Las visten como… ricas

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Carmen Polo, mujer de Francisco Franco, apodada popularmente como “La collares” por su gusto por las joyas de perlas. // Foto: Archivo ABC

Por Patricia Biosca

Van por la calle y ven al niño de unos amigos que ha crecido considerablemente, ya articula palabras y sus sonrisas no son un acto reflejo. ¿Cómo le tratan? Normalmente, su voz se elevará una cuarta por encima de su tono normal, hablarán más alto y exaltarán sus atributos, porque es lo políticamente correcto. “¡Qué grande está ya este chico!”, les saldrá por la boca como un mantra socialmente aceptado y esperado. Ahora cambien al sujeto de la interpelación por un perro. La misma voz, las mismas frases hechas incluso aunque el infante y el can sean de razas diferentes y sus clados se hayan separado hace millones de años. Y lo mismo ocurrirá con un anciano, al que tratarán como si fuera su hijo adolescente en plena edad del pavo. “¡Hay que comer bien, Faustina, que luego el cuerpo se resiente…!”. Porque la población considerada adulta nos permitimos el lujo de tratar a los animales como personas y de infantilizar a nuestros mayores aunque lleven vivido más que nosotros mismos. Y esta costumbre está tan extendida que hasta los poderes públicos les toman por tontos y dan los mismos mensajes que en otro contexto serían duramente criticados. ¿O acaso el “La policía recomienda no hacer ostentación de joyas por la calle” no les suena a “La policía advierte que las muchachas no vayan con la falda demasiado corta y mucho escote”?


Por lo menos es a lo que a mí me ha recordado cuando he visto una noticia acerca de unos cursos que el Ministerio del Interior lleva a cabo con el Plan Mayor Seguridad, una suerte de directrices que parecen haber sido redactadas por un cuñado en su gran mayoría. Según la nota, más de un centenar de personas mayores de Ciudad Real (porque lo organizaba el Ayuntamiento de esta localidad) participaron en una charla informativa en la que les contaron los siguientes puntos:

1. No abrir la puerta a desconocidos → Esto ya lo aprendimos en el colegio con el universalmente conocido cuento de “Los tres cerditos y el lobo”, pero por si acaso en la senectud se nos olvida y vamos abriendo nuestra puerta de forma alegre, ahí queda la recomendación.

2. No hacer ostentación de joyas cuando caminen por la calle ni otros objetos de valor → Las mujeres (porque está claro que esto va dirigido a nosotras) no se salvan de provocar a los delincuentes ni en la vejez: señora, si lleva collares de perlas y se coloca el anillo de pedida, el del matrimonio y el sello, y se cubre con sus mejores pieles de visón que solo saca los domingos, que sepa que va pidiendo que la asalten por la calle. Queda advertida y luego no vaya a quejarse a un juez. ¡Si es que las enjoyan como asquerosas ricas!

3. Se recomienda caminar en la calle por la parte interior de la acera, colocando el bolso en el lado de la pared → Este debo reconocer que enseña algo. Aunque me hace gracia imaginar a las señoras restregando sus pertenencias por todos los muros como precaución.

4. No aceptar ninguna propuesta que les ofrezcan por la calle, por muy ventajosa que le parezca, ya que normalmente será una estafa → la versión anciana del caramelo en la puerta del colegio. Es cierto que sigue habiendo gente que cae en las redes de este tipo de engaños, pero es algo que se puede aplicar a toda la población: yo nunca he rechazado un chupito gratis aún sabiendo que es puro veneno.

5. En los domicilios, es mejor no abrir la puerta o el portero automático a personas desconocidas, y desconfiar de quienes llamen ofreciéndole la venta de cualquier cosa o que diga que representa a un organismo público o asociación humanitaria, ya que los delincuentes utilizan cualquier excusa para entrar en las casas. Además, se pide desconfiar de los servicios técnicos que no hayan llamados previamente por usted o su familia, e identificar a los empleados que, aún con su autorización, deban efectuar reparaciones, revisiones o cobros en su domicilio → Ampliación de la número 1 que, en realidad, puede servir para cualquier rango de edad. Habrá que hacer el cuento “Los tres cerditos y el operario falso del gas” para ver si dejan de ocurrir este tipo de hechos delictivos… Aunque ya sabemos: España, el hogar de la picaresca.

6. Si las personas mayores utilizan un cajero automático, es mejor no llevar anotadas las claves de sus tarjetas, sino memorizarlas. Se aconseja vigilar siempre los alrededores y no sacar grandes cantidades de dinero. Si es posible, el domiciliar los pagos mensuales para evitar salir a la calle con mucho dinero, e ir acompañado o acompañada cuando tenga que firmar documentos, realizar cobros o pagos de cierta importancia → Este es muy útil, pero PARA TODO EL MUNDO (una vez más). No estoy segura de la cantidad de ancianos que utilizan las tarjetas de crédito -todos sabemos que con el tiempo se coge apego a la cartilla de papel y a su actualización anual con la que poner de los nervios a esos jóvenes apresurados que miran con cara de culo mientras el cajero echa humo con la ampliación infinita de los movimientos de las cuentas-, pero apuesto a que hay mucho adulto no jubilado que tiene sus claves en el móvil o en un papel en la cartera. Y luego mira por encima del hombro al señor con su cartilla.

7. En la charla también se alertó a las personas mayores sobre los mensajes en internet de bancos solicitando sus claves secretas o números de tarjetas bancarias, no realizar compras en páginas que no garanticen la seguridad de sus datos, y ser precavido con su perfil y datos personales al acceder a redes sociales → Como las cuatro anteriores, en realidad se trata de consejos que nos debemos aplicar todos en el día a día y que, de hecho, el grueso de víctimas de esta serie de estafas aún se encuentra entre la población activa. ¿O acaso ningún amigo no jubilado le ha enviado una promoción increíble de gafas Ray-Ban o dudó con sus amigas acerca de las tarjetas regalo de Zara? En caso afirmativo: no mire por encima del hombro a su madre o a su abuela.

Para los que se lleven las manos a la cabeza y tenga ganas de descargar su ira contra mi persona, les diré que ciertamente nunca está de más recordar tan manidos consejos. También reconozco que el perfil de la senectud está cambiando, pero aún falta tiempo para convertirnos en influencers de asilo que escuchan reguetón como si fuera una de Machín. Porque cuando llegue ese momento, seguramente nos molestará que nos traten como a niños o a perros. Y supongo que también nos gustará portar los oros y quilates que pregona nuestra amiga Rosalía en un cómodo chándal pasado de moda. Y para entonces espero ser una abuela con muy mala leche que no admita que le digan que no puede llevar puestas sus joyas cuando sale a la calle porque sea una diana para personas en supuesta edad adulta, ese rango de edad que la mira con condescendencia. Un aviso: a Margarita Seisdedos nadie intentó robarle el bolso.

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