El último librero

thumbnail

Foto: AACHE Ediciones.

 

Por Gloria Magro. 

Detrás de sus gafas caídas, sentado al fondo de la tienda, te escrutaba con cara de escepticismo y gesto serio, siempre con un libro entre las manos. Después, una vez entablada conversación, ese gesto se suavizaba y era la persona más gentil y amable que uno pudiera encontrar. Esta semana ha fallecido Emilio Cobos, el último librero, y con él se ha ido parte de la memoria cultural de la ciudad. Su familia y sus amigos se reunieron el pasado jueves en la Biblioteca de Dávalos para rendirle un merecido homenaje póstumo. Y qué mejor homenaje para un librero que las palabras que le han dedicado estos días sus muchos clientes y amigos.

Junto al fallecimiento también muy sentido de la ex concejal y antigua presidenta del Hogar Extremeño, la entrañable y siempre comprometida Paquita Villalón, el de Emilio Cobos ha causado una verdadera conmoción. Emilio era una persona enormemente querida y apreciada en Guadalajara, un referente y un erudito versado en mil temas y que aunque en los últimos tiempos ya no se dejaba ver por su establecimiento de la calle Mayor Alta, era parte del paisanaje de la ciudad. Su ausencia, esta vez definitiva, va a dejar un vacío notable.

Además de su conocida pasión por los libros y sus autores, de su amistad con personalidades de renombre en el mundo de las letras como Fernando Vizcaíno Casas, Gloria Fuertes, José Luis Sampedro y tantos otros, Emilio Cobos fue concejal en el Ayuntamiento de Guadalajara entre 1991 y 95 y colaborador voluntarioso y entusiasta de cuanto acto necesitase de su presencia.

Los que le tratamos podemos atestiguar cuan generoso era con su tiempo y con su memoria, siempre dispuesto a conceder una entrevista o ampliar a través de los libros cualquier tema que le propusieran. Del afecto que se le tenía en Guadalajara dan cuenta los numerosos testimonios de recuerdo y pesar que han llenado Facebook estos días. Desde Blanca Calvo -“He tenido la oportunidad de ver recientemente a Emilio en un par de ocasiones, cosa que me alegra mucho aunque también me entristece: no supe darme cuenta de que tenía el final tan próximo. Para mí Emilio fue un referente desde que llegué a Guadalajara, en el año 1981. En su librería, con ese humor socarrón que le caracterizaba, te podía hablar de todos los libros que tenía a tu disposición. No sé cuándo tenía tiempo para leer tanto. Le agradezco especialmente que me presentara a otro gran sabio: su amigo José Luis Sampedro, en el jardín de su casa tomando café (hay momentos que no se olvidan). Guadalajara pierde a una persona singular que, desde la librería o desde el Ayuntamiento en su época de concejal, ejerció su autoridad moral”.- a la ex ministra Magdalena Valerio– “Una gran pérdida para la cultura de Guadalajara. Buena persona y siempre amable y atento. Descanse un paz”-, pasando por el cronista provincial, Antonio Herera Casado: “Todos cuantos amamos los libros, hoy nos quedamos más solos. Ha muerto Emilio Cobos Galán, el librero de Guadalajara por antonomasia”.

El alcalde de Guadalajara, Alberto Rojo y la agrupación local del Partido Socialista también han tenido palabras de recuerdo y cariño para el librero. Y no solo ellos, muchos vecinos de la ciudad, tanto clientes como conocidos cercanos o no tan próximos, han querido dejar sus condolencias en las redes, demostrando el cariño público y la estima de la que gozaba Emilio Cobos, si acaso el último librero de la ciudad.

Desde el pasado verano no se le veía por la librería. Ya en los últimos años su presencia en Cobos era solo testimonial y el día a día lo llevaba su hijo Carlos. La edad, los achaques y sobre todo el calor de este último verano, apearon a Emilio del negocio y la enfermedad le confinó finalmente en casa con su mujer, también muy delicada de salud. Estos últimos meses no han sido fáciles para la familia y tampoco para él, que según cuenta su hijo Guillermo, ha sido plenamente consciente de su deterioro final.

Y pese a todo, muchos tenemos aún la imagen del Emilio Cobos de las últimas décadas: mayor sí, pero de edad indeterminada, como suspendido en el tiempo: una figura inmutable y perenne, parte la historia de Guadalajara y sin la cual el mundo cultural de la ciudad no podría entenderse. Presumido, erudito, fabulador, mantenedor de sus pequeños vicios en privado y de sus muchas virtudes en público, Emilio Cobos separaba su vida familiar de su faceta pública, la más conocida. Las muchas entrevistas que concedió a lo largo de los años estaban siempre salpicadas de jugosas historias y anécdotas, como las de la posguerra, cuando contaba como de chaval se peleaba a pedrada limpia con los chicos que vivían más arriba de la iglesia de San Ginés, lo que eran las huertas, ya en las afueras de la ciudad. Emilio contaba esta y otras anécdotas de aquellos años, de sus tiempos de estudiante en el antiguo Instituo Brianda de Mendoza en el Convento de La Piedad, de su amistad de aquella época con quienes después serían escritores muy conocidos, pero blindaba otras facetas de su vida pasada a cal y canto, incluso para su familia cercana.

