San Roque desde la ventana

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Por Gloria Magro.

Primi, el añorado cura de mi pueblo, ahora destinado allá por las parameras de Molina de Aragón por orden del Obispado, cree que deberíamos de sacar a San Roque en procesión para frenar al COVID19. La campaña se llama #SanRoqueVSCovid19 y está circulando en las redes sociales aunque debo decir que aún con escaso éxito. De momento no aparece entre los hahstag del día pero todo se andará. Si la fe mueve montañas, bien podría librarnos de virus malévolos como éste. La propuesta de Primi compite con otras más ocurrentes aún, aunque por otros lares, como la de exhibir Santos que no salían de su hornacina desde una epidemia en el siglo XVIII.

Teniendo en cuenta lo extendido que está por estas tierras el culto a San Roque, la idea no es mala. Visto lo que tenemos encima, poco hay que perder. Y si motorizan la imagen y que circule sola por las calles dirigida por un mando a distancia como si fuera un televisor, mucho mejor. Una vez alguien resuelva este problema técnico, podremos disfrutar de la visión de San Roque procesionando desde nuestras ventanas. Lo mismo sería aplicable a las imágenes de Semana Santa este año: se augura que vamos a disfrutar de un largo confinamiento.

La verdad es que este artículo de hoy sábado 14 de marzo no iba sobre Santos, ni sobre Primi -que bien se merecería por si mismo un artículo y quien intuyo que pronto tendrá buenas y solidarias noticias que compartir desde su nuevo destino-, sino que iba a versar sobre el éxito del modelo Valdeluz, la urbanización de Yebes que por tantas vicisitudes ha pasado y que ahora, andado el tiempo, proporciona a sus vecinos una calidad de vida que ya quisieran otros enclaves de sus características. Con los precios de las viviendas al alza, nuevas promociones de lujo en el horizonte y el campo de golf mejorando sus instalaciones, una de las noticias de la semana tenía que haber sido el anuncio de su Ayuntamiento de que próximamente tendrán una mejor conexión con Madrid. Y sin embargo, ni esto ni la sorprendente aparición del águila imperial ibérica sobrevolando los terrenos de lo que hubiera sido un nuevo vertedero a las afueras de Guadalajara son noticia.

Lo único que importa hoy es que estamos algo así como sitiados y que deberíamos de quedarnos encerrados en casa si no queremos llegar a un escenario aún peor, con el ejército o quien sea patrullando e impidiéndonos poner un pie en la calle, como en Italia. ¿Qué es más surrealista ahora, pensar en sacar a los San Roque de sus ermitas o que ese virus que veíamos por la tele nos mantenga confinados hasta nuevo aviso?

Si esto fuera una película sería un telefim de sobremesa. Bueno, ya quisiéramos que fuese una película alemana de las que ponen los sábados en La 1, idílica y dulzona, en vez de esta pesadilla que solo hace que ir a peor conforme pasan las horas. Lo que era una crisis lejana, allá en China primero, después en Italia, a la que asistíamos incrédulos, como meros telespectadores, se ha convertido en una especie de maldición bíblica que nos ha caído encima de repente esta última semana o más bien ayer viernes con el anuncio del Estado de alarma.

Mi padre y yo escuchamos el anuncio en Madrid, mientras esperábamos resolver un tema médico. Las calles estaban vacías y con el calor del mediodía parecía que hubiéramos dado un salto hasta agosto. Paseamos por la Castellana, por Nuevos Ministerios, haciendo tiempo. Los museos estaban cerrados a cal y canto, como los centros de mayores y los bazares chinos. Los bares al pasar se intuían vacíos, con los carteles del menú del día fuera, sobre las aceras sin viandantes. Al salir de la clínica, mi padre pidió un salvoconducto para volver a Guadalajara. La administrativa contestó impasible que de momento no tenían pero que nos lo enviarían por correo electrónico cuando tuviésemos que volver. El surrealismo se paseaba ayer por Madrid. Al volver a casa vimos que todo era un espejismo. Al parecer, un poco más allá, en el Retiro, los madrileños tomaban el sol, disfrutaban de las terrazas, y en la carretera, caravanas de salida: muchas familias se iban con el virus a otra parte, al pueblo o a la playa.

