Coronavirus y Facebook: la enfermedad definitiva

coronavirus

Mujer y perro con mascarilla. // Foto: Reuters

Por Patricia Biosca
Corría el año 2009 cuando la histeria de la conocida popularmente como gripe porcina se propagaba a la velocidad de la luz. Llamada técnicamente virus A H1N1, la pandemia afectaba sobre todo a jóvenes de entre 20 y 30 años de edad, con fiebres muy altas durante varios días. Por supuesto, llegó a España. El Gobierno de entonces, el de Zapatero en el apogeo de la crisis diciendo algo parecido a aquello de Sara Montiel a la salida de los juzgados después de casarse “en secreto” (“¿Pero qué pasa? ¿pero qué invento es esto?”) se gastaba ingentes cantidades de dinero en vacunas que no llegarían a los casos recomendados por la OMS, cogiendo polvo en un cajón. Es más, una vez pasado el boom mediático, seguían produciéndose casos, pero ya no era moda y los informativos dejaron de hablar de ello. Fue en ese impás final de olvido y pasotismo cuando yo “pillé” la gripe del cerdo. Aquí la carta de una superviviente.


Después de día y medio sufriendo con intensas tiritonas y calores menopáusicos a los veintipocos, me decidí por ir al médico en vista de que aquello, fuera lo que fuera, no se me pasaba. Una, que le gusta el drama y es una estupenda hipocondríaca -cada semana padezco una enfermedad terminal distinta-, acudía con todo el cuerpo dolorido, cara de lástima de abuela (solo me faltaba decir “señor, llévame pronto”) y millones de capas de abrigo. A mi paso, el típico olor a enfermedad, como del agua de cocción de la coliflor, delataba mi camino hacia el centro de salud. Al médico solo le bastaron un par de preguntas y echarme un vistazo rápido para sentenciarme: “Es gripe porcina”. ¿En serio? ¿Aquella enfermedad de la que ya no se hablaba? ¿A mí? ¿Iba a morir? ¡Esa no era mi dolencia terminal de aquella semana! Al verme la cara, el doctor me tranquilizó y me dijo que era una gripe un poco más fuerte -algo había notado yo, ciertamente- pero que el tratamiento era el mismo que para una común. Me explicó que, de hecho, ya no se realizaban análisis para comprobarlo, ya que la extensión era tal que si se hacían pruebas a todos los casos, el sistema colapsaría. Después de ofrecerme el veredicto, echaba una rúbrica sobre la receta en la que ponía “Ibuprofeno 600 mg cada ocho horas. Alternar con Paracetamol 1 g si persiste la fiebre”. Fin.
Siguieron un par de días más los delirios en mi “centro de aislamiento” o “zona de cuarentena”, nombres con los que mis hermanos habían bautizado a mi habitación -luego el karma les castigaría a ellos con una dolencia similar-, a la que incluso llegaron a poner un precinto casero, porque en mi casa somos muy de hacer la gracia cuando al resto le puede molestar (nosotros lo llamamos “don” y lo guardamos entre nosotros, que hay mucha gente con la piel fina por ahí). Cuando la fiebre amainó y me recuperé, una sensación de inmortalidad recorrió mi cuerpo debilitado. Había mirado a los ojos a la gripe porcina y había vencido la batalla como David contra Goliath; Luke Skywalker contra Darth Vader; Goku contra Freezer; Margarita Seisdedos contra Arlequín.
Y quizá como los anticuerpos que tu cuerpo crea después de pasar una enfermedad, esa sensación de indestructibilidad se quedó conmigo para siempre -salvo los ratos en los que pienso en mis enfermedades inventadas semanales, claro está-. Al menos a eso achaco mi parsimonia ante las últimas noticias sobre el ya famoso -y veremos hasta cuando- coronavirus. Al principio la cosa estaba tranquila en Guadalajara hasta que llegó el caso del vecino de 62 años -que, además, se encuentra grave, si bien no ha transcendido mayor información salvo que está en la UCI-. Aquí es donde comenzó realmente la fiesta.
He de reconocer que mi vena “voyeur” está de algún modo disfrutando de cómo se prende la mecha en las redes sociales con el asunto. Observando cómo es imposible parar una enfermedad muchísimo más virulenta llamada estupidez humana. De repente, y ante las noticias que, es cierto, de alguna manera estamos alentando los medios -prácticas como la deAna Rosa tomando la temperatura en directo no ayudan al asunto-, se erigen desde gurús que han recibido cadenas diciendo que las farmacéuticas están detrás del ajo a señoras que afirman que no saldrán de casa si no es estrictamente necesario. Ni para dar el paseo. Personal sanitario de toda clase y rango dando su opinión -en algunos casos tranquilizadora, en otros todo lo contrario, pero siempre por el medio que no corresponde, que son las redes sociales y a título personal-. Otros que ven una muerte segura y un apocalipsis inminente o quien busca respuestas en Facebook como si Zuckerberg fuera Delfos o Moisés. Mientras no puedo evitar seguir mirando comentarios y comentarios como un placer culpable, pienso que qué suerte la mía por haber pasado mi gripe porcina en 2009, cuando las redes sociales solo eran un álbum de fotos virtual y no el actual consejo de sabios que opina de la misma forma que respira: sin pensar demasiado en el asunto a pesar de su relevancia.
Hoy no nos mata la carne mechada, ni el tabaco, ni los accidentes de tráfico o los chemtrails de los que tuiteó hace unos meses la presentadora de TVE. Al menos esta semana. Veremos la que viene.

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