La loca historia de Jane Goodall en Cogolludo y el periodista que pasaba por allí

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La primatóloga Jane Goodall. // Foto: Archivo/Europa Press

Por Patricia Biosca

¿Conocen el “efecto arrastre”? En mi época de estudiante se utilizaba para crear una ola imparable de adolescentes diez minutos antes de que tocase el timbre de la última clase. Alguien ejercía de interruptor: hacía ruido con sus enseres, movía la silla y, llegado el caso, se ponía el abrigo. Era una jugada arriesgada, pues el parte siempre estaba en el aire. Pero normalmente, el resto, ansioso por salir de aquella jaula académica con olor a humanidad, le seguía el juego, y el profesor de turno quedaba con cara de besugo al ver cómo el torrente hormonado se iba por la puerta sin que él o ella hubiese dado la orden. El mecanismo funcionó a la perfección todas las veces hasta que cambié a un instituto mucho más civilizado en el que no se permitía que un solo pelo se moviese hasta que no lo dijese el responsable mayor de edad de aquella tribu: es más, aunque sonara el timbre, si el maestro en cuestión no daba permiso, de allí no salía ni Dios. Y allí la cosa se ponía seria, y al profesor no le temblaba el pulso para enviarte al despacho del director. No se imaginan lo frustrante que fueron esos primeros días en los que el efecto arrastre dejó de ser una ley invariable, inmutable e incontestable para convertirse en un vago recuerdo más allá de las dos de la tarde mientras la profesora anunciaba con un severo “cetonas” que la clase de química no había terminado.

Con el II Congreso Internacional de Conservación Activa en honor de Félix Rodríguez de la Fuente -ahí es nada con el nombre- ha pasado algo parecido. Le ha salido fatal el efecto arrastre. Tan mal que incluso se han anunciado medidas legales. Pero vayamos desde el principio, que esta trama tiene tanta fantasía que a una se le hace la boca agua.

El 9 de febrero se anunció a bombo y platillo en los medios provinciales que la segunda cita del congreso internacional desde Cogolludo sería toda una bomba: había que dar empaque real -o no- a su carácter internacional y, por tanto, era necesario una figura mundialmente conocida. No se sabe muy bien en qué contexto, a alguien -todo apunta a que a su organizador, Carlos Llandres- se le ocurrió que estaría muy bien poner en el cartel que la mismísima Jane Goodall, la primatóloga viva más famosa sobre la faz de la Tierra, sería un “interruptor” cojonudo. Además de su presencia, se impartirían charlas de todo tipo, incluidos los temas de especies invasoras, caza, magia ritual desde el Paleolítico, habría visitas a bodegas y el evento también contaría con la presencia de los incombustibles Iker Jiménez y Carmen Porter. Un sueño, vamos.

A partir de aquí, la historia cambia según quien la cuente. Según rezaba en la publicidad, Goodall sería la madrina de honor de las jornadas “si su salud se lo permitía”, así que por si acaso se dejaba abierta la comparecencia bajo excusa de orden mayor. Unos días después, de forma sorprendente y con un giro de guion que ni Shyamalan, se cancelaba el evento. Se intuía que a la organización le había caído la del pulpo por anunciar a la Beyoncé de los chimpancés, pues se afirmaba que había habido “un malentendido” y que los carteles de prueba se habían distribuido por error, cuestiones que habían llevado a tomar la decisión de no celebrar el congreso internacional cogolludense.

Pero la historia no ha quedado ahí y hace unos días el Instituto Jane Goodall España anunciaba que están estudiando tomar medidas legales contra los organizadores. Niegan que en ningún momento se pusieran en contacto con ellos antes de que se anunciase el congreso y que “jamás estuvo prevista la visita de la doctora Goodall a España para asistir”. “Nos enteramos por la publicidad”, han explicado fuentes de la organización a Europa Press. Además, recalcan que nunca hubo ningún compromiso, “más aún si se tiene en cuenta el perfil pro.caza del lobo de varios ponentes, lo que está en las antípodas de la filosofía de la doctora Goodall y de su instituto”. Sostienen que el único contacto se produjo 48 horas después del anuncio del congreso y no antes.

Cuando el efecto arrastre no surtía efecto y el profesor buscaba culpables, todos echábamos balones fuera: que si ha sido menganito, que si yo solo he cerrado fuerte el estuche o el típico y vacío que recurre a la entonación apesadumbrada y/o indignada “yo no he hecho nada”. Algo parecido está pasando con Llandres, que mantiene ante Europa Press que él mismo contactó con la organización, si bien es cierto que “no confirmaron del todo” la asistencia de la científica. Por el contrario, desde Jane Goodall España lanzan un comunicado que no es un simple tirón de orejas. Sobrepasa de largo el latigazo con regla moral: “Las explicaciones han sido inverosímiles y han ido variando con los días. Ante nosotros reconoció por supuesto que no había habido ningún contacto con el Instituto ni con la doctora Goodall, y que era una confusión de alguien de su equipo que solo dijo en voz alta que le hubiera gustado contar con la presencia de la doctora, lo cual fue escuchado por un periodista que pasaba y que lo publicó sin autorización. Y lo mismo sobre la propia web del Congreso, que no estaba aprobada por su empresa”. Si la denuncia por publicidad engañosa sigue adelante, veremos si escuchamos eso de “¡El periodista que pasaba y el de la web son los culpables, seño(ría)!”. Aunque aquí se juegan algo mucho más gordo que un parte y una expulsión a casa…

 

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