La palabra del año

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El término es una palabra compuesta por los términos e, en japonés, “dibujo” + moji, en japonés 文字, carácter adaptada al español como “emoyi”. Los emojis son utilizados como emoticonos principalmente en conversaciones de texto.

 

Por Gloria Magro.

La palabra del año que se nos ha ido es emoji, el término japonés que designa los ideogramas con los que salpicamos los mensajes de texto. Esto es, esos dibujitos de rasgos sencillos e infantiles que sirven para expresar un estado de ánimo cuando nos enviamos mensajes de texto o hacemos uso de las redes sociales. Quien iba a decirnos que lo más reconocible y novedoso para empezar 2020 sería una idea que nos retrocede al sincretismo de los cazadores-recolectores del Paleolítico Superior en las cuevas de Altamira o Lescaux pero sin su calidad artística.

Aunque este primer sábado de enero, los términos más reconocibles y seguramente trending topic en las redes sociales son “votación” e “investidura”, según la Fundación del Español Urgente, la Fundeu BBVA, si tenemos que resumir el último año en una sola palabra, esa sería emoji. Un nuevo lenguaje universal e importado de Japón que aún no está reconocido por la Real Academia de la Lengua, que de momento se queda en una antigualla que ya nadie recuerda: emoticono. De esto si tenemos una definición a la que recurrir, la de 2016, algo que al empezar la nueva década es mera arqueología lingüística. Emoticono, según la Academia haría referencia a que “la ausencia de contacto visual entre los interlocutores se intenta sustituir mediante la utilización de unos símbolos gráficos, basados en la combinación de signos de puntuación, denominados emoticonos. Es preferible a emoticón ya que la voz española que equivale al inglés icon es icono, no icón”.

Pobre RAE, que se molesta hasta en dar la pauta gráfica cuando hasta los que pasamos de los treinta y no somos milenials precisamente sabemos que está desfasado y en desuso puntuar en whasup, el único medio de comunicación escrita que practica a día de hoy la mayoría de la población. Realmente, lo preocupante no debería de ser que la calle y los usos populares enmienden una vez más la plana a la Academia en materia de lenguaje y ortografía, sino que whasup y emojis sustituyan también de hecho a la comunicación oral. Y eso que cumplen los preceptos clásicos: un mensaje, un emisor y un receptor y la posibilidad de que se produzca el feedback que cierra el círculo.  Pero nos falla el medio, por así decirlo.

Utilizamos dispositivos de última tecnología, aparatos de ciencia ficción, impensables hace apenas dos días y que nos permiten vernos y comunicarnos de manera instantánea y en cualquier lugar del mundo pero que en la práctica, lo que realmente hacemos con ellos la mayor parte del tiempo es escribir y además lo hacemos preferiblemente de la forma más sintética y con la mayor economía posible. Y para eso hemos llenado la estratosfera de satélites. Resulta increíble que hayamos llegado tan lejos para retroceder al mismo tiempo tanto. ¿Alguien recuerda cuando tuvo la última conversación telefónica? Hablar todos los días con nuestra madre no cuenta, eso tiene una consideración distinta.

La realidad virtual se cuela en el lenguaje, o mejor dicho, lo sustituye, lo comprime y nos lo devuelve en forma de dibujito estandarizado y básico, infantiloide incluso, pero de alcance universal. E importado, como todo, aunque esta vez no sea de China. El término emoji es una palabra compuesta por los términos e, en japonés,  , “dibujo” + moji, en japonés, 文字, caracter, adaptada al español como emoyi.

Su utilización no es libre, sino que tiene unas reglas autoimpuestas que regulan su uso para que resulte cortés e inteligible. Así, según el manual que establece para ellos la RAE: “salvo que los emoticonos y los emojis sustituyan fragmentos de palabras, deben escribirse separados por un espacio de las palabras y pegados o no a los signos de puntuación en iguales condiciones que una palabra”. Y además, hay que tener en cuenta que “cuando se utilizan varios emojis seguidos, pueden escribirse pegados entre sí. En el caso de los emoticonos, deben escribirse entre espacios siempre que se considere que puede haber problemas en su delimitación. Cuando aparezcan junto a signos de puntuación que se podrían tomar como parte del emoticono, se puede dejar un espacio entre ambos o, preferiblemente y si es posible, cambiar el emoticono de lugar”.

Dice la profesora de Lengua y Literatura y colaboradora de El Hexágono, Ana García Lamparero, que el hecho de que esta haya sido la palabra “vencedora en la carrera para convertirse en la palabra del año es algo más que lógico, pues la Fundeu, que es quien propone los términos, se caracteriza por estar siempre pendiente del uso que los españoles hacemos de nuestro idioma en nuestra comunicación diaria”.

Y afirma esta lingüista que está en contacto diario con los hablantes más jóvenes, los estudiantes de Secundaria, que “es innegable que los emojis se han colado en nuestras vidas para ayudarnos a transmitir las emociones, algo que, tradicionalmente se ha considerado difícil, en ocasiones incluso inefable”. Según ella, experta en usos orales del lenguaje, “el debate sobre si los emojis han venido a desterrar a las palabras o, si por el contrario, constituyen una ayuda para el hablante a la hora de expresar su mensaje está abierto. En mi opinión, es bastante improbable que estos simpáticos elementos puedan algún día sustituir a las palabras, más bien han llegado para aportar rapidez, precisión y universalidad, evitando, de paso, la posible ambigüedad de algunos mensajes”.

Su conclusión es que ya que ahora los límites entre la lengua oral y la lengua escrita son menos precisos que hace un tiempo, estos pequeños elementos más que un peligro para el lenguaje son un excelente apoyo. Además, quién no ha oído la célebre frase de una imagen vale más que mil palabras y que sepamos seguimos usando el lenguaje como principal vehículo de comunicación”.

La realidad desarma una vez más las teorías y da la razón a Ana García Lamparero. Los emojis están aquí para quedarse… de momento… porque si algo sabemos es que hoy día nada es para siempre, por no decir que difícilmente los usos actuales en cualquier ámbito superan la prueba del corto plazo. Todo lo que hoy nos parece lo último queda desfasado en menos de lo que tardamos en acostumbrarnos a ello. Siempre hay algo más allá, más novedoso, más tecnológico, mejor y más avanzado. En el caso del Lenguaje, parece que además nos puede la pereza y el sincretismo. Lo próximo será la telepatía, si es que con ellos conseguimos comunicar el pensamiento sin necesidad de codificarlo. De eso parece que va el próximo 5G que está a la vuelta de la esquina y que multiplicará por mucho todo lo que conocemos para hacerlo más veloz y seguramente más fácil y sintetizado.

Y entonces aparecerá otra palabra nueva que designe alguna realidad que aún está por venir y de la que de momento, en estos primeros días del nuevo año, de la nueva década, no tenemos idea. Pero llegará y ahí estará la Fundación del Español Urgente para indicarnos cual es.

 

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