos que ni en Belén ni en Lima, ambas ciudades situadas en zonas desérticas, nunca se ha visto la nieve, ni incluso con el cambio climático.

La influencia cultural de la parte más septentrional del continente es tan grande por esto lares que anula cualquier asomo de una tradición más autóctona. Así que en Perú cuando hablan de Navidad se están refiriendo a la cena familiar que tiene lugar en la media noche del 24 al 25 de diciembre con entrega de regalos incluida. Eso y una buena juerga la última noche del año. Ahí queda todo. Muy lejos de la Navidad que nosotros recordamos con su cena de Nochebuena, comida de Navidad, de nuevo la cena de Nochevieja, el reencuentro resacoso en Año Nuevo y la cabalgata de los Reyes Magos. Más de dos semanas de dispendios.

Una pseudo navidad que me disculpen los lectores peruanos, adoptada de la tradición anglosajona ya que, como en otras tantas cuestiones, muchos países del sur de América han girado su mirada del viejo continente hacia el país más rico del nuevo.

Tal influencia del norte en los modelos culturales y económicos no se limita a los usos y costumbres festivos, sino que se ve reflejada en asuntos mucho más relevantes y cruciales, como es el caso del sistema sanitario. Aquí el acceso a un servicio de sanidad que dé ciertas garantías es directamente proporcional al status económico del paciente. O lo que es lo mismo, en Perú si no tienes suficiente dinero para pagarte un buen seguro te puedes morir por una simple apendicitis, que no tiene paciencia para esperar las interminables colas, gestionadas muchas veces por mafias, para conseguir una cama en un hospital. Incluso contando con seguro, el sistema es tan mercantilista y el objetivo de hacer dinero está tan por encima de la seguridad del paciente que los precios se disparan en un sinsentido abusivo.

Hace unos meses yo misma tuve un accidente doméstico y acabé con una herida profunda en el brazo (bien podría haber sido un corte con el cuchillo jamonero, pero no soy tan afortunada). Me acerqué a urgencias de la clínica más cercana y me realizaron una cura sencilla utilizando un poco de suero fisiólogico, un desinfectante y una simple gasa. Tratamiento realizado por un médico, eso sí, ya que la labor de las enfermeras aquí se limita a tomar la tensión o colocar la mascarilla de un aerosol. Cuando se trata de curar una herida o una cicatriz de una operación son los propios médicos y cirujanos quienes llevan a cabo tan compleja misión. (Hace unos días el pianista británico afincado en España, James Rhodes, ha sido operado de una hernia en un centro hospitalario de España y publicaba en Instagram que “las enfermeras españolas son las mejores del mundo y punto”. Doy fe). Mi herida quedó finalmente curada después de tres visitas a urgencias por un módico precio que superó los 1.900 soles, moneda local, que al cambio son unos 500 euros.

Valga este ejemplo para intentar dimensionar el coste de los procedimientos cuando el problema no se cura con una gasa y desinfectante, sino que se trata de tumores, cirugías cardiacas y otras patologías que requieren muchas horas de quirófano o largos períodos de hospitalización. En esos casos el gasto se dispara y sólo es asumible siempre y cuando exista un seguro médico de por medio. Algo que desgraciadamente sólo puede permitirse una parte de la población peruana.

Desde este escenario nuestro sistema sanitario español, universal y solidario, se ve muy lejano. La eficiencia y dedicación de nuestros profesionales, la gestión de lo público como sistema en el que todos participamos y del que todos nos beneficiamos, las estupendas infraestructuras y el extraordinario aparataje con el que cuenta nuestra Seguridad Social nos da eso, una gran seguridad y confianza a un precio justo.

Quizá cuando lo recibimos así sin más y hemos crecido dentro de ese sistema no lo sabemos valorar. Quizá sea necesario vivir un tiempo fuera para darse cuenta de la gran suerte que tenemos en España. Quizá el médico de familia, el especialista, el cirujano y el enfermero nos deberían entregar una factura por el coste del servicio que nos han prestado cada vez que acudimos a ellos para que seamos conscientes, con cifras reales, del coste tan alto que tiene cada una de las pequeñas o grandes prestaciones que nos brinda ese magnífico servicio público.

Con uno de los mejores sistemas del mundo, nuestra Organización Nacional de Trasplantes (ONT) hace sólo unas semanas informaba sobre un nuevo récord en la donación de órganos con 19 donantes en tan sólo 24 horas consiguiendo efectuar 38 trasplantes. Noticia que me llena de una infinita alegría, aun más siendo vista y leída desde aquí, donde a veces el donante tiene que costear los gastos para poder realizar una simple donación de sangre.

A miles de años luz pero felices en este país que nos quiere y nos acoge, les envío mi felicitación para estas Fiestas y mi deseo para el próximo y los años venideros: no permitamos que nos arrebaten nuestra Seguridad Social y sigamos disfrutando de nuestra profusa e intensa Navidad.

thumbnail.jpg(*)Sonia Bronchalo es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha colaborado en diferentes medios de Guadalajara como Onda Cero, Cadena Ser y La Tribuna de Guadalajara. Después dio el salto a la comunicación corporativa, trabajando como responsable de comunicación en varias empresas del sector energético como Norcontrol, Soluziona y la Asociación Empresarial Eólica. Desde hace unos años vive con su familia en Perú, donde ha desempeñado labores de edición literaria.

 

 

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