Hace un año por estas fechas estaba embarcada en una serie de artículos sobre la España vaciada que parecían no tener fin, enlazados uno tras otro. Ahora el escenario es el opuesto. Los pueblos hibernan aún a las puertas de Semana Santa pero la avalancha de fugitivos de la ciudad es un verdadero quebradero de cabeza para sus alcaldes. Los veraneantes prematuros no solo pueden traer consigo el virus, sino que a buen seguro traen un aumento de la demanda de servicios para la que los pueblos no están preparados en estos meses. Es de suponer que no habrá que alimentarlos, que vendrán con el maletero lleno, sobre todo de papel higiénico.

Qué recursos habrá que movilizar en caso de que alguien caiga enfermo con sospecha de coronavirus en la sierra norte, en esos pequeños núcleos rurales tan alejados y adormilados en invierno, es una incógnita y una preocupación. Y sucederá. En el Hospital Universitario de Guadalajara se multiplican los ingresos, los enfermos en Cuidados Intensivos. Al parecer no estamos ni mucho menos en el punto más álgido de la epidemia sino empezando la curva de ascenso. Y solo de pensarlo se me ponen los pelos como escarpias. Casi tanto como la perspectiva cada vez más funesta de pasar a engrosar las listas del paro aunque sea de forma temporal. O eso dicen de momento las empresas: Expendiente de Regulación de Empleo Temporal. Para echarse a temblar. Cierto es que del INEM se sale pero del cementerio no. Aún así, las perspectivas son funestas lo miremos por donde lo miremos.

Es cierto que se veía venir, que había avisos, pero de algún modo nos sentíamos inmunes o al menos confiábamos en que si conteníamos la respiración y contábamos hasta diez, todo pasaría de largo. Craso error. Ahora todos somos ya no cuñados, sino ministros de Economía, gestores de riesgos titulados o incluso Presidentes del Gobierno y nos rasgamos las vestiduras por no haberlo previsto, por no haber tomado medidas antes: por no haber cerrado fronteras en enero, aeropuertos en febrero, bares y comercios hace semanas… pero lo cierto y verdadero es que hasta que no le hemos visto las orejas al lobo, o más bien hasta que no hemos visto al lobo entero y se nos ha abalanzado encima no hemos tenido ninguna intención de poner nada de nuestra parte como sociedad para parar la propagación del coronavirus.

Durante días hemos estado viendo al experto del Ministerio de Sanidad, el doctor Simón, desgranar con paciencia y tono de profesor las cifras del día, la evolución de la epidemia. Y el tiempo iba pasando y todos seguíamos con nuestra vida. La semana pasada hubo manifestaciones masivas, mítines políticos, actos de todo tipo sin restricciones y sin que nadie se parase a pensar si nos estábamos equivocando al asistir. Tan inmunes nos sentíamos pese a lo que nos decía el coordinador de Alertas y Emergencias Sanitarias por la tele cada día que aún esta misma semana ha habido todo tipo de actos públicos, se han estrechado manos, repartido besos y ha costado un gran debate cesar toda actividad deportiva, lúdica y cultural. Las distintas administraciones han ido tomando medidas restrictivas día a día y a todos nos parecía un disparate que se cerrase la Biblioteca, las pistas de Tenis, las de Atletismo, las piscinas…

Pese a que la alerta era inminente y la situación médica se complicaba por momentos por el peligro de un pico de incidencia que superase nuestros recursos sanitarios, hasta ayer, viernes 13 de marzo, no hemos sido conscientes de donde estábamos y de que lo que teníamos que hacer era aislarnos. Y aún así, la gente ha seguido entrando y saliendo, discutiendo la orden del Gobierno y negándose a cumplirla por que los niños son inaguantables en casa, por que los autónomos no se lo pueden permitir, por que es la ruina… cada uno de nosotros tiene una opinión, unas circunstancias.

Nuestras ideas al respecto deberían de evolucionar con la situación, adaptarse al contexto cambiante en el que vivimos. En estos momentos son decisiones de vida o muerte. Tal vez no para nosotros si somos jóvenes, sanos, fuertes, pero sí para quienes no lo son  y da igual que sea aquí, que en Madrid o en el pueblo, en la España hoy ya no tan vaciada.

 

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