El fin de la impunidad

thumbnail (11)

 

Por Gloria Magro. 

Mañana será de nuevo 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer y en lo poco más de dos meses que llevamos de 2020 ya son 14 las asesinadas por la violencia de género en nuestro país, asesinadas por el mero hecho de ser mujeres. Las cifras, asépticas en su percepción de la realidad, dan cuenta del camino que como sociedad aún nos queda por recorrer. Pese a ello, es el momento de recapitular logros y fracasos de este último año en el avance sobre igualdad y lucha contra la violencia ejercida sobre las mujeres. Uno de los logros indiscutibles es el fin de la impunidad en los casos de acoso. 

En 2019 fueron 55 las mujeres asesinadas en España por sus parejas y las cifras no dejan de aumentar año tras año. Con 14 cadáveres sobre la mesa ya en este 2020, mujeres de toda edad y condición asesinadas vilmente solo en estas últimas semanas, se diría que poco hay que celebrar en nuestro país. Desde esa perspectiva, es cierto que la de mañana debería de ser una jornada de luto y reflexión colectivas en vez de un acontecimiento festivo. El 8 de marzo es un día tradicionalmente reivindicativo. Primero y durante muchos años, la fiesta de la Mujer Trabajadora, como se le conocía entonces. Después, y dada la conciencia social y la sensibilidad que en las últimas décadas nos ha nacido una vez evidenciada esta cruda y violenta realidad que no se acaba, la de mañana es una jornada de recuerdo de las mujeres que ya no están con nosotros porque un marido, novio, amante o compañero de trabajo o piso decidió que tenía derecho a quitarles la vida. Además y sin que vaya en detrimento de esto último, el 8 de marzo también es un día de celebración de los logros y un recordatorio de lo que aún queda en agenda, que es mucho: no estamos ni tan siquiera en la mitad del camino. Y eso centrándonos solo en nuestro contexto cercano.

Sin embargo, si se puede decir que este último año ha habido un cambio intangible pero colectivo que si bien no es una realidad palpable, algo que pueda tener su correlato en cifras, si es plenamente perceptible y no se circunscribe a un solo país, a un solo contexto social, geográfico o político, sino a algo que se ha convertido en un fenómeno global y en un logro de tod@s. Hablamos del fin de la impunidad en lo que se refiere tanto a la violencia de género, entendida como violencia física -asesinatos, violaciones- como a la psíquica: al acoso e intimidación por razón de sexo, esos pequeños detalles que pueblan el día a día femenino.

El ejemplo más notorio es la confesión y disculpas públicas de Plácido Domingo. No sabemos si el tenor ha sido a lo largo de su carera  un acosador, un galán trasnochado con conductas que vistas desde nuestra perspectiva actual son inaceptables, tal vez un depredador o un oportunista que se valía de su condición de superioridad sobre sus víctimas. Quien sabe. Lo que si sabemos es que cuando había una jefa de escena, una mujer al cargo, funcionaba la sororidad y así se protegía a las compañeras femeninas de la mayor estrella del firmamento de la ópera mundial, evitando situaciones donde pudiera darse el acoso. No había denuncia pública, no había escándalo, solo autodefensa femenina ante una situación socialmente aceptada entonces. La asunción de culpa del tenor es sin duda otro hito más de esta nueva ola de tolerancia cero que ha recorrido el planeta, de país en país, de colectivo en colectivo, en este último año.

El mundo en el que nos movemos las mujeres está lleno de Plácidos Domingos que en el día a día se creen o hasta ahora se creían con el derecho a un roce, un comentario no deseado, una propuesta de carácter sexual más o menos velada o directa… en el convencimiento de que era algo normalizado y que no pasaba nada: total, las mujeres hemos soportado siempre este tipo de comportamientos y aprendido a lidiar con ellos o a valernos de ellos para nuestros propios fines, algo de lo que se nos sigue acusando a día de hoy. Víctimas o incluso verdugos; tal vez Lolitas propiciadoras de la perdición de los hombres, hasta ese punto llegaba la literatura de la autojusticación social masculina, la más aceptada.

El fin último de toda lucha es conseguir el objetivo inicial, en este caso, que se acabe con las violaciones, con los asesinatos, con el acoso de género: con la culpabilización de la víctima, con el miedo a salir a la calle, a mostrarse, a pronunciarse… Sabemos que estamos muy lejos de lograrlo, demasiado lejos a tenor de las cifras que se siguen manejando. Las estadísticas no nos acompañan, esa es la realidad, pero lo que si hemos logrado las mujeres en este último año es concienciar a toda la sociedad y hacerlo de manera globalizada para que el acoso, el asesinato y las violaciones no solo no queden impunes sino que tengan además el agravante del género y sean penalizadas como tales en vez de quedar amparadas o justificadas, -en muchos casos también minimizadas o invisibilizadas por los usos culturales o la fuerza de la costumbre-, en función de cada sociedad. Y a partir de ahí, para que ninguna mujer tenga que soportar una situación de acoso en silencio en el convencimiento de que en caso de hacerlo público la culpabilizada, la señalada, será ella por haberlo propiciado, consentido… en definitiva, por el mero hecho de ser mujer.

La primera vez que leí la palabra sororidad, pensé que era una errata y la cambié por «sonoridad». Después, en el día a día de estos últimos años, la sororidad lo ha impregnado todo en un ejercicio de solidaridad colectiva que ha trascendido fronteras y llevado el mensaje de fuerza, apoyo mutuo y reivindicación femenina y feminista a todos los rincones. Así, se han logrado cosas que hace tan solo unos años parecían imposibles, fuera de nuestro alcance. Hemos cambiado la perspectiva de género, la percepción de quienes somos, de nuestra valía y de nuestra autodefensa. En solo dos años han dejado de ser válidos y aceptables comportamientos que hasta ahora estaban normalizados pese al daño que nos hacían. Y ya no se justifica en ninguna esfera a los acosadores, a los que abusan de su superioridad, a los que nos hacen sentir incómodas o nos agreden. Se trata de una verdadera revolución a todos los niveles y que ha conseguido impregnar a toda la sociedad en muy poco tiempo.

Las mujeres podemos cambiar el mundo, es un hecho, y estos dos últimos años lo hemos demostrado. Empezamos saliendo a la calle de forma masiva para apoyar a la víctima de una violación colectiva, desamparada por una sentencia judicial que a much@s nos parecía injusta. Ese fue tal vez el punto de inflexión, el de no retorno, al menos en España, y desde entonces hemos estado ahí, vigilantes, dispuest@s a defender nuestra integridad y nuestros derechos frente a ideas retrógadas, leyes retrógadas y costumbres retrógradas. Y ha funcionado. Bien es cierto que el contexto internacional era favorable, que el movimiento #Me Too ha sido una fuerza imposible de contener y que todo suma. Y sobre todo, que no estamos solas en esto, que no hay género o no debería de haberlo cuando se trata de defender al otro.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.