Los otros virus

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El coronavirus no es la única epidemia que sufrimos esta semana. // Imagen: TVE

Por Álvaro Nuño.

No cabe duda de que la noticia de los últimos días en Guadalajara es la evolución del archinombrado «coronavirus». Desde que el pasado domingo se conociera el primer caso de infección en nuestra provincia, el de un vecino de Marchamalo de 62 años ingresado en la UCI del Hospital General -y donde todavía permanece-, una noticia que nos sonaba un poco a chino de repente se ha trasladado como quien dice a la puerta de nuestra casa, con la consiguiente preocupación y atención de los medios de comunicación. Parecía sólo cuestión de tiempo que el ahora rebautizado por la comunidad científica COVID-19 no apareciera por aquí puesto que somos un provincia cercana a Madrid y porque todos vivimos en un mundo intercomunicado y global, para lo bueno y para lo malo. Apenas cuatro días después, ya son ocho los casos detectados, la mitad de ellos relacionados con el primero y con foco en la localidad campiñera.

Y pese a las llamadas a la calma desde todos los ámbitos -los casos de Guadalajara son en su mayoría leves, están perfectamente controlados e incluso cinco están pasando la cuarentena en sus propios domicilios-, el que más y el que menos sube el volumen de la radio estos días cuando suenan las señales horarias que anuncian los informativos para ver cómo evoluciona el asunto o acude a las webs o a los medios de comunicación locales en busca de la última hora. Tampoco es escaso el tráfico boca-oído que tanto nos gusta a los guadalajareños y que a veces informa y en muchas ocasiones deforma, en busca del quién, del cómo y del dónde en una comunidad pequeña como la nuestra y en la que parece que todos nos conocemos o sabe de alguien que sabe algo. Y afortunadamente, los más «valientes» se están reprimiendo de especular en este caso por el momento con datos que puedan llevar a error o con comentarios publicados por las poderosas redes sociales en caliente. Esto todavía haría más grande la bola y podría llegar a convertirse en psicosis.

Por limitado que parezca, los seres humanos de este siglo XXI tenemos la percepción muy restringida y sólo podemos prestar atención a un solo asunto, al foco que alumbran los medios, no haciendo caso a otras muchas cosas que siguen ocurriendo a nuestro alrededor, pero que estos días se ven más que ensombrecidas, ocultas a los ojos de la opinión pública, pero que no por ellos dejan de afectarnos y mucho más que el dichoso coronavirus.

Por ejemplo, dos días después de saltar la noticia de la llegada de estas escasas infecciones a nuestra provincia, el martes 3 desayunábamos otra vez con una nueva subida del paro en Guadalajara. Concretamente, nos enteramos de que 480 personas más estaban afectadas por el grave virus del desempleo y que sumamos en total 16.627 infectados, muchos de ellos ya sufriéndolo como una enfermedad crónica. Esta grave dolencia sí que parece afectar más a las mujeres (9.972 desempleadas) que a los hombres (6.655) y no parece genético de los autóctonos porque 3.238 de estos parados son extranjeros. En una cosa sí se parece la falta de trabajo al coronavirus y es que todavía no le han encontrado la solución. La temporalidad parece que no es un remedio sino parte de la propia enfermedad que se está convirtiendo en endémica, y los planes de empleo anunciados por las administraciones no dejarán de ser unos parches que puedan aliviar durante tres o seis meses el dolor. Pero pasado ese tiempo, el virus volverá a infectarles y volverán a recaer. Ni la reforma laboral, ni su derogación, ni el aumento del salario mínimo o la mayor inversión en servicios sociales, formación parecen ser la vacuna definitiva. Las autoridades deben seguir investigando con el único objetivo de alcanzar el pleno empleo, por muy quimérico que esto parezca.

Otra de las graves lacras que sufre nuestra sociedad sigue siendo el machismo y la violencia de género contra las mujeres. Aquí tenemos numerosos casos de muchas intensidades, desde actitudes casi endémicas en nuestra vida cotidiana fuera y dentro de casa y del trabajo, hasta víctimas mortales en los casos más graves. En este año son ya catorce las contabilizadas conociéndose sin ningún género de dudas las causas, y desde que se existen estadísticas al respecto son 1.047 en todo el país las que han muerto a manos de sus maridos o parejas. Es la cara más negra del virus del machismo, inoculado a toda la sociedad. Y en nuestra provincia, en esta misma semana estamos asistiendo al comienzo del juicio contra un hombre de 40 años acusado de asesinar a su pareja, de 37, en su domicilio de Azuqueca de Henares en 2017, una de esas más de mil mujeres. Ayer mismo, en la Audiencia Provincial pedía perdón ante el juez y el jurado que dictaminarán su futuro: “No era mi intención hacer lo que hice”, afirma confesando implícitamente su culpabilidad. Su médico de cabecera -perdón, su abogado defensor- trata de diagnosticarle trastorno mental, pero los especialistas de la policía ya le han hecho diversos análisis donde han comprobado que realmente lo que hizo es llevarla al baño de su domicilio azudense y degollarla con un cuchillo que luego se clavó el mismo para intentar autolesionarse. Y todo ello delante de los niños. Por todo ello, la fiscalía ha pedido que el acusado siga su régimen severo de aislamiento unos treinta años más, a ver si el virus del machismo deja de actuar sobre él.

Y, por último, otra de las grandes pandemias que estamos sufriendo estos cuatro días tiene entre sus semejanzas con el dichoso coronavirus su carácter global, aunque este virus no es ni mucho menos nuevo. Estamos hablando en este caso del racismo que demuestra la vieja Europa -a la que pertenecemos los españoles- tratando de impedir la entrada de refugiados de guerra por la frontera griega a base de tirarles balas o intentar pinchar sus lanchas para que pasen a engrosar las cifras de muertos y desaparecidos en el Mediterráneo pero, en ningún caso, que pasen aquí. Las escasas y fugaces imágenes que hemos visto por televisión, más ocupadas en mostrar enviados especiales en las puertas de los hospitales informando en muchos casos de que no hay nada de qué informar, no sólo no han encendido nuestras conciencias y las de nuestros representantes, sino que, por el contrario, los mandatarios europeos han acudido al país heleno para felicitar y respaldar a las autoridades griegas en sus atroces e inhumanas acciones para impedir lo que a este lado de la frontera se denomina «crisis migratoria» y que más allá es simplemente una crisis humanitaria que sufren millones de personas expulsadas de sus hogares por una guerra. El pasado miércoles se reunían los ministros del Interior en Bruselas -incluido por supuesto el español, con mucha experiencia en eso de practicar las «devoluciones en caliente»- para ayudar y respaldar a Grecia, que ha suspendido todas las demandas de asilo y promete devolver a todos los que crucen ilegalmente la frontera. Confirmado, la pandemia se expande sin control por toda la vieja Europa y ataca a sus dirigentes sin piedad y sin ningún ánimo de eliminarla ni de luchar contra ella.

 

 

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