Cuenta su hijo Guillermo, que después de sus largos años de ausencia de Guadalajara, tanto física como afectiva, han sido la enfermedad y la cercanía de estos últimos meses cuidando de sus padres las que le han llevado a establecer cierta sintonía final con Emilio, como se refiere siempre a su padre, y dibuja una imagen suya poco grata en su etapa final, acuciado por la enfermedad propia y la de su esposa, cierta fatiga vital y una soledad tal vez autoimpuesta. Coqueto y orgulloso hasta el último día, Emilio Cobos no quería hacer exhibición de su estado físico y no admitía visitas ni tampoco quería mostrarse en público en silla de ruedas. Una de las últimas visitas que recibió fue la de Blanca Calvo. Con la ex directora de la Biblioteca Pública de Guadalajara, trató de la posibilidad de donar su ingente colección de libros, que incluye una completa colección de ediciones traducidas de El Quijote de la que se mostraba especialmente orgulloso. Según su hijo y cuidador, catalogar los libros de su padre es uno de los temas pendientes que le quedan ahora a la familia, tarea complicada en ausencia Emilio.

El último librero de la ciudad era un gran desconocido, con una vida anterior a la librería vedada incluso para su familia. Pocos saben que quiso ser ingeniero agrónomo y que compartió andanzas y amistad juvenil en Madrid con Félix Rodríguez de la Fuente y Miguel De la Quadra Salcedo. Aunque acabó haciéndose cargo del negocio familiar -lo que en origen fue la papelería de su padre, el Emilio Cobos original- dada la escasez de libros de la época, Emilio se ganaba la vida dando clases de reválida en el sótano de la librería. Cuentan que llegó a organizar sesiones de cine de películas clandestinas, que durante el franquismo pasaba libros prohibidos… todo lo negaba categóricamente en vida y aún así esa etapa queda envuelta en su leyenda de gran fabulista. Intimidante en familia y más expansivo de puertas hacia afuera, en 2006 fue el protagonista de una exposición que se celebró en la Biblioteca Pública de Guadalajara que llevaba por título “75 años de libros”, dedicada a su figura y su relación con los libros, su faceta más conocida. Pese a todos sus últimos años estuvieron marcados tanto por el reconocimiento público a su trayectoria como por la tragedia de perder a uno de sus cuatro hijos.

Para Carlos Paulos, bibliotecario, erudito y también gran amigo de Emilio y de su hijo Carlos, “Igual que hay médicos de familia, hay libreros de familia. Y Emilio lo fue de la mía. Mi padre tenía crédito en Cobos y yo o cualquiera de mis hermanos podíamos pasar por allí y llevarnos lo que quisiéramos “a cuenta”. El primer libro que recuerdo haberle comprado fue “La gaviota”, de Fernán Caballero, en la edición de Austral -(“Extraña lectura la que os han pedido en Maristas para cuarto de EGB.  Ha sido el padre Jesús Leante. Ah, claro, eso lo explica”)-. Seguí comprando allí como particular y años después también seleccionaba como bibliotecario las novedades a examen que nos mandaba regularmente a la Biblioteca del Infantado. En unos de los maratones de cuentos le hice protagonista de una de las escenas de un cuento que escribí para la ocasión, “Donde crecen los libros”, en la que me enseñaba que los libros no se deben vender al peso. En la nueva sede de Dávalos pude colaborar en la exposición de los 75 libros que seleccionó en 2006, uno por año de su vida. En una de sus visitas para organizarla, le acompañé de vuelta a librería. Acababan de derribar la casa Olivares. Sin pensarlo dos veces, atravesó la valla de obra y le vi recoger unos azulejos entre los escombros. Eran los que daban cuenta de la parada allí de Camilo José Cela en su “Viaje a la Alcarria” y que nadie tuvo la idea de retirar antes del destrozo. Con ellos en la mano se fue directo al Ayuntamiento. Hoy vuelven a lucir en la fachada del nuevo edificio construido allí.”.

Poco más se puede añadir. La familia aún no ha decidido donde reposarán sus cenizas. A sus amigos, conocidos más o menos cercanos y a sus admiradores, nos queda su amor por los libros y su recuerdo